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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

jueves, 7 de noviembre de 2013

UNA HISTORIA REAL

Primero es lo primero.
Y lo primero es contarles que esta es una historia real, cambiados los nombres y posiblemente algunos diálogos ya que me fue transmitida oralmente por uno de sus protagonistas. Es absolutamente real y ocurrió en este siglo XXI aporreado y lleno de desaguisados. Sin embargo…
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Susana era una chica de barrio como cualquiera. Simple. Sin dobleces.
Se crió en un ambiente familiar común, jugando a los juegos simples de los chicos de su época. Cuando llegó a la adolescencia, como muchos, tenía una  compañerito de toda la vida, con el que jugaba a los novios, de esa forma infantil y platónica de hace cincuenta años atrás.

La vida los fue llevando. Cada uno se dedicó a su trabajo y fue donde Susi conoció a Ricardo. Un tipo simpático, inteligente, buena persona. Comenzó a noviar con él y finalmente terminaron en casamiento. Armaron una vida en común, alegre, despreocupada, sencilla. Realmente era una pareja bonita. Allí fue cuando los conocí yo. A ella le costó embarazarse pero al fin lo logró y el matrimonio se completó con una niña, María de las Mercedes, que fue como ponerle la frutillita al postre. Treinta dos años pasaron de un feliz matrimonio, donde tuvieron un buen pasar, vieron crecer a su hija y compartieron viajes, vacaciones, días felices y otros no tanto.

Voy a contarlo como yo lo recibí a lo largo del tiempo.

Un buen día me llega un mail. Era de Ricardo. En el, muy claramente, blanqueaba su situación informando a todos sus conocidos que su relación con Susana había terminado. Que ya no iban a compartir su vida y que cada uno iba a seguir su rumbo. Honestante fue una tremenda sorpresa. Primero por el hecho que me lo informara de esa manera, fría, racional, extremadamente “civilizada”. Segundo porque nada hacía pensar que algo así podía suceder. Para no hacerla muy larga, después me enteré que había una tercera en discordia.
Ella lo tomó con toda la angustia que pueden imaginarse, pero con una actitud correcta, simple, de esa niña de barrio que había crecido haciendo juegos inocentes. Siguió trabajando y se mantuvo dignamente, acompañada por su hija y manteniendo una buena relación con su, ahora, ex marido. A tal punto que llegaron a un divorcio civilizado, que se cumplió sin ningún inconveniente.
Ella seguía compartiendo su vida con su familia que aún permanecía en el barrio de origen.
Falleció la mamá de su viejo amigo de la infancia y fue parte del cortejo fúnebre.
Para esas Navidades, como todos los años, se reunió la familia y, como siempre, invitaron a la familia vecina, que ahora había quedado reducida al joven, que dicho sea de paso se había quedado soltero. Eduardo, que así se llama, no había tenido ningún romance en todo ese tiempo.
No aceptó concurrir por la reciente muerte de su madre ya que no estaba con ánimos de fiesta pero prometió que lo haría el próximo año.
Pasó justamente el año y llegaron las fiestas y fueron a invitarlo. Le explicaron que como siempre iba a ser una reunión familiar. Ya lo sé respondió él, van a venir los de siempre, incluida Susana, su hija y Ricardo. ¿Cómo no lo sabés? Susana está separada desde hace dos años.
El no dijo una palabra. Concurrió a la fiesta y todo fue tal lo planeado. Una reunión familiar sin nada que llamara la atención.
Nada que llamara la atención, salvo para María de las Mercedes.
Cuando se volvían para casa, como quien no quiere la cosa le pregunto a su madre. “Ma, ese hombre, Eduardo, ¿Está casado?” “No hija ¿Por qué?” “Porque durante toda la noche no te sacó los ojos de encima”. Nadie agregó nada más.
Pasados unos días Susana recibió una llamada en su celular.
“Habla Eduardo! “Hola Eduardo estaba por llamarte porque ya conseguí la dirección que me habías pedido, ya te pas…” “Es que no llamaba por eso… Quería que nos encontráramos para tomar un café, tengo algo que decirte. Donde vos digas” Susana hizo silencio, durante unos segundos sintió que algo latía dentro suyo, respiro hondo “Está bien nos encontramos en San Juan y Boedo, nos queda cómodo a los dos”.
Ya hacía rato que la estaba esperando. Cuando ella llego le hizo señas y galantemente la invitó a sentarse y le acercó la silla. Ella fue a decir algo, esas frases comunes que se suelen repetir como para iniciar una conversación, pero él no le dio tiempo, lo dijo sin dar vueltas, probablemente hacia mucho que lo había ensayado: “cuando yo tenía 20 años y vos 16, te estaba esperando para declararme y te vi llegar acompañada de tu novio, Ricardo, con quien te casaste. Pasaron cuarenta años y hoy la vida me vuelve a dar una oportunidad y no pienso dejarla pasar”
No sé lo que pasó después. No me lo contó. Pero puedo asegurar que yo la miraba e irradiaba luz. Un halo imperceptible y fosforescente la rodeaba y el cuarto se llenó de una sensación inmensa de una felicidad que quiso regalarme. Regalársela al médico y amigo, que durante tanto tiempo compartió sus cosas más preciadas.
Me sentí feliz y orgulloso.

Y me dije, para mis adentros: No todo está perdido.