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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

lunes, 4 de abril de 2016

YO SÉ QUE ESTOY PIANTAO... PIANTAO... PIANTAO

Horacio Arturo Ferrer Ezcurra nació en Montevideo inmerso en un mundo de poesía que lo marcó para el resto de su existencia. Su madre, sobrina bisnieta de Juan Manuel de Rosas, era recitadora y había conocido a Amado Nervo, Rubén Darío y García Lorca, pero además quien le había enseñado a recitar era, nada más y nada menos, que la propia Alfonsina Storni. En ese mundo se crió Horacio amamantado por las personalidades más influyentes de las letras de la época.
A pesar de todo descubrió que no tenía un estilo propio, que su sentimiento pasaba por otra vertiente, hasta que escribió el Romancero Canyengue. Este libro le abre las puertas y la admiración de los grandes, con una poesía que rompe los esquemas tradicionales hasta el punto de llegar a crear palabras para definir las ideas que trasmitía con total claridad. 

Piazzola había intentado hacer música con letra y para ello había recurrido, incluso, a Borges. Pero no estaba conforme. Cuando conoce a Ferrer le pide que se venga a Buenos Aires a componer con el. Encuentra que su música y la poesía del uruguayo son la misma cosa. Y Ferrer sabe que la poesía es música, simplemente que se recita, pero debe sonar como cualquier composición musical.
Deja una acomodada posición en Montevideo para vivir su sueño. Y lo primero que componen es la operita María de Buenos Aires. Una obra que es una bisagra en la música porteña. Esto fue en el año 1968 y recuerdo, como si fuera hoy, que Piazzola la había hecho pensando en la figura y la interpretación de Egle Martin. Podría casi describir de memoria todo lo que esperaba de la conjunción Piazzola-Ferrer-Egle Martin (cantidad de veces lo escuché a Piazzola en distintas entrevistas que le hacía y el entusiasmo que tenía pensando en la imagen que conformaría la “Negra” en su composición). Pero las cosas ocurren por alguna razón. El  esposo de la vedette se opuso terminantemente a su participación, el proyecto tambalea y allí es donde surge Amelita Baltar, la única, la intérprete imprescindible de Piazzola y Ferrer.
Así comienza la gran producción musical del trio, primero con un valsecito que había compuesto el músico y al que Ferrer le pone la letra, para que se transforme en una de las obras más cantadas por todos: Chiquilín de Bachín.
Demás está decir que Piazzola era el músico más discutido del momento. Los tradicionalistas decían que esos sonidos no eran tango y que no podían darle un lugar dentro de la música porteña y precisamente de esa controversia surge una canción que es, posiblemente, una de las obras más famosas en el mundo entero: Balada para un loco.
La estrenaron de inmediato en Michelangelo, un reducto muy particular de San Telmo, pero al trio se le ocurre presentarlo en el Primer Festival iberoamericano de la Danza y la Canción. Se realizaba en el Luna Park y contaba entre su jurado con Vinicius de Moraes y Chabuca Granda.
El éxito es inmediato y pasa a la final, pero allí se plantea la controversia. Recuerdo que yo lo seguía por televisión como quien sigue la final de un campeonato de cualquier deporte. La disputa fue brutal, violenta y finalmente, entre gallos y medianoche, se cambia el reglamento, se desplazan a los jurados y se decide que la elección del ganador se hará por el voto popular. Recuerdo la sensación de frustración y estafa que sentí en ese momento, porque era sabido que todo estaba arreglado para que ganara otra canción, que cumplía con todas las pautas que los ortodoxos del tango pretendían. Así fue que la triunfadora del festival fue “Hoy la he visto pasar a María” de Silvio Soldán, un popular conductor de programas de tangos. Fue tan alevoso que el festival perdió toda credibilidad y el enojo del gran público fue tal que el canal que auspiciaba al ganador decidió realizar un nuevo concurso con el voto, también popular, resultando ganadora la balada de Piazzola y Ferrer, cantada por Hugo Marcel, que era el predilecto de ese medio televisivo.  

