EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.
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martes, 7 de abril de 2015

METÁFORA I


Un hombre camina por el desierto.
Las olas, furiosos elementos, son tan altas que no permiten verlo.
El cielo se dibuja con bandas de colores y estrellas agazapadas.
Todo salpimentado a gusto. Luego colocaremos los morrones.
Una bandada de gallaretas cruza volando bajo.


Y éramos solo sombras entre las sombras

Los jazmines de pronto florecieron
Y su aroma penetró hondo. Las narinas, que raramente lo hacen, ese día lo agradecieron.
¿O era la noche? ¿Sabés que no recuerdo?
Debe ser de noche porque va amaneciendo. Profundas bolas negras se precipitan violentas dibujando un horizonte enceguecedor, claro, o tan oscuro, como la noche, que muere en un interminable fin.
Deben ser las babosas, hay que comprar cebo, repite por quincuagésima vez sin comprender ya nada.
Las flores se agitan como abanicos. En sus macetas. Las de los canteros permanecen serenas.
Pero es una serenidad nerviosa. Tensa calma, se dice, y no sé qué significa.
Parece una broma absurda.
El hombre camina sin rumbo. La sed lo abraza. ¿Hasta dónde? Sólo él lo sabe.
Está ciego. Las sombras anaranjadas se le han metido entre sus cejas y le han destruido la cisura calcarina.
Una sombra larga, delgada y prolongada lo acompaña. No lo deja. Ambos sabemos que en realidad lo está vigilando.
Las olas no me permiten verlo, no permiten que nadie lo vea.
Las redes buscarán en las turbias aguas zapatos y sartenes.
Las especias van a gusto del consumidor. Y si no, hay que bancárselo.  El orégano me hace mal.
Una cruz lo está esperando. Camina hacia ella. Pasa a su lado y sigue. La cruz sigue esperando.
Los pétalos se desprenden uno a uno. Me quiere, no me quiere, no me interesa.
El sol ya está muy alto.
Las bandas se han extendido y son mucho… ¡pero mucho! más anchas. Las estrellas no.
Las risas brotan de los palcos laterales. La gente aplaude de pie. ¡Otra, otra! ¡Uf!.
 Volvió la noche. El sol brilla más que nunca.
El fin se acerca.
O tal vez todo vuelva a comenzar.

Hay una rosa esperándote. 

METÁFORA II

El hombre se lanzó cuesta abajo. Corría primero lentamente, sorteando los obstáculos pero la misma inercia lo fue acelerando. Las piernas se movían torpemente cada vez más rápido hasta que tropezó y perdió el equilibrio, se fue de lado y cayó. Lo hizo rodando vertiginosamente, desprendiendo pedazos de piedras y de ramas secas, caídas. Un revoloteo de hojas secas anunció su llegada, hasta que magullado y mal herido de detuvo en un llano.
Se levantó como pudo. Se tomó de las ramas de un árbol que, generoso, se extendía hasta casi besar el suelo. Y haciendo fuerza apoyó una pierna que flexionada le hizo escapar una exclamación de dolor. Lentamente se fue enderezando. Tanteó sus costillas para ver si alguna se había roto, pero era evidente que si bien respiraba entrecortadamente, lo hacía sin dificultad alguna. El dolor más intenso estaba en la zona lumbar donde luego descubrió un corte bastante profundo, posiblemente al chocar con alguna roca filosa.
Cuando pudo enderezarse miró el panorama. El terreno se presentaba aún más dificultoso. La pendiente era más escarpada y las piedras más puntiagudas. Los árboles iban mermando al igual que la hojarasca. La cosa no pintaba bien.
Comenzó a correr lentamente esquivando los obstáculos que podía prever. Pero la inclinación se hacía cada vez más pronunciada y aun sin pretenderlo fue aumentando la velocidad. Corría dando saltos a riesgo de torcerse un tobillo, movía las piernas tan rápido como le era posible, pero dio un traspié y comenzó a caer vertiginosamente rodando sobre sí mismo como una bola de carne y hueso. Ya había aprendido y trató de protegerse cuanto pudo, pero los golpes eran rudos, violentos. No supo cuanto camino había recorrido cuando, al atravesar un arbusto, como un estallido, golpeó contra el tronco de un árbol que lo detuvo como el parachoques de un tren. Se oyó un sonido extraño. Esta vez sí, un hueso se había roto.
Permaneció con los ojos cerrados e inmóvil por un buen tiempo. Casi sin abrirlos tanteó a su alrededor. La pierna izquierda le dolía con intensidad. Calculó que era la fracturada. Buscó dos  ramas, lo más planas posible, e improvisó un entablillado. No era lo mejor pero, dadas las circunstancias, era lo único que podía hacer. Se apoyó en una rama que utilizó a modo de báculo y se fue enderezando haciendo un esfuerzo máximo. No solo para ponerse vertical sino para vencer los dolores que lo golpeaban, lo doblaban, lo hacían gemir. Sabía, sin lugar a dudas, que era el último tramo. Miró pero sus ojos ya no podían ver. Intuía el camino. Trató de ponerse lo más recto que pudo pero no era posible.
Ya no podía correr. Inició el descenso lentamente esquivando los obstáculos que iban apareciendo. A veces se demoraba en sortearlos pero continuaba el peligroso descenso. Su estabilidad no era buena y la pierna fracturada no ayudaba. El dolor era tan intenso que ya no lo sentía. A pesar de todo, lo empinado del terreno, fue haciendo que se moviera con más velocidad. Cuando quiso frenar ya no podía. Terminó corriendo, a su manera, pero corriendo. Una raíz se interpuso en la pierna que casi arrastraba y perdió la vertical, y esta vez la caída fue definitiva. Cuando dejó de rodar, justo en el borde de un pequeño curso de agua, donde quedó como si reposara y el agua, bienhechora, le acariciara las sienes, ya su vida se había extinguido. Había llegado. Ahora podía descansar.
Seres callados, oscuros lo recogieron y lo pusieron dentro de una caja de roble, lustroso, con manillares de bronce. Alguien derramó las lágrimas correspondientes y otros la consolaron. Flores. Cuántas flores que ya no podía oler ni disfrutar su color, se amontonaron, compitiendo las unas con las otras. Las paladas de tierra sonaron lúgubremente sobre la tapa reluciente. Finalmente alguien clavó una cruz y todo quedó en silencio. Al fin. ¿Al fin?

