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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

miércoles, 15 de julio de 2015

LA VERDAD DE LAS COSAS V

Voy a contar una historia. Una historia real. Una historia que atañe a todo el mundo pero que pocos conocen por ignorancia o por mala información.
Hace unos cuantos años atrás el médico fisiólogo y premio Nobel, Bernardo Houssay, escribía en su libro sobre fisiología humana. Hay dos tipos de colesterol. El endógeno y el exógeno. El que el organismo produce y el que ingresa al organismo a través de la dieta. Hay un balance entre ambos para mantener valores estables de este lípido imprescindible para una cantidad de funciones fundamentales para el buen funcionamiento del organismo, de manera que sus valores se mantengan estables.
Hace cuarenta años un médico y fisiólogo japonés determinó que los niveles de colesterol en el organismo no incidían en ninguna patología, sino que una alteración en la pared de las arterias hacía que este lípido entrara en su espesor y allí quedara atrapado. Su transporte hacia los tejidos no podía realizarse por una falla enzimática o del proceso químico, lo que hacía que se formaran los temibles ateromas, que eran los culpables de las obstrucciones vasculares.
Los laboratorios nunca pudieron encontrar un medicamento que resolviera este inconveniente pero si lograron drogas que disminuían el colesterol en la sangre. Frente al conocimiento que ya teníamos era evidente que esto siempre fue un absurdo, pero también descubrieron que era un negocio extremadamente productivo y dirigieron toda su publicidad a hacer creer que el colesterol era el gran enemigo. Tanto hicieron que hasta convencieron a los médicos de que esto era así y, de esta manera, consiguieron los efectores más perfectos para sus planes.
Hace diez años atrás yo padecí de un evento cardiológico, en buen cristiano esto significa que tuve un infarto en el miocardio. Yo hice el diagnóstico y recurrí a los especialistas para mi adecuado tratamiento. Me salvaron la vida porque, dos días después, el infarto me produjo un bloqueo aurículo ventricular con lo que mi corazón fue latiendo cada vez más lentamente hasta llegar a los 20 latidos por minuto. Consiguieron revertir el cuadro y desde entonces, hasta la fecha, no he vuelto a tener ningún tipo de sintomatología y desde, el punto de vista científico, los exámenes han dado una recuperación perfecta.
Pero es aquí donde viene lo tragicómico de la situación. En primer lugar digamos que he sido atendido por un número bastante considerable de colegas que tomaron sus decisiones. Mientras estuve internado me hicieron más de una historia clínica y fui interrogado varias veces por los residentes, o sea aquellos que están aprendiendo a actuar como médicos de una especialidad y tienen bien frescos los conocimientos que les impartieron en la facultad. Ninguno, ni los unos o los otros, realizaron la anamnesis con la minuciosidad o la profesionalidad debida.
Hete aquí que siempre he cumplido con las normas médicas que yo mismo solicitaba a mis pacientes y constantemente me he realizado controles de laboratorio periódicos. Nunca tuve niveles elevados de colesterol. La relación LDL/Colesterol total dio siempre valores fuera de riesgo. El peso, que en ese momento tenía, estaba totalmente de acuerdo a mi altura, de acuerdo a las reglas médicas (totalmente erróneas, pero vigentes), y con mi esposa, caminábamos entre ocho a diez kilómetros, tres veces por semana. Más aún, como frente al estrés de la cirugía había notado una levísima tendencia a un incremento de los valores de la tensión arterial, decidí, por mi cuenta, realizar un electrocardiograma de esfuerzo, que dio como resultado una total normalidad y sin riesgos de isquemia posibles.
Consecuencia, nadie pudo explicar el motivo de mi infarto. Lo atribuyeron a demasiado trabajo, al estrés de mi actividad (el infarto se produjo justo cuando iniciaba las vacaciones) y me mandaron a que disminuyera todo tipo de ingesta de colesterol y hasta me medicaron para ese fin. (¿?)
Estando internado descubrí una realidad que no había experimentado ni me lo habían enseñado en tantos años de médico. Hay una gran mayoría que habrán observado, y protestado, lo que es la comida de hospital. Mi razonamiento fue diferente. Aquí estoy para resolver mi problema. Si esto es lo que me traen para comer quiere decir que esto es lo correcto. Indudablemente yo estoy comiendo mal, fundamentalmente en cantidades inadecuadas. Cuando me dieron el alta decidí seguir con la misma conducta. No me costó demasiado trabajo y, al margen de comer sin sal, sin alimentos con grasas, y en una cantidad adecuada adelgacé quince kilos en un tiempo relativamente rápido y descubrí que había vuelto al peso que yo tenía cuando mi edad era de 25 años. Con lo que descubrí dos cosas fundamentales. Una: No es cierto que con la edad uno deba incrementar su peso. Dos: Que manejamos muy mal la comida, la transformamos en un centro que no debe ser y que su función es solamente mantenernos con salud y sin hambre. Nuestra metas tienen que esta dirigidas hacia otros universos.