A pesar de todos los intentos en contra la Balada para un loco, pasó a ser un ícono de la canción latinoamericana y la interpretación de Amelita Baltar, el sonido inseparable de las composiciones de este dúo incomparable.
Ferrer siguió componiendo con Piazzola innumerables obras que se fueron incorporando a la música de Buenos Aires, y aunque aún los ortodoxos siguen discutiendo, ya nadie puede decir que no pertenezcan, junto a Gardel, la más pura representación de la música porteña.
Cuando retornó la democracia a nuestro país, en un gesto muy propio de él, Ferrer se nacionalizó argentino, de tal manera que lo compartimos con nuestros hermanos de la otra orilla.
Creó la Academia Nacional del Tango, la que presidió hasta su muerte, un diciembre de 2014. Con él se fue el último dandi.
Hoy, frente a la Academia y al Café Tortoni, se ha emplazado una imagen de este ser atemporal, único, irrepetible, al que hoy rindo mi homenaje con la letra de dos de sus obras que lo describen tal como era.

Balada para mi muerte

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
guardaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,
mi penúltimo whisky quedará sin beber,
llegará, tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.

Hoy que Dios me deja de soñar,
a mi olvido iré por Santa Fe,
sé que en nuestra esquina vos ya estás
toda de tristeza, hasta los pies.
Abrazame fuerte que por dentro
me oigo muertes, viejas muertes,
agrediendo lo que amé.
Alma mía, vamos yendo,
llega el día, no llorés.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
que es la hora en que mueren los que saben morir.
Flotará en mi silencio la mufa perfumada
de aquel verso que nunca yo te supe decir.

Andaré tantas cuadras y allá en la plaza Francia,
como sombras fugadas de un cansado ballet,
repitiendo tu nombre por una calle blanca,
se me irán los recuerdos en puntitas de pie.

Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,
guardaré mansamente las cosas de vivir,
mi pequeña poesía de adioses y de balas,
mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba,
mi penúltimo whisky quedará sin beber,
llegará, tangamente, mi muerte enamorada,
yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis,
cuando sean las seis, ¡cuando sean las seis!

Preludio para el año 3001

Renaceré en Buenos Aires en otra tarde de Junio,
con estas ganas tremendas de querer y de vivir.
Renaceré fatalmente, será el año tres mil uno
y habrá un domingo de otoño por la plaza San Martín.

Le ladrarán a mi sombra los perritos vagabundos,
con mi modesto equipaje llegaré del Más Allá,
y arrodillado en mi Río de la Plata lindo y sucio,
me amasaré otro incansable corazón de barro y sal.

Y vendrán tres lustrabotas, tres payasos y tres brujos,
mis inmortales compinches gritándome "¡Fuerza, che,
nacé, nacé, dale pibe, metéle hermano, que es duro,
pero muy bueno el oficio de morir y renacer!"

Renaceré, renaceré, renaceré,
y una gran voz extraterrestre me dará
la fuerza antigua y dolorosa de la Fe,
para volver, para creer, para luchar.

Tendré un clavel de otro planeta en el ojal,
porque si nadie ha renacido, ¡yo podré!
Mi Buenos Aires siglo treinta y uno, ya verás:
renaceré, renaceré, ¡renaceré!

Renaceré de las cosas que he querido mucho, mucho,
cuando los dioses digan bajito "Volvió..."
Yo besaré la memoria de tus ojos taciturnos,
para seguirte el poema que a medio hacer me quedó.

Renaceré de las frutas de un mercado con laburo,
y de la mugre serena de un romántico café,
de un sideral subterráneo Plaza de Mayo a Saturno
y de una bronca de obreros por el sur renaceré.

Pero verás que renazco en el año tres mil uno,
y con muchachos y chicas que no han sido y que serán,
bendeciremos la tierra, tierra nuestra, y te lo juro
que a Buenos Aires de nuevo nos pondremos a fundar.

Renaceré, renaceré, renaceré,
y una gran voz extraterrestre me dará
la fuerza antigua y dolorosa de la Fe,
para volver, para crecer, para luchar.

Traeré un clavel de otro planeta en el ojal,
porque si nadie ha renacido ¡yo podré!
Ciudad del siglo treinta y uno, ya verás:
renaceré, renaceré, ¡renaceré!



https://youtu.be/BMobqJ8jgV8

1 comentario:

  1. Excelente y muy completa información. Es un privilegio leerte, el que no, se lo pierde.

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