Sobre la cumbre un hombre miraba y estudiaba la dificultad del descenso. Posiblemente estaba seguro que él era capaz de lograr bajar sin inconveniente. Comenzó corriendo velozmente…   

METÁFORA III

El hombre nació niño y no le fue nada mal.
Le tocó hacer su aparición en una familia acomodada que no le hizo faltar ni el más pequeño detalle. Fue creciendo dentro de una vida fácil. Concurrió a un colegio privado de muy alto nivel donde recibió una educación esmerada, un muy buen nivel intelectual y manejo de varios idiomas.
Le serían muy útil ya que, por su nivel económico, iba a poder recorrer el mundo o por lo menos sus lugares más reconocidos. Estuvo en innumerables museos que le dieron un conocimiento que no se alcanza con solo leer los libros.
Dotado de un buen físico practicó varios deportes destacándose en mucho de ellos. Precisamente fue en alguno de esos lugares que conoció a aquella que sería la esposa perfecta. Cumplía con todos los requisitos que hacían falta por lo que fue felizmente acogida por su familia, a la que le dio dos descendientes, como corresponde, un varón y una mujercita que, desde pequeña, ya pintaba para ser el vivo retrato de su madre.
Los amigos, porque amigos no le faltaban, lo visitaban a diario y tanto se divertían jugando con las cartas, practicando algún deporte o enfrascados en alguna discusión sobre la política o la economía, en donde ellos eran factores de poder fundamentales.
Lo tentaron para iniciarse en el juego de la política pero no aceptó. Prefería el perfil bajo. El poder lo ejercía desde otro costado. No le interesaba la exposición pública pero por sobre todas las cosas había aprendido que nunca había que jugarse por nadie. Pertenecer a un partido significaba estar en contra del otro y eso no era bueno para los negocios.
Vivía una vida tranquila. Cumplía y le cumplían.
Pero ocurrió (Porque como en todos los cuentos siempre tiene que suceder algo) que, después de nadar unos cuantos largos en la enorme pileta que poseía en su casa de las afueras de la ciudad, cansado, se recostó en una de las colchonetas que bordeaban el agua y se quedó dormido. Y soñó.
Soñó que caminaba por un pasillo iluminado, de tanto en tanto, por unos spot empotrados en el cielorraso. Aparentemente lucía como un sitio aséptico, como si fuera el corredor de un hospital, o  mejor de una clínica. Llegó a unas puertas con un ojo de buey que alguien, a quien no podía identificar, abrió para que pudiese pasar. Varias personas, aparentemente, lo estaban esperando y sin decir palabra le indicaron que se quitara la bata (recién en ese momento reparó en cómo estaba vestido) y que se acostara en algo parecido a una camilla que estaba en el centro de un cuarto que, también, lucía totalmente aséptico.
Obedeció sin dudarlo, sorprendido tal vez, pero sin resistirse. Se quitó la ropa que lo recubría y se recostó totalmente desnudo. Un individuo se acercó y con un movimiento decidido levantó el extremo de una cremallera que estaba bajo su cuello. Nunca lo había notado pero lo tomó con naturalidad. El individuo traccionó hacia abajo y el cuerpo se fue abriendo en línea recta hasta la pelvis dejando los órganos al descubierto. Un buen sistema, pensó, y dejó que el resto de los hombres y mujeres, que allí estaban, hicieran su trabajo. Limpiaron cuidadosamente cada uno de los componentes del aparato respiratorio, luego los del digestivo y así, meticulosamente hasta el reproductor. Luego, de la misma forma en que habían iniciado su trabajo subieron la cremallera y volvieron a ocultar el extremo bajo la barbilla. De pronto una luz brillante lo obligó a cerrar los ojos y sintió un calor que recorría todo su cuerpo.