La sorpresa fue cuando realicé los análisis que hacía de rutina y encontré que mi colesterol había descendido a valores alarmantes, estaba en lo que se conoce como una hipocolesterolemia, que también es una patología y que no es buena de ninguna manera. Cuando lo comenté con el especialista insistió en continuar con la medicación. Como voy al médico para hacerle caso y no hacerle perder su preciado tiempo, decidí aumentar mi dieta grasa, de allí las porciones de torta que me suelen ver comer. Lo que no saben es que es la única porción, el resto de la comida sigue siendo la misma, la cantidad otro tanto y el ejercicio, la caminata, exactamente igual. Con lo que llegamos a la tercera conclusión: haciendo bien las cosas se puede comer el régimen rico y variado sin ningún inconveniente. Aclaro que desde el 2005 a la fecha, estoy exactamente en el mismo peso.
Pero lo interesante es que nadie supo nunca el porqué de mi infarto. Cuando me hacían la historia clínica quedaban mirándome sin entender que era lo que había sucedido. Y lo que es peor, nunca se preguntaron en que se estaban equivocando. Yo si lo sabía pero dejé que lo descubrieran por sus propios medios, cosa que hasta este momento nadie ha hecho.
Pocos saben que muchos de los accidentes vasculares obstructivos, cardíacos, cerebrales, pulmonares, mesentéricos, etc., no tienen relación alguna con el colesterol sino con placas de calcio que se depositan en las paredes de las arterias y allí permanecen sin traer problemas hasta que alguien las sacuda, las rompa o se desprendan y así vayan a ocluir arterias más pequeñas.
Y eso fue lo que me ocurrió. La mayoría de mis arterias están calcificadas (lo dijo el médico que me hizo la arteriografía y al que nadie escuchó) y la taquicardia que me produjo la epinefrina de tres anestesias odontológica continuadas que se me había practicado dos días antes. Las dos cosas, azarosamente unidas, fueron las causantes del episodio que lógicamente tenía que ocurrir. Nadie preguntó sobre ese punto. Está en el protocolo del interrogatorio, pero se lo saltaron olímpicamente y nunca nadie volvió a preguntar dando, por descontado, que era el perseguido y malhadado colesterol, el malo de la película, y que, en realidad, es el “perejil” de la historia. El pobre colesterol cumple su función lo mejor que puede, mantiene el equilibrio que el organismo necesita y sufre una persecución implacable sin pensar en el daño que se está produciendo, por conveniencia de los benditos laboratorios, que nos contaron el cuento de caperucita roja y nosotros lo creímos a pie juntillas.
¿Por qué ocurre todo esto? Simplemente por la medicina “fast” que estamos practicando. Y esto es por la enseñanza “fast” que brindamos a nuestros jóvenes desde la escuela primaria hasta la universitaria. ¿Estimulamos el pensamiento, el razonamiento, la curiosidad? Por supuesto que no. las cosas son y no se discuten.
Lo primero que aprendí cuando inicié mi carrera fue que “no existe la ley de autoridad”. Porque lo haya dicho quien lo haya dicho, por más laureles que tenga, no tiene por qué ser cierto. Siempre hay que plantearse la duda. Siempre hay que darse la alternativa a descubrir una ruta diferente. Eso es lo que hace a esos individuos que marcan la diferencia. Porque los hay, por suerte genéticamente todavía quedan seres humanos que tratan de pensar, que no se conforman con lo que le dicen, que no se amilanan ante las medallas que luce un individuo sobre su fastuoso pecho. La historia nos ha enseñado que las verdades de hoy son las mentiras de mañana.

Ojalá hubiera muchos que se detuvieran, tan siquiera un momento, a pensar en lo que están haciendo y lo que están logrando. Poderoso caballero es don dinero… ¿Pero hasta dónde?... Hace mucho tiempo se dio una película, de la época del neorrealismo italiano, que se llamó “Bisturí, mafia blanca”. Y en el final el médico, que se había dedicado a lucrar indecentemente con su profesión, descubre que está enfermo. Angustiado habla por teléfono con su madre y le dice: “¡Mamá… estoy enfermo!”, a lo que la madre le responde “Hijo, con el dinero que tú tienes puedes hacerte atender por el mejor”. Y entonces el exclama: “Si… ¿Pero con quién?”.

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