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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

viernes, 23 de enero de 2015

LA LEYENDA DE LA FLOR DEL CEIBO

A orillas del río Paraná vivía, pacíficamente, disfrutando de las bondades que le brindaba la naturaleza, una tribu de indios guaraníes, al mando de Teyú (lagartija). Teyú estaba acompañado de su hija Ibaga (cielo), una indiecita no muy agraciada, pero que se distinguía por tener una voz tan dulce que hasta los pájaros callaban sus trinos para oírla cantar. Otra virtud que la distinguía era su valentía. Arrojada, era capaz de las más increíbles hazañas, por lo que era amada y respetada por su pueblo.
Un nefasto Noviembre, de hace mucho tiempo, dieron en desembarcar muy cerca de allí un grupo de conquistadores, con sus corazas de acero, sus lanzas que brillaban al sol, sus poderosas armas que imitaban al trueno y su soberbia, que los llevaba a dominar a todos los pueblos que poblaban la región.
Avanzaron siguiendo la orilla del rio y pronto vieron la aldea. Parecía abandonada. Las chozas estaban vacías y las canoas flotaban movidas por la corriente. Sin embargo a la distancia oyeron voces humanas y hasta allí se dirigieron.
Sigilosamente pudieron observar que toda la tribu estaba en medio de un festejo. La alegría y el desenfreno, la abundancia de bebida, permitió que los invasores pudieran atacarlos por sorpresa.
A pesar de estar muchos ebrios y no tener armas, se defendieron valientemente, y, conocedores del terreno, consiguieron  escapar, no sin antes herir a muchos de los atacantes.
Los recién venidos debieron retroceder y volver a su campamento, jurándose que iban a volver preparados sabiendo lo que les esperaba.
Desgraciadamente, en la batalla, Teyú, resultó mal herido. Por más que los curanderos y las viejas improvisaron cánticos y rezos, y armaron ungüentos la vida de su jefe se fue yendo.
Con su hija al lado le pidió que ella se hiciera cargo de la tribu.  
Ibaga juró en ese momento, que no solo cumpliría con su papel, sino que vengaría la muerte de su padre.
Al día siguiente juntó a sus jóvenes guerreros que, en número de cien, decidieron atacar a los soldados que estaban acampados no muy lejos de allí.
Mataron al guardia y se lanzaron sobre los conquistadores que dormían. Pero estos tenían armas poderosas que fueron diezmando a los valientes guaraníes. Desde los barcos comenzaron a cañonearlos y la mayoría de los indios murieron en el ataque. Unos pocos consiguieron huir, y el resto fue capturado.
Ibaga fue reconocida como la cabecilla de aquel ataque y por lo tanto se la encerró en una de las embarcaciones. Pero la indiecita no era de quedarse sin hacer nada. Esperó el momento en que su guardia estuviera distraído y con un rápido movimiento le quitó el cuchillo que este traía y se lo clavó en el pecho. Inmediatamente se dirigió para tirarse por la borda y nadar hacia la orilla pero fue rodeada por varios soldados y no pudo lograr su cometido.
El capitán al mando la condenó, por haber matado a un soldado, a ser ejecutada esa misma noche. Decidió que sería atada a un árbol y se le prendería fuego como se hacía con las brujas.
La llevaron hacia un descampado donde había un ceibo, que era un árbol muy frecuente en la zona, de madera blanda, y hojas muy verdes, sin flores.
La sujetaron, acumularon ramas y paja a su alrededor y las encendieron.
Cuando las llamas abrazaron a la indiecita y todos esperaban oír sus lamentos, se sorprendieron al escuchar que la valiente Ibaga comenzó a cantar y su voz dulce, como nunca habían escuchado otra se fue metiendo en sus corazones.
Pero de pronto, y ante sus azorados ojos, comenzaron a ver que la joven iba tomando un color cada vez más rojizo al igual que el árbol, que entreabría su tronco y fue incorporando lentamente a la india transformándola en parte de ese ceibo.
En la mañana siguiente y sin entender lo que sucedía, se encontraron con que el árbol estaba cubierto, por completo de unas flores rojas, aterciopeladas, que habían recogido el alma de Ibaga, y la habían preservado como ejemplo de la valentía y el amor por su tierra que como todos los guaraníes defendieron hasta la muerte.

NOTA: Dos aclaraciones importantes. La historia fue extraída de un libro de leyendas argentinas que tiene más de sesenta años y que, desde el punto de vista histórico, es el más confiable. sin embargo con el devenir del tiempo la indiecita pasó a llamársela Anahí, nombre con el que figura, incluso en Wikipedia, y con que se ha hecho una canción (guarania) que es extremadamente famosa. Yo he mantenido la historia tal como la conocí cuando era pequeño.
La segunda aclaración es que he iniciado esta serie de leyendas autóctonas con la del Ceibo ya que es nuestra  flor nacional (al igual que la del Uruguay) y por todo lo que ella representa.

2 comentarios:

  1. Preciosa leyenda y además muy interesante el hecho de recopilar estas leyendas populares que guardan gran parte del sentir colectivo..Saludos Alberto

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    1. Creo que ha sido una buena idea. Tengo una cantidad enorme de historias que son conocidas por los lugareños pero no tiene la difusión que debería. Honestamente lo estoy disfrutando. Muchísimas gracias por tu comentario, sabés que para mi es lo más importante, y vos estas siempre presente. Te queremos mucho.

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