Fue en ese momento en que se despertó. El sol había girado y le daba de pleno en el rostro. Estaba caliente y sudoroso. Tardó  unos segundos en comprender que había pasado, el sueño había sido tan concreto que le costó volver a la realidad. Suspiró y se levantó decidido a dejar la piscina y darse una buena ducha.
Se sentía bien. Más liviano y ágil que de costumbre. Probablemente lo que había descansado, pensó. Fue hacia los vestuarios que estaban en un lateral. Se quitó la malla y se sumergió bajo la lluvia que previamente había abierto al máximo. Se enjabonó bien de la cabeza a los pies y disfrutó un largo rato del agua que salía con fuerza de la regadera.
Nunca supo que fue, si lo que había soñado, un acto instintivo o simple casualidad. Hurgó bajo el mentón y sin sorpresa, como si lo hubiera estado esperando encontró el enganche de una cremallera. Cerró la llave del agua. Y, con curiosidad, comenzó a tironear hacia abajo. Descubrió que el cuerpo se iba abriendo dejando ver el interior. Primero fue con cautela, luego ya lo hizo sin cuidado alguno y llevo la apertura hasta el mismísimo pubis. Sin embargo no estaba asustado ni sorprendido. Era como si lo hubiera sabido toda la vida. Pero su sonrisa se borró de pronto, su gesto de satisfacción desapareció, miró casi con desesperación cuando descubrió que dentro no había órganos, no había absolutamente nada. Se dio cuenta que la cruda realidad era que, por dentro, estaba absolutamente vacío
Quiso correr, gritar, llorar pero no pudo. El pánico lo había invadido y estaba paralizado. Comprendió que todo lo vivido no había servido para nada. Era evidente que no tenía corazón, carecía de estómago y casi con seguridad tampoco debía tener cerebro. Era un individuo absolutamente hueco. Recapacitó. Lentamente fue volviendo a recuperar la calma y pudo comprender. Es que era así. Nunca había disfrutado con nada. Todo era perfecto según las reglas, según lo estipulado, según lo que se podía esperar de él. Pero propio ¿Qué tenía? Absolutamente nada. Carecía de todo lo que un ser humano tendría que tener.
Lentamente volvió a vestirse. Fue hasta su dormitorio y sacó un traje. Buscó una camisa blanca y la combinó con una corbata roja. Se sirvió un whisky. Se sentó y sostuvo el teléfono. Había tomado una resolución. Había aprendido, dentro de las normas preestablecidas, que en toda situación, por más extraña que parezca, siempre tiene un lado positivo y la gente como él debe sacarle partido.
Tecleó un número y del otro lado rápidamente le contestaron. Hablaba con su abogado, amigo y consejero. Fue directamente al grano.
-          Escucha, Tom, acabo de descubrir que no tengo corazón, carezco de estómago y casi, con seguridad, mi cerebro brilla por su ausencia –
-          ¡Genial, hombre! Ahora sí… ¡Debes dedicarte a la política!… -




METÁFORA IV

María era una mujer hermosa. Pero no solamente lo era, sino que además lo parecía. Un cabello moreno que se ondulaba cuando movía la cabeza en un