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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

martes, 30 de junio de 2015

LA VERDAD DE LAS COSAS II

Hace muy poco me vi en el compromiso de concurrir a una reunión donde se suponía que iba a hacerse una charla sobre arte. Quien la organizaba enseña pintura y la reunión era en su atelier.
Los que nos conocen saben que nuestra vida ha transcurrido alimentada por el arte. En mi caso, desde muy pequeño pude codearme con figuras importantes del arte argentino, en distintas ramas de él y no solo en lo referente al arte plástico. Mi padre era un pintor de una técnica exquisita pero no solo era un gran pintor sino que además era titiritero, escenógrafo y hasta maquetista. Y, sobre todas las cosas, un lector empedernido, fundamentalmente de los libros de arte. Y yo me hice en ese ambiente. He conocido a artistas como Mariette Lidis, Quinquela Martín,  Javier Villafañe, José Pepe Ruiz, los hermanos Di Mauro. Sara Bianchi y Mané Bernardo, Abelardo Castillo, al maestro Carlos Giuffra y tantos otros. He recorrido el Museo del Prado, el Louvre, con su sala de los impresionistas, el Rijksmuseum, con la Ronda Nocturna o los maravillosos pintores flamencos (Veermer, Hall, etc.), el museo de Van Gogh,  el entierro del Conde Orgaz, de el Greco en Toledo, todos los museos de pinturas y esculturas de Florencia  y “casi” todos los de Venecia, las imponentes estatuas de Bernini en Roma, la Capilla Sixtina y las obras de Rafael en los museos del Vaticano. He estado frente a la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, la Balsa de la medusa y la mismísima Gioconda. Y ahora que disponemos de más tiempo hemos visto cientos de muestras de mayor o menor renombre, visitamos con frecuencia el Centro Cultural Borges, el Centro Cultural Recoleta, el Museo nacional de Bellas Artes, el Palais de Glace, la Colección Fortabat y el Museo Malba.
He intervenido en concursos de pintura y hasta he ganado premios (segundo y tercero) pero tengo los pies sobre la tierra y no me considero pintor, reconozco mis tremendas limitaciones para poder expresarme. He obtenido dos premios en fotografía y con mi esposa nos movemos con cámaras fotográficas en forma permanente desde hace más de cincuenta años.
En los últimos tiempos de mi padre, cuando una invalidante enfermedad lo tenía postrado, prácticamente nuestra conversaciones giraban en torno a la pintura, a las muestras que habíamos visto (siempre le llevábamos un catálogo para él) y sus regalos de cumpleaños normalmente eran libros de pintura de las más variadas escuelas.
Todo este aburrido preámbulo es simplemente para dejar bien sentado que no somos paracaidistas del arte, sino personas que, consustanciadas con este medio, tenemos un conocimiento del tema, en muchas circunstancias, mucho más amplio que muchos, lo que nos permite disponer de una mirada crítica válida, sostenida en una experiencia que. como han podido leer. viene de la observación, del aprendizaje y de las vivencias que llevamos en nuestra mochila, que no está vacía.
Vuelvo al inicio y cuento que esta era una charla posterior a una muestra que, la supuesta profesora, había montado con una respuesta sorprendente de expositores, pero que, honestamente, la gran mayoría era de muy baja calidad. Había dos cuadros que se distinguían de los demás por la magnífica capacidad de su autora, y que concentraba la atención del público que concurría a la muestra.
Cuando me presentan a los concurrentes conozco a la pintora y, sin pensarlo, comienzo a alabarle la maravillosa pintura que había realizado. No me di cuenta que mis expresiones iban en detrimento de los otras personas presentes, que desgraciadamente, para ellas, su ego no les permitía comprender que no tenían la capacidad para auto proclamarse artistas plásticos. Un término que les quedaba demasiado grande. Pero lo más grave fue que a la organizadora no le gustó para nada nuestra opinión. En realidad, (después lo deduje) todas las demás habían sido discípulas de ella. La única diferente, que si era profesora de arte, era la artista mencionada anteriormente. El caso fue que, con una actitud totalmente reñida con lo que corresponde a su conveniencia como docente, desacreditó la obra de la única pintora presente y pretendió darle la voz a las que habían sido sus alumnas. El problema fue que, aun con la prudencia adecuada, nuestra opinión no pudo ser opacada. Sin saber quiénes éramos, (creyó que apenas éramos los padres del nene que recién comenzaba) tuvo que soportar nuestra opinión sobre el arte y los planteamientos que descaradamente hicimos, procurando no ofender a nadie, pero defendiendo nuestra postura que, casualmente, coincidía con la pintora que nombré anteriormente. Y esta historia terminó con un papelón espantoso de una de las creídas pintoras cuando, después de mencionar el calamitoso premio adquisición de Chandón en la muestra de ArteBA, pero que nadie había visto, excepto nosotros (Que además habíamos estado conversando con la autora) llegamos a la conclusión que hay obras que simplemente son una falta de respeto para el público.
Y es en ese momento cuando esta mujer se para y muestra sus bastidores enchastrados por brochazos de distintos colores que ni siquiera eran armónicos, y en uno de ellos nos cuenta que sintió la necesidad de agregarle algo y le había pegado un apelotonamiento de gasa que, sinceramente, daba hasta cierta sensación desagradable, uno no sabía que decir porque, sin el menor lugar a dudas, era idéntico a lo que se acababa de criticar. Todos quedaron callados y veíamos a esta persona autoalabarse y tratar de explicar lo inexplicable en una actitud “felliniana”, que lindaba con lo absurdo.
Fue tan evidente todo que la “profe” optó por despedirnos discretamente, y se quedó con su gente, auto alimentándose, haciéndoles creer que eran grandes artistas, cosa que las otras aceptaban con complacencia, aunque creo que les debe haber quedado un leve sabor amargo.
Voy a ser sincero. Me molestó mucho y, la impotencia de no poder decir todo lo que pensaba por una simple cuestión de educación, me dejó con una desasosiego interno que es lo que me lleva a escribir este post. Creo que hay que dejar bien sentado que en cualquier profesión lo más importante es el respeto. El respeto por el colega, por el público, por los críticos que hacen su trabajo con honestidad (Sabemos que hay muchos que no son más que empleados y están obligados por las circunstancias) y, fundamentalmente, el respeto por uno mismo. Cuando uno se mira en el espejo es importantísimo que vea lo que el cristal le devuelve. Malo es que la gente vea aquello que quiere ver. Ese engaño, esa jugarreta del inconsciente, es algo que a veces permite que un individuo se desarrolle pero, en la mayoría de las ocasiones, produce el efecto contrario, impide su progreso, su aprendizaje, y cree que cuando es descartado por inservible lo están haciendo por envidia.
Todos sabemos que cuando vemos un cuadro (Y no voy a caer en nombrar las obras de los pintores más reconocidos, sino que voy a tomar tres artistas actuales, jóvenes, que me vienen en este momento a la memoria, hay muchos más) Decía un cuadro de José Higueras, Paula Grazzini o J. Bruno, es absolutamente lógico que uno se compare y comprenda cuánto le falta, y se diga: ¡Cómo me gustaría pintar así! Y allí es donde se inicia el proceso de crecimiento del artista. Podrá llegar o no. no importa. Se expresará con lo mejor que tenga, pero será honesto consigo mismo, y eso se habrá de notar en su pintura. Aprenderá a admirar a aquellos que son grandes en serio y mostrará los suyo con la humildad que solo consiguen los que tienen el privilegio de compartir y de aprender.
Pero desgraciadamente detrás de todo esto existe el negocio. El gran negocio de aquellos que con el enorme despliegue de su poderío consiguen llevar a alguien hacia las alturas más increíbles, y uno se pregunta ¿Me estarán burlando? Porque realmente esto es un adefesio. ¿Cómo es que se ha hecho tan famoso, sus cuadros se venden a precios exorbitantes, y tiene cuadros en museos de arte importantísimos. Si yo no lo llevaría ni siquiera a pintar las paredes de mi casa? Y por el otro lado están los pequeños ruines. Esos que dicen que enseñan a pintar y ellos nunca aprendieron. Es muy gracioso, conozco a gente que si le pedimos el currículum, descubriríamos que se han inventado. Y esos son dañinos, muy dañinos, porque no solo engañan a sus supuestos alumnos, sino que además, los deforman. Y como todo esto es muy evidente, se encierran en una capsula a la que no permiten la llegada de nadie ajeno que pueda poner en evidencia el engaño atroz que están cometiendo.

Y con esto voy terminando. Hemos recorrido un largo camino. Sabemos que no es nuestro tiempo. No pretendemos competir con nadie porque entendemos que no nos corresponde, solo buscamos divertirnos aprendiendo y compartiendo. Pero lo que debe quedar bien en claro es que no compramos buzones. Si a veces no decimos nada y cerramos nuestras bocas, es sólo por educación y porque no ganamos nada con ofender o desacreditar a cualquiera. Pero que no intenten hacernos pasar gato por liebre. Llevamos mucho tiempo degustando el arte para que nos hagan el cuento del rey desnudo. Y por otra parte, ya hemos perdido la vergüenza natural de los jóvenes, hemos dejado atrás las inhibiciones y si tenemos que plantear nuestras ideas lo vamos a hacer sin dudarlo y fundamentándolas de manera que si alguien puede revertirlas se lo agradeceremos, porque será alguien que sabe más que nosotros y puede enseñarnos algo de lo mucho que, naturalmente, nos falta por conocer. 

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