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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

lunes, 4 de agosto de 2014

EL DÍA QUE UN DIBUJANTE DERROTÓ A LOS PODEROSOS (Un poco de historia)




No voy a opinar de política.
Creo que según del lado que se lo mire siempre habrá razones y explicaciones y cada uno tendrá razón.
Si sé que me crié en un mundo político, viví las luchas y los enfrentamientos y lo que hoy les cuente será bajo mi definitiva mirada. Puede que no sea la correcta. Pero fue lo que yo experimenté y eso no entra en discusión. Es absolutamente personal.
Había una guerra… Una dura batalla entre fuerzas que se disputaban el poder… Un lucha sucia y descarnada… los argentinos estábamos al margen, trabajábamos, vivíamos, teníamos miedo a todos, pero seguíamos adelante haciendo lo que podíamos.
En ese escenario se desarrolló el campeonato mundial de fútbol de 1978.
Fue una forma de pensar en algo distinto. Evadirnos de la realidad diaria y hasta llegar a pensar que podíamos convivir bajo una misma bandera.
Pero hubo un hecho que marcó a los argentinos, un pequeño acto de rebeldía frente a la prepotencia de los poderosos.
Había un relator deportivo que controlaba y regía todas las transmisiones de fútbol. Y los militares que ostentaban el poder querían que todo fuera prolijo, que el país mostrara al mundo una imagen impoluta.
Siempre fue una costumbre de los argentinos arrojar papelitos, trozos de papel pequeños, mal cortados, de diarios o revistas o cintas de las tickeadoras, cada vez que entraba un equipo de fútbol a la cancha.
Clemente, la Mulatona, Clementosaurius y el Negrito de Camerún

José María Muñoz, que así se llamaba el locutor, comenzó una cruzada contra esa costumbre, diciendo que era peligroso para los jugadores y quedaba desprolijo mostrar una imagen así.
Y fue allí cuando surgió un personaje de historieta… leyeron bien… un simple mono, pero que fue representando ese grito de rebeldía que hemos heredados los argentinos de los pueblos originarios y de la gallardía española. Somos mansos… demasiado… pero aun así donde hubo fuego cenizas quedan… y de vez en cuando recordamos quienes somos.
Y este personaje, un ser indefinido, una especie de pato pero sin alas ni brazos, con un pico que luego se fue redondeando, con un cuerpo a franjas que parecía una cebra y por sobre todo con un humor que nos traía un aire fresco de una palabra que habíamos olvidado: “libertad”, surgió con una explicación lógica, a la que solo se oponía el capricho y la prepotencia: “Si los argentinos tiramos papelitos, pues tiremos más papelitos que nunca en nuestro mundial, mostrémosle al mundo como somos, como vivimos la pasión del fútbol”.



Fueron meses de controversia. Y durante ese tiempo la balanza se fue inclinando lenta e inexorablemente.
Recuerdo que pasé todos los partidos del mundial trabajando. Con Mirta debíamos atender unos consultorios para los que trabajábamos que quedaban a unos 75 kms de Buenos Aires. Llegábamos a nuestra ciudad, absolutamente vacía, en el momento en que los partidos terminaban y de pronto se abrían los balcones de los edificios y la gente se asomaba a gritar el triunfo de nuestro seleccionado… y a arrojar papelitos… la ciudad se llenaba de esa demostración argentina y debe ser uno de los recuerdos más hermosos que he podido guardar. Solos... Los únicos locos que no estaban frente al televisor, conduciendo bajo una nevada artificial, bajo el signo de “hago lo que quiero, hago lo que siento”… Y uno se sentía feliz…
Fue el triunfo de un dibujo… Un humorista, no importa su filiación política ni que publicara en el Clarín, porque en ese momento era el argentino medio, ese que no entendía de luchas de poderes y quería expresarse más allá de órdenes, de disposiciones, de pretensiones fatuas.



Y cuando se realizaron los partidos la lluvia de papelitos invadió el espacio y voló como nunca llevando su mensaje de rebeldía, y el viento se complotó para que llegaran lejos, muy lejos, allí donde la historia se escribe con letras de oro.
Lo que sigue es un artículo que publicó el periodista Miguel Ángel Bertolotto. Una pequeña obra de arte que quiero que disfruten como  yo lo he hecho. Gracias Miguel Ángel. ¡Qué bien te queda la palabra Periodista!.
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Miguel Ángel Bertolotto. Periodista
Eran tiempos nefastos aquellos. Eran tiempos en los que mandaban el miedo, la mordaza, el aborrecible “ el silencio es salud”.
Invierno del 78, plena dictadura, pleno Mundial argentino también. El fútbol, la celebración del fútbol, la pasión del pueblo, para tapar el terrorismo de Estado. Los crímenes escondidos, o disimulados, debajo de los goles y de los festejos. La inmensa y agresiva campaña publicitaria para contrarrestar las voces que llegaban del exterior, voces que advertían sobre lo que realmente pasaba en el país. Nada mejor que el fútbol para maquillar el escenario.
En esos tiempos de bocas cerradas, el genio de Caloi encontró un resquicio para gambetear la gigantesca censura. Y su bandera fue Clemente, que a esa altura ya era un personaje entrañable, que incluso había trascendido la contratapa de Clarín.
Le faltaba la gran consagración popular. Y el Mundial lo elevó a la categoría de símbolo contra la represión de las palabras. ¿Cómo? Anteponiéndose al virulento plan instalado por los militares desde los medios de comunicación, de cara a la mayor cita de la pelota, y que se sintetizaba en algo así como que los argentinos tenían que comportarse bien.
Con o sin bajada de línea, José María Muñoz, el relator más famoso de la época, se plegó a la andanada de consejos oficialistas vociferando a los cuatro vientos desde Radio Rivadavia que “no hay que tirar papelitos”.
Los argumentos para sostener la recomendación causaban gracia, o pena: así se evitaba que las canchas se ensuciasen y no quedaba la imagen de ser un país sucio. El Negro Caloi, alguna vez, recordó: “Muñoz me la dejó picando”. Y Clemente la empujó al arco vacío...
“¿Cómo no vamos a tirar papelitos si los argentinos tiramos papelitos?”, se preguntaba Clemente desde las tiras diarias. Y se transformó en el principal bastonero del gusto, del placer y de la tradición del hincha. A Muñoz pasó a llamarlo Murioz . Y la guerra de los papelitos se hizo masiva. La gente, obviamente, compró a Clemente y tiró más papelitos que nunca. Tanto que, camino al Monumental, la Policía llegó a sacarle los diarios para que no pudiera romperlos y convertirlos en papelitos. Ahí empezó a funcionar el interminable ingenio popular para superar las vallas policiales. Y cada partido de la Selección fue una fiesta de papelitos y de burlas a Muñoz. La tarde de la final, contra Holanda, el césped parecía pintado de blanco...
“Tiren papelitos, muchachos”, pedía un Clemente formado por cuadraditos y líneas desde el cartel electrónico del estadio cada vez que aparecía la Selección de Menotti. Es que el cartel lo manejaba la FIFA, no la organización.

Caloi y Clemente le habían ganado a la dictadura.



1 comentario:

  1. Fue emocionante haberlo vivido, es hermoso traerlo a la memoria tan bien narrado.

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