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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

domingo, 25 de septiembre de 2016

LA ISLA DE LA CAPILLA

El hombre nadaba con desesperación. Estaba al borde de sus fuerzas pero no se iba a rendir. La violencia del agua tendía a empujarlo, a tratar de arrastrarlo y sumergirlo en sus oscuras profundidades. Los troncos que eran llevados por la corriente lo golpearon con dureza, alguno llegó a producirle heridas en brazos y hombros. Pero nada lo habría de detener. Su férrea voluntad tendría que vencer cualquier obstáculo. El agua se le metió en la boca, en los oídos, por momentos sentía como que todo era un sueño, que estaba en otro lugar, que esto no estaba sucediendo. Pero inmediatamente reaccionaba y sacaba fuerza de flaquezas para continuar moviendo los brazos con redoblado esfuerzo.
De pronto sintió que sus pies rozaban contra una superficie blanda, arenosa y comprendió que ya estaba, que había llegado. “No te desconcentres” pensó, aún esto no ha terminado. Cuando llegó a la orilla una ola de adrenalina lo empujó con desesperación y trepó sobre una roca donde se tendió con los brazos abiertos. Su pecho subía y bajaba como un pistón. Ya estaba a salvo  Pero él sabía que eso no era todo. Aun le quedaba lo más importante por hacer.
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El sol alumbraba la mañana del domingo en todo su esplendor. El paseo que habían planificado  ese día se presentaba de una manera impecable. Era una comunidad muy unida y al margen de ayudarse entre todos para las tareas diarias solían hacer este tipo de reuniones. Una salida hacia diferentes lugares para disfrutar de un encuentro con la naturaleza y compartir entre todos, lo que aumentaba la amistad y la buena convivencia.
Ese día habían planeado una excursión hacia la isla de la capilla.
Un nombre extraño para una isla pero tenía una simple explicación. A unos kilómetros del pueblo corría uno de los ríos más importantes de la región. Era tan ancho que los primeros exploradores creyeron que era un mar, un mar interior. Sus aguas se movían con violencia, pero a su vez habían sido las proveedoras de los peces que habían constituido sus primeras comidas mientras buscaban un lugar donde construir las viviendas.  Había una isla en el centro del rio y les pareció oportuna para construir su aldea. Un lugar ideal. Estaba justamente en el medio de la corriente y era de por si una defensa natural.
Construyeron embarcaciones primitivas, pero lo suficientemente fuertes, como para trasportarlos a todos y, felices, se dieron a la construcción de lo que iban a ser sus hogares. Lo primero que hicieron fue agradecer a sus dioses y construyeron un templo. Una parroquia pequeñita para rendir el culto que consideraban indispensable.
Lo que no sabían era que cuando se daban las lluvias intensas en la naciente del rio, y en todos sus afluentes, el agua crecía en forma desmesurada y cada tanto llegaba con su fuerza arrasadora y cubría la isla totalmente.  Y esto fue lo que ocurrió una noche cuando todos dormían. El ruido atronador del torrente despertó a muchos que corrieron avisando a los otros lo que sucedía. Solo con lo puesto, algunos en camisón, alcanzaron a subir a los botes y así salvaron sus vidas. A duras penas llegaron hasta la orilla y desde allí vieron como todo lo que habían construido era destruido por la fuerza avasallante de las aguas. Milagrosamente, al menos para ellos, lo único que quedó en pie fue la capilla.
Decidieron volver a armar sus casas en un sitio más alto y, como recuerdo de esa noche trágica, se podía ver, a lo lejos, la pequeña capilla en la isla, en el centro del rio.
Pasó el tiempo, fueron progresando y para evitar contratiempos construyeron una represa, en un lugar donde el cauce se angostaba, de manera que consiguieron prevenir las futuras inundaciones. El caudal de agua regulado mostraba a la isla más cercana y pronto se convirtió en un paseo para los pobladores de la nueva aldea. La isla de la capilla era solo un mal recuerdo que habían convertido en un sitio para visitar y pasar un especie de día de campo.
Para ese entonces habían decidido hacer un festejo comunitario, se había cumplido un aniversario del asentamiento y, como festejo principal, habían organizado una encuentro para toda la gente de la aldea en la isla de la capilla. Y era lógico, ya que era una manera de revivir su verdadero origen, el sitio donde habían comenzado a realizarse sus sueños.
Para hacerlo más completo habían construido unas naves siguiendo el estilo precario de aquellos primeros pobladores, sabiendo que ahora el recorrido era mucho menor. Armaron sus viandas, con la idea de compartirlas con sus vecinos. Y entre cantos y risas salieron en caravana en la mañana, muy temprano. Un sol tenue anunciaba que sería una buena jornada. Hasta iba con ellos Ángel, ese joven extraño, que no se relacionaba con nadie. Era un individuo de gran contextura, muy fuerte. No tenía un trabajo  fijo, sino que todos lo conocían y contrataban cuando había que hacer algo pesado. Tanto era hachero, como albañil, ayudaba en la cosecha o cargaba las bolsas con el trigo en los carromatos que llevarían lo cosechado a los graneros. Era un tipo querido pero muy huraño. Sin embargo, ese día se había unido al grupo y todos estaban felices de tenerlo con ellos.
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Un sonido sordo, lejano. Un craqueo insignificante seguido de un murmullo apenas audible, que lenta y progresivamente iba en aumento, comenzó a llegar desde lo lejos.
La gente cantaba y bailaba acompañado por el grupo de músicos del pueblo que, a medida que avanzaba el festejo, cobraban más impulso. Las risas y las voces se repartían en el aire en ese día especial.
Ángel, se había separado del grupo y fue por eso que fue el primero en notarlo. El agua cobraba fuerza, la corriente se hacía a cada momento más violenta y, sin lugar a dudas, iba creciendo cubriendo las rocas de la orilla. Prestó atención y pudo oír el sordo ruido que se incrementaba amenazadoramente. El muchacho comprendió rápidamente lo que estaba sucediendo y corrió lo más rápido que pudo hacia el grupo más cercano. Gritaba y hacía ademanes pero nadie le prestaba atención. El bullicio tapaba su voz y la alegría reinante no reparaba en la desesperación del hombre. Trató de llegar hasta los que dirigían el pueblo pero no pudo. Finalmente corrió angustiadamente hacia la capilla, se lanzó escaleras arriba y se colgó del badajo de la campana. El sonido del bronce se extendió como un manto sobre todos los alegres y desprevenidos pobladores.
Se hizo un silencio súbito y todos miraron hacia la torre de la capilla. - ¡Se ha roto el dique! ¡Se ha roto el dique! – Exclamaba moviendo sus brazos Ángel. En un principio no comprendieron pero luego escucharon el sordo rumor que hacían las aguas que crecían frenéticas. El primer pensamiento fue correr hacia las embarcaciones en las que habían llegado. Pero, cuando se acercaron hasta el lugar donde las habían dejado, descubrieron que el violento torrente las había despedazado contra las rocas. Las débiles barcas armadas al estilo primitivo no habían soportado en embate del rio desbocado.
Quedaron atónitos mirando como las aguas iban creciendo rápidamente y fue entonces que comprendieron que no tenían alternativas, habían sido demasiado confiados, y muy pronto las posibilidades de escapar a un terrible destino era prácticamente nulo. El guía espiritual reaccionó rápidamente – La capilla es lo único que quedó en pie… refugiémonos en ella y esperemos… tal vez el milagro vuelva a darse… - - a la capilla rápido – gritaron algunos – Recemos, recemos por un milagro – gritaron otros.
Ángel los miró asombrado. No podía entender esa actitud. Él no se iba a entregar mansamente. Con decisión corrió hacia la orilla, del lado del acantilado y desde allí se lanzó al agua. El frio pareció clavarse como agujas buscando perforarle la piel, pero inmediatamente comenzó a nadar y lentamente se fue alejando de la isla. Sabía que cuando el rio crecía era como un mar, que la distancia era demasiado grande pero, sin lugar a dudas, era la única alternativa posible.
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El motor de la embarcación que surcaba las aguas rumbo a la isla hizo que se hiciera silencio en la capilla. Alguien se asomó y sin poder creer lo que veía comenzó a hacer señas.
-          Es Ángel – gritaban
-          Nuestro Ángel –
-          Gracias… gracias… el milagro se ha producido –
Efectivamente, Ángel llevaba con habilidad el timón de una barca lo suficientemente potente como para cortar las aguas rumbo al embarcadero.
Luego de recuperarse, con las pocas fuerzas que le quedaban corrió hacia la aldea y allí tomó una de las embarcaciones de los pescadores, mucho más fuerte y con un potente motor y se lanzó a cruzar el rio embravecido. Ahora llegaba aun en el momento oportuno. En pocos segundos el agua lo cubriría todo.
La alegría era inmensa y todos elevaban sus manos al cielo.
-          Es cierto.. es un Ángel… El todo poderoso nos envió un ángel –
-          Hay que ser agradecido… hinquémonos y agradezcamos… -
Y todos se arrodillaron allí donde estaban. Levantaron sus manos y con la conducción de su director espiritual comenzaron a orar. Una oración solemne y unánime.
Ángel desde su barca quedó atónito. No podía entender que era lo que estaban haciendo. Comenzó a hacer gestos y proferir gritos. Pero sus llamados no eran oídos, el ruido cada vez más estruendoso de las aguas que corrían enloquecidas  y el murmullo de aquellos que estaban en la isla no lo permitían.
No escucharon cuando Ángel les grito desesperado que el grueso del agua no les daría tiempo, no escucharon cuando el joven decidió girar la embarcación y alejarse, no escucharon cuando a todo vapor y sin querer mirar atrás la barca cobró velocidad apurada por la corriente.
Cuando hubo recorrido una cierta distancia y se supo a salvo, recién giró para mirar y apenas si llegó a distinguir la punta de la capilla que aún sobresalía de las aguas hasta que también cedió para hundirse junto con el resto.

Miró al cielo. Las nubes ocultaban parcialmente al sol. Se estaba nublando. Sacudió la cabeza de un lado al otro y con los ojos llenos de lágrimas encaminó su embarcación aguas abajo. Unos kilómetros más adelante había otra aldea, con otras personas, quizás allí lo recibirían y podría por fin establecerse. Solo esperaba que no fueran tan… tan… No supo que palabra usar. Faltaba poco para llegar y se concentró en que todo funcionara correctamente.


aocolonna
setiembre de 2016

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