Google+ Followers

EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

lunes, 28 de julio de 2014

UN CHALET FRENTE AL OBELISCO

Está situado sobre una mole de diez pisos, en Sarmiento 1113, con vista al Obelisco
Lo edificó en 1927 un hombre que soñaba con tener una casita en el cielo
Desde sus ventanas vio cómo, en 1936, se levantó el Obelisco 

Hoy, ya nadie vive allí, pero funcionan oficinas. Casi escondido bajo carteles publicitarios, son pocos los ángulos desde los que se lo ve.
Don Rafael Díaz, un inmigrante valenciano, nunca imaginó que su esfuerzo iba a traducirse en un sueño realizado. Terminaba el siglo XIX. El tenía 15 años, era vendedor en una mercería de la calle Chacabuco y a la noche dormía sobre el mostrador del negocio. Su empleador, ante el empeño de Díaz, le auguró: "Usted va a ir al Paraíso, Rafael, usted tiene un chalecito reservado en el cielo".

La idea de tener una casita en el cielo obsesionó a don Rafael. Y no quiso esperar hasta la otra vida. Un día él iba a tener un edificio de diez pisos -en el que sólo se vendieran muebles-, coronado por un chalet normando como uno que había visto en Mar del Plata.

En 1927 terminó de construir su sueño. Inauguró Muebles Díaz, que se convirtió en una de las grandes tiendas de Buenos Aires. Todo el mundo la conocía como la mueblería del chalecito. Mónica Abal de Schiavon, su bisnieta, cuenta que el hombre decidió hacerse una sucursal de la casa.




Vivía en Banfield. No podía volver a almorzar: entonces, creó allí un segundo hogar. Comía en la primera planta. Hacía una siestita, ni muy corta ni muy larga, y volvía a trabajar.

Su chalet no sólo rascaba la panza al cielo. En días claros, permitía ver la costa del Uruguay. Le gustaba mirar la ciudad. Desde esas ventanas, el señor Díaz vio, bloque por bloque, cómo levantaron el Obelisco en 1936. También fue testigo de la apertura de la 9 de Julio. Nada de eso estaba cuando él llegó.

De hecho, el señor Díaz sabía que la publicidad era la clave del negocio. Pero no quería pagar por ella. Y supuso que el chalecito era la mejor publicidad. Pero cuando él edificó, la calle era muy angosta y no había ángulo desde el cual divisar la casita. Tuvo suerte. O ayuda desde lo alto. Porque pronto se abrió la 9 de Julio. Y el chalecito pasó a ser parte de la típica postal de Buenos Aires, una ciudad en la que todavía corrían los tranvías.

Hoy, para llegar al chalet hay que subir por ascensor. En la planta baja funciona la administración del edificio, y en el primer piso, oficinas con alfombra gris y muebles modernos. El techo es de teja francesa. El comedor conserva el bow window con vitrales. Sobrevivieron las baldosas con arabescos del baño.

Al último piso se llega por una escalerita de caracol. Está vacío. Pero mantiene la esencia de la casa. Los ventanales enmarcan una vista única. Es posible estar bajo el techo a dos aguas de un altillo y mirar cara a cara, la punta del Obelisco.




En la terraza se mantiene una decena de maceteros repletos de flores, una pincelada de cómo se vería cuando don Rafael la convirtió en un jardín donde se exponían muebles de exterior.

Cuentan los nietos que en los años 40 y 50 el negocio fue una de las mayores mueblerías de América latina. La decadencia llegó cuando las grandes tiendas por departamento dejaron de ser iconos de Buenos Aires.

Don Rafael falleció en 1968. El negocio quedó en manos de sus hijos y, hacia fines de los años 70, los pisos se alquilaron para otros usos. Y con el auge de los carteles lumínicos, el pequeño gran chalet, el símbolo del sueño del señor Díaz, quedó tapado.




Por años estuvo abandonado. Y oculto. Fue sede de una agencia de modelos y el laboratorio de un fotógrafo.

Y así fue como los porteños terminaron desconociendo la historia de aquella casita. Cada tanto, alguno se sorprende: ¿quién habrá sido el loco que se hizo semejante chalet en la punta de un edificio y asomándose a la 9 de Julio? 



Todo lo anterior fue tomado de un Blog de Taringa Bienvenidos a Mi Blog, lo que sigue es apenas mi opinión y síntesis.

Los sueños no mueren. Pueden olvidarse, dejarse de lado, descartarlos pero siguen sobrevolando hasta que algún día alguien, también soñador, los redescubre y los envía a volar, los hace realidad, los transforma en vigentes.

El sueño del señor Diaz está absolutamente vivo, y aunque muchos se pregunten ¿Quién fue el loco que hizo un chalet sobre los edificios? Siempre encontrará a alguno que le cuente esta historia, y quien dice que no habrá alguien que enarbole ese sueño para volver a repetirlo, para volver a tutearse con el paraíso.

Mientras tanto ¿Dónde estará Rafael Diaz? ¿No estará realmente en el paraíso, sentado, tomando un cafecito y viendo como el mundo corre enloquecido sin ver un chalecito perdido entre las moles gigantescas de los edificios, pero que, como un símbolo, se levanta inconmovible mucho más cerca del cielo, allí en el centro neural de Buenos Aires, donde tanta historia ha pasado y seguirá pasando?



Gracias don Rafael porque nos dejó un estandarte que habremos de levantar todos aquellos que acariciamos los sueños.

Nota: algo que investigué después de hacer el post. Don Rafael llegó a tener la mueblería más importante de la época. Vendía a crédito y por catálogo en todo el país, pero fue de darse los gustos. Llegó a crear una radio para transmitir su propia publicidad RKO radio Díaz que luego se transformó en Radio Rivadavia, que aun persiste, y dicen que para un cumpleaños le regaló a su esposa el Hotel Riviera en Mar del Plata. 

8 comentarios:

  1. ¡Cuantas veces pasamos por ahí y lo miamos!!! Desde nuestros paseos de novios. Ese Buenos Aires que tanto se olvida.

    ResponderEliminar
  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  3. !Qué hermosura de entrada Alberto! tebngo que decirte que siempre lo haces, pero hoy te lucistes completamente. hay tanta ternura y delicia en tu post, que es imposible que la nostalgia no nos acaricie, y seguro que le ha llegado al buen Ramón. Vivan los suelos y los soñadores!!!

    ResponderEliminar
  4. Gracias por tu comentario. Me alegra que te hsya gustado. Cuando investigue el tema me entusiasmo la historia y ezpero haberla llegado a transmitir.

    ResponderEliminar
  5. Lo bueno de los sueños es que se lucha por ellos, y cuando se consiguen, otros sabrán de esa historia y ese sueño, que se cumplió y nos abre el corazón y el alma para poder soñar y hacerlo realidad! Don Rafael seguro que sonríe desde cualquiera de las ventanas del chalecito!!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Con toda seguridad Rosa María y posiblemente desde algún lugar estará empujando los sueños de los demás. Gracias por tu comentario.

      Eliminar
  6. No lo conozco pero ya me parece recordarlo...Muy linda tierra y muy evocador post

    ResponderEliminar
  7. Muchas veces pasa desapercibido. Uno mira el obelisco pero no los edificios que lo rodesn. Gracias por tu comentario.

    ResponderEliminar