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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

jueves, 14 de mayo de 2015

EL (Una obra de Diego Alberto Colonna)

ÉL
Se levanta a las siete acomodando el peso de su cuerpo sobre el colchón para no despertar a su esposa. El cuello le duele. La mano derecha le hormiguea mientras la abre y la cierra, sabiendo que no va a servir de nada.
En el baño hay diminutas moscas que dibujan patrones azarosos en el techo. Se mira en el espejo. Siente la barba creciente apareciendo como alambres a través de piel como cuero.
No se viste porque nunca se desvistió. Solo se pone las zapatillas con los agujeros a los lados y se acomoda el pelo frotándolo con una toalla. Esa es la ducha del día.
Antes de salir revisa que su tarjeta de crédito este en su bolsillo. Las llaves con el llavero de un personaje de videojuego que alguna vez disfrutó. Plata, por las dudas.
El pasillo se llena de los golpes de la construcción de sus vecinos. Los paraguayos gritan cual urracas, el contenedor suena metálico y odioso cada vez que lanzan escombros adentro, la terraza sigue llenándose de cemento y él no puede evitar entristecerse pensando en sus plantas.
El barrio es calmo pero es un sábado. No es de extrañarse. Sus brazos cuelgan sin sentimiento mientras que en su cabeza corre la narrativa de lo que podría ser. De lo que haría si las cosas fueran diferentes. Lo que cambiaría si fuese de otra manera.
Y no lo sabe que está el otro. Mientras, el otro tampoco sabe de él.
Llega al Día del barrio donde la fila no es larga pero tediosa. Donde un adulto vestido de joven patea el carrito con sus víveres y el hijo de alguien corre con un changuito haciendo carreras en el pasillo. La madre no lo detiene, y él no dice nada. La fila se va acortando hasta que es su turno. Es entonces que el anciano aparece mostrando un papel como si se tratara de una placa del FBI. La cajera afirma con la cabeza, el hombre pasa primero con su infinita cantidad de latas de tomates en conserva.
Él espera a que sea su turno, otra vez.

EL OTRO.
Se levanta a las siete plantando un beso en la mejilla a su esposa, todavía dormida. Ella atisba a reír entre sueños lo cual lo alegra.
Orina en el bidet, que está tapado. Se mira en el espejo y se pasa la toalla por la cabeza, acomodando los pocos pelos que todavía se dignan a crecer.
Usa la misma ropa que viste desde hace semanas, las mismas zapatillas rotas. Antes de salir busca algo en un pequeño armario debajo de las escaleras a la terraza. Cuando regrese, piensa, debería regar las plantas. Están creciendo bien y eso lo hace feliz.
La construcción del vecino sigue haciendo un ruido estrepitoso, de paraguayos gritando y cascotes chocando contra chapa. A lo largo del pasillo hacia la salida pareciera que resuena más potente y furioso.
El barrio es calmo, lo cual no es extraño en un sábado. Generalmente lo es, exceptuando por los martillazos de la construcción. Se detiene a observar los andamios que se extienden endebles hacia el cielo.
No tiene plata. No tiene tarjetas. No tiene nada en sus bolsillos. Solo el bolso en su hombro. Con pequeños tirones de los piolines que cierran la bolsa la abre y toma el cilindro de adentro. Lo arma con precisión, con conocimiento. Es la primera vez pero no ha sido un evento sin planear. Un paraguayo grita algo allá a lo alto en algún idioma que suena a jerigonza. El cilindro toma forma, una claramente letal, la cual levanta apuntando a la torre en construcción. Ocurre rápido, con un soplido explosivo. La bazooka escupe fuego con un misil que da en el medio de la construcción. Cuerpos, escombros, cosas grises, todo vuela por el aire. Caen pequeños trozos, otros grandes, de bulbosa carne asada justo a sus pies. Si calculó bien las plantas deberían estar sin un rasguño.
Miró la hora en su celular y se apuró. Todavía tenía que ir al Día.

ÉL (otra vez).
Las bolsas, pesadas, cayeron al piso rendidas mientras él se dejaba regresar a su hogar.
Ya era la hora de despertar a su esposa.
Se preguntaba, mientras hacía el camino a la habitación, si eso, todo eso, era su absoluto. Si en alguna parte él existía. Diferente. Imperfecto pero satisfecho. Libre.
El otro no sabía de él. Y él no sabría nunca del otro.
Se sentó en la cama al lado de Laura y le dio un beso largo en la mejilla. Su esposa se sonrío mientras empezaba a despertar.
“Sabes” le dijo medio dormida “Soñé con vos”.
“Ah, sí?” Él la miró interesado. “ Contame”.


FIN

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