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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

martes, 14 de julio de 2015

EL PAYADOR URBANO

Este poema escrito en décimas al clásico estilo de la payada pertenece al autodenominado "Payador Urbano", seudónimo del escritor y periodista Mario Rojman. Inserto a continuación un comentario que de el hiciera el artista plástico andrés Waissman
“Mario Rojman nació en 1936 en Ubajay, Entre Ríos y vive en Buenos Aires desde hace años; ha crecido y padecido este país entrañable y ha asumido, porque así se lo dictó el destino, su condición de protagonista de una época difícil de relatar, aunque desde ahora quien lea sus versos tendrá la posibilidad de acercarse al humor que parte de la experiencia, de la sensibilidad más exquisita y dolorosa de un hombre que como Homero Manzi o Francisco Canaro, Discépolo y tantos otros, encontraron el tono para decir sus cosas con palabras encolumnadas que arman el mundo de todos los días, nuestro mundo, con la sencillez y la magia que Mario Rojman aprendió de sus antepasados, de su Entre Ríos y de su Buenos Aires querido”. (Andrés Waissman, artista plástico).
Y el Payador Urbano se presenta de esta manera:

Soy el payador urbano,
un producto del jet set,
y hoy que navego internet
tengo el mundo en una mano.
Al rosillo y al tobiano
ya los he dado de baja;
tengo una moto Yamaha
de quinientas cilindradas
y en un arcón bien guardadas
la vieja viola y la faja.

A veces la desenfundo,
guitarra noble y nochera,
que me recuerda cuando era
payador del tercer mundo.
Con los recuerdos me fundo
de aquella etapa tan dura;
yo he sufrido la conjura
de los viejos payadores
y padecí los rigores
del hambre y la mishiadura.

Como nunca usé alpargata
me gané su enemistá,
porque en vez de chiripá
llevaba saco y corbata.
Me regañó hasta mi tata
por aquella vestimenta,
y en esa lucha irredenta
con mi viejo ya difunto,
abandoné el contrapunto
y entré a payar por mi cuenta.

Cambié la vieja tranquera
por un portal de internet,
el matungo por el jet
y el mate por la tetera.
Mis libros de cabecera
ya no son los de Carriego;
de mi origen no reniego
pero, en franca evolución,
no me es ajeno Platón,
el gran filósofo griego.

Atrás quedó el mostrador
y otras prácticas remotas,
atrás quedaron las botas,
cinto, rastra, tirador;
hoy empilcho en Christian Dior,
minga de poncho, ¡chalina!,
conquisté una flor de mina
de la sociedad porteña,
simpática y halagüeña,
sobria, elegante, muy fina.

Y me siento protegido
por esa dama discreta
que una noche en Recoleta
me consagró su elegido.
Detenta doble apellido,
pertenece a la ralea,
un Mercedes que voltea
y cenamos con champán,
a ella la llaman Madam
y a mí, “Señor Bengolea”.

Hoy la globalización
nos hizo el mundo de goma,
si un tipo estornuda en Roma
se oye aquí en Constitución.
Nuestra antigua tradición
padece un destino incierto,
el contrapunto está muerto
y, salvo mejor criterio,
Betinotti, es un misterio
y Ezeiza, es un aeropuerto.

Soy el payador urbano
que supo lo que es un rancho
y ahora vive lo más pancho
en el barrio de Belgrano.
Litoraleño, entrerriano,
-porteño por adopción-
que un día largó el Carlón
y hoy escancia Luigi Bosca.
Anoten, por si las moscas:
gurí, arroba, punto, com.

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