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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

domingo, 15 de junio de 2014

COMO TODOS LOS DIAS

Terminó de tomar su café y sistemáticamente lavó la taza.
Era casi un ritual. Le gustaba levantarse temprano y comenzar su día sin apuros y meticulosamente. Era, tal vez, era algo obsesivo en ese punto.
Pero le encantaba disfrutar del silencio, de la tranquilidad que le daban esos minutos en que todos dormían.
No era que le molestaran. Amaba a su familia. Sino que le gustaba tener ese tiempo para él.
El fresco de la mañana, la serenidad, lo ayudaban  a pensar mejor. A recapacitar sobre sus cosas, a planificar con total serenidad.
A veces se sentaba frente a su computadora. Tecleaba distraídamente. En muchas ocasiones sin buscar nada. Simplemente recorría sus archivos, las viejas cosas guardadas, los cuentos o poemas de tiempos anteriores. Y luego la apagaba satisfecho. Como si hubiera recorrido una parte olvidada de su vida.
Otras abría silenciosamente la puerta que daba al jardín y se detenía por largos espacios de tiempo a contemplar sus plantas u observar las evoluciones del algún abejorro, y a veces de los colibrís, que solían esporádicamente revolotear atraídos por el colorido de una variedad increíble de flores que el mismo se encargaba de plantar y regar meticulosamente cada día.
Despertaba a su esposa a determinada hora, lo suficientemente cómoda para que se duchara y se maquillara con tiempo, mientras él le iba calentando el desayuno.
Un poco más tarde llamaba a los chicos para que se prepararan para ir al colegio.
Siempre con una sonrisa, con una buena frase, a veces con algo gracioso, procurando que todos estuvieran de buen humor. Cosa que no siempre conseguía.
Sin embargo el repetía su ritual todos los días.
Los vecinos lo apreciaban porque era el tipo más tranquilo del barrio, y por carácter transitivo, lo era su familia. Nunca se quejaba, muy por el contrario era solidario con quien lo necesitara, aunque no tenía por costumbre compartir demasiado con la gente de los alrededores. Saludaba a todo el mundo y todos lo saludaban.
Acostumbraba a llevar a cada uno a sus lugares de trabajo (él consideraba que el colegio era un equivalente del trabajo) y los iba dejando en el horario oportuno para luego dirigirse al suyo, en el zona de la citi.
Su esposa atendía un local en una galería del centro y sus dos hijos concurrían a un colegio de la zona de bastante buena reputación. Los chicos entraban a la mañana y hacían doble turno. Y a pesar de que él siempre estaba esperándolos a la hora de la salida, cuando podía los buscaba al mediodía y los llevaba a almorzar, la mayor parte de las veces pasando por el negocio de la madre, de tal manera que compartiera toda la familia. Y todos juntos era una fiesta.
Trabajaba en una dependencia del estado, una oficina de esas perdidas en el laberinto que es una especialidad típica de la burocracia. Se dedicaba a apilar archivos que nadie volvía a tocar, se comunicaba con distintos puntos del intrincado entretejido de secretarías y sectores dependientes de esas áreas, a la vez que recibía indicaciones de lugares en los que nunca había estado ni esperaba conocer.
Llegaba, leía la noticias del día en el diario que siempre lo esperaba sobre su escritorio, y mientras tomaba un café, habitualmente quemado, pero que formaba parte de su rutina, abría su computadora y previo colocar una clave que él solo conocía, se dedicaba a recorrer archivos, registrar datos que guardaba en su memoria pero que nunca imprimía.
La rutina se repetía día tras día. Nadie entendía muy bien en qué consistía su trabajo. Hasta sus jefes lo ignoraban. Era un vericueto más en ese gigante de idas y venidas que suelen armarse en las dependencias públicas. Pero él prefería que fuera así. Nadie le prestaba atención. Prácticamente no existía, lo que le daba la libertad suficiente para manejar su tiempo. De allí las múltiples veces que podía buscar a sus hijos y a su mujer para disfrutar de un almuerzo juntos.
Se lo veía feliz.
Ese día tuvo algo diferente. Era muy esporádico pero sucedía a veces. Una alarma en su teléfono le avisó que había otras instrucciones. Tecleó en su computadora y abrió un programa que pedía una contraseña. Escribió unos números y una frase y solo apareció: “1409/N”. No necesitaba más. Para eso servía su memoria.
Cerró el programa y sin modificarse en lo absoluto siguió haciendo su trabajo. Alguien que fuera muy observador hubiera descubierto cierto gesto como de satisfacción en su rosto y en sus actitudes, pero nadie le prestó atención.
Fue a buscar a los chicos y, junto con su esposa, fueron a un patio de comida cercano. Compartieron el almuerzo en familia. Posteriormente devolvió los hijos al colegio. Antes de despedirse de su esposa le explicó que hoy llegaría algo retrasado a casa. Tenía mucho trabajo en la oficina y estaba levemente demorado. Le recomendó que no lo esperara para cenar. Si se le hacía muy tarde que se acostara que el llegaría lo antes posible. “Sabés como es esto, puede surgir algo inesperado y a veces es muy difícil calcular el tiempo”. Ella asintió.
Salió de su trabajo a la hora de costumbre, pero esta vez no se dirigió hacia su casa. Tomó una calle lateral y encaró hacia la zona de la terminal de los ferrocarriles. Estacionó en un pasaje y caminó con decisión por una vereda oscura. A media cuadra se distinguía titilante un cartel que rezaba “Hotel familiar”.
Entró silenciosamente. El portero como siempre no estaba. Probablemente dormía su borrachera en alguna de las habitaciones de la planta baja. Fue hasta el primer piso y sin hesitar abrió el cuarto 2C.
Cerró la puerta y recién entonces encendió la luz.
Fue hacia un armario y simplemente tomó un bolso que estaba en el piso.
Salió tan silenciosamente como había entrado. Igual que en la oficina. Un ser inexistente, insignificante. Sonrió.
Caminó unas cuadras y entró en la gran Estación Central del Ferrocarril. Se dirigió a la entrada del subterráneo. Colocó la tarjeta y subió a la primera formación. Recorrió las dos primeras estaciones e hizo combinación con una línea paralela. Con ella llegó al final.
Subió la escalera principal. La gente se agolpaba ya que era la hora de la vuelta del trabajo. En el tumulto era uno más que cargaba un bolso de un color poco notable. Salió hacia la derecha y caminó tres cuadras.
Estaba en un barrio residencial. De esos que suelen aislarse a pesar de estar en el centro de la ciudad.
Cercano a una calle sin salida. (Es sabido que esos barrios suelen tener recovecos que dificultan exprofeso el tránsito) había un auto estacionado. Se dirigió a el sin dudarlo, se calzó unos guantes que traía en el bolso y tanteó la puerta del acompañante. No estaba cerrado.
Bajó la luneta y tomó un sobre. Luego fue del lado del conductor y abrió el baúl. Extrajo de allí un mameluco negro y se enfundó en el. Corrió el cierre cubriéndose hasta el cuello y subió la capucha. Las sombras proyectadas por las farolas le ocultaron la cara.
Se movió con una rapidez poco probable en un oficinista. Trepó velozmente por una pared lateral. Un perro ladró a lo lejos pero él sabía que no era por sus movimientos. Se deslizó por los techos con una agilidad felina y llegó hasta una casa que estaba en el centro de la manzana.
Miró por el borde del tejado. El guardia en la caseta dormía plácidamente. Sonrió.
Se deslizó por una saliente y colgado como estaba sacó unas pinzas de su bolsillo izquierdo y sin dudarlo cortó unos cables que estaban disimulados en una saliencia de la pared.
Sabía que a partir de ese momento contaba con 7 a 10 minutos máximo. Le sobraba el tiempo. Al seccionar el cable de la alarma con seguridad vendría alguien en una moto a inspeccionar por si ocurría algo, pero generalmente la respuesta no era inmediata.
Sacó una pequeña sopapa, la adhirió al vidrio de la ventana que daba al comedor e hizo un corte circular. Traccionó y produjo el orificio que necesitaba. Introdujo su brazo y con toda simpleza abrió la ventana. Se descolgó hacia el interior. No produjo el menor ruido.
Su memoria le permitía reconocer cada recoveco de la casa. Se movió con seguridad.
La puerta del dormitorio esta entreabierta.
Bajo algo el cierre y sacó un arma de grueso calibre. Un largo silenciador le daba un aspecto más siniestro todavía.
Entró sin hacer ruido.  Cerró la puerta.
No previó el ruido de la cerradura. ¡Clack! Retumbó en el silencio de la noche. “me estoy poniendo viejo, pensó”.
Evidentemente la mujer tenía el sueño más liviano. Se enderezó bruscamente en la cama
“Qui… quien” y eso fue todo. Un pequeño ruido sordo y una mancha roja comenzó a agrandarse en medio de la frente.
Saltó con una rapidez increíble y cuando el marido quiso reaccionar le colocó una almohada sobre la cara y casi simultáneamente repitió el disparo.
El hombre hizo una contorsión. Un pequeño sacudón y eso fue todo.
Quito la almohada para asegurarse de haber cumplido con su cometido. Guardó el arma. Levantó el cierre y volvió a salir por donde había entrado.
Controló por las dudas pero el vigilante seguía descansando plácidamente.
Llegó hasta el auto, dejó las cosas en el baúl, incluida el arma que había traído en el bolso y se alejó caminando serenamente. Las sombras de los tilos que tapaban a luces de la calle lo ocultaban de alguna manera.
Llegó al subterráneo y realizó el camino inverso. Desde el mismo lugar, y antes de salir, se dirigió a un teléfono público. Llamó a un número local y del otro lado le respondió la voz metálica de un contestador. Esperó que pasara el mensaje y exclamó “Perdón, número equivocado” y cortó. Evidentemente era una clave.
Esta vez no entró en el hotel. Fue en busca de su auto. Se acomodó el cinturón de seguridad. Puso un CD en la disquetera. Una música suave se desparramó invadiendo la atmósfera fresca,  confortable, de un buen vehículo.
Se dirigió a su casa. En su cara se adivinaba un dejo de felicidad. Se sentía bien.
Llegó y entró sin hacer ruido, sin embargo su mujer lo estaba esperando despierta mirando televisión.
La saludó con un beso. Se cambió rápidamente y  se acostó junto a ella.
“¿Mucho trabajo?”
“No más que el de costumbre”.
Se acomodó al lado de su esposa y le pasó el brazo por los hombros. Ella se apretó contra él.
Terminaron de ver la película que estaban pasando en el canal 41.
Ella le dijo: “Me voy a dormir, mañana tengo un día movido”
“Hasta mañana mi amor” respondió él, dándole un largo beso.
Se arrebujó en la cama y mientras esperaba la llegada del sueño reparador sonrió, y pensando, casi en voz alta, se dijo: “¡Qué suerte el poder trabajar en lo que a uno le gusta”.
Cerró los ojos y se quedó dormido.

Alberto Colonna

Enero del 2013

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