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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

miércoles, 21 de enero de 2015

VOLVER A EMPEZAR


¿Es un cuento? ¿Es una historia?...
Simplemente es un relato basado en hechos reales complementados con algunos delirios que, a veces, tienen mucho mas de verdad que las verdades mismas.
 Dedicado a
“los ángeles de la terapia”

VOLVER A EMPEZAR

El anciano, de barba blanca y bien recortada, me miró con ojos que denotaban un asombro creciente.
-              ¿Que… que hace usted aquí? –
Lo miré haciéndome el que no entendía lo que estaba sucediendo y me encogí de hombros.
-       Que usted esté llamando a esta puerta es un total absurdo… - barboteó - ¿Tiene idea de la increíble cantidad de víctimas suyas que tenemos agendadas? ¿Quién lo mandó para acá? ¿Algún chistoso? –
Lo miré comprensivamente. Mentalmente hice un repaso de lo hecho hasta ahora y si ponía en la balanza los éxitos y los fracasos, buen… mejor no ponerlos.
El anciano se desesperó para que comprendiera.
- No, no, no… aquí hay un error… a Ud. le corresponde… el otro portal…                        ¿ “Capisce”’?... El otro –
Y se estiraba para señalar un portón medio desvencijado que se erguía entre dos nubes violáceas.
Después de asegurarse de que lo había entendido cerró el portón con violencia sin darme tiempo a agradecerle aquella definitiva información.
Caminé tan velozmente como me lo permitía un difícil terreno que se hundía y se levantaba en forma caótica e imprevisible (Como caminar sobre un colchón de agua) hasta que por fin me detuve frente a un portal extremadamente alto. Evidentemente le hacía falta mantenimiento porque se advertía la pintura resquebrajada, y hasta descascarada, en muchos lugares.
Golpee y me quedé esperando.
Pasó un cierto tiempo hasta que oí algún sonido del otro lado. Algo así como un arrastrar de pies que cansinamente se acercaban al pórtico. Me pareció, también, escuchar una protesta ahogada, con seguridad una maldición o algo parecido.
La puerta se abrió bruscamente y tras ella apareció un ser macilento, de aspecto y edad indefinidos. Apenas me vio, el tono pálido, casi marfil, de su cara, comenzó a cambiar de color.
-¿Qué… que hace usted aquí? –
¡Otra vez la misma estúpida pregunta!
-       ¿Qué se yo?... Me… me mando el señor de al lado – balbucee.
-       ¡Que hijo de…! ¡No querido, no!… ¡Aquí no! – Y señalaba con vehemencia el lugar donde se hallaba parado - Si yo lo dejo pasar con seguridad me desprestigia el negocio… acá somos malos… si… pero tenemos nuestros principios… ¡Pero que hijo de…!- Y sin darme ni la menor oportunidad a responder se dio vuelta y se dispuso a cerrar el portal, tal como lo había hecho el personaje anterior.
-       ¡Ah, no viejito! – Exclamé mientras le ponía el pie evitando el portazo que se venía      
     -     Los dos se lavan las manos ¿Y yo qué?... ¿Qué soy yo… el hijo de la pavota? –
           El tipo me miró como si no entendiera mi reclamo.
Eso me puso más verde todavía.
-       Escuchame, pedazo de bofe… Si el cielo no me quiere y el infierno no me acepta… ¿Qué carajos hago yo?… ¿Me querés decir?… ¿Qué carajos hago? –
           Me miró casi con lástima. Se rascó la barbilla. – “Se debería quedar en el limbo, así no               jode más a nadie” – pensó en voz alta.
-       ¡Ma si! – ladró – ¡Mientras no sea para acá agarrá para donde se te antoje! ¿Sabés que podés hacer?... Volvete por donde viniste… y… por – fa - vor… ¡No rompas más! – y sin darme tiempo a reaccionar empujó con tal fuerza el portón que tuve que sacar el pie lo más rápidamente que pude. Llegué a escuchar claramente como colocaba el seguro y algún tipo de tranca, no fuera a ser cosa que yo tuviera alguna posibilidad de filtrarme.
De pronto la iluminación del ambiente había desaparecido y la negrura más espesa parecía envolverme, haciéndose eco de mis atribulados pensamientos.
Muy pequeñita, una luz extremadamente brillante, comenzó a abrirse paso entre las tinieblas. No entendía muy bien lo que sucedía pero me dispuse a esperar. El destello se hacía cada vez más pronunciado y progresivamente iba invadiendo todo el espacio. Me pareció oír voces que provenían del otro lado de la luz.
Lo primero que vi fueron unos frascos, o mejor dicho unos sachés, con unos tubos delgados, transparentes que descendían de su parte inferior. Pronto descubrí que llegaban, como autopistas de una novela de ciencia ficción, hasta incrustarse en mis brazos, transportando un líquido que goteaba apresuradamente.
Sentí una opresión… en realidad una delicada presión sobre mi pecho. La luz intensa me molestaba por eso tuve que parpadear varias veces hasta que pude identificar a una joven doctora quien apoyaba, protectoramente, su mano izquierda sobre mi tórax, mientras que con la derecha controlaba mi pulso.
-       Ya está… por suerte revirtió con la atropina. ¡Uff! – Suspiró – faltó poquito –
Recién recapacité en lo que había pasado.
Por allí escuche “fue un bloqueo aurículo ventricular transitorio”.
“Que lo parió. Así que safé por un pelo - razoné - Ja… que linda jo…”
Y ahí me di cuenta.
Cerré los ojos con fuerza y al abrirlos seguía en el mismo lugar. Tendido, cuan largo soy, en la cama de terapia.
¡Cómo me cagaron!
Ni a un lado ni al otro… Noooo… la cosa tenía que ser peor y los muy hijos de su madre la pensaron bonito.
Nada de pasar para el otro mundo, nada de acabar aquí y ahora. La pena no podía ser peor… me habían condenado a volver a convivir con mis semejantes.
Solamente a ellos se les pudo ocurrir una tortura más sofisticada.
Comprendí que no me quedaba otra alternativa. Traté de aceptar mi condena. Me relajé y dejé que siguieran trabajando.
En el fondo, muy en el fondo, mezclado con las voces de las enfermeras que corrían cumpliendo las órdenes que impartían los médicos, escuchaba, como entre sueños, a Lerner empecinado en canturrear:

“Y mañana será un nuevo día… Volver a empezar”.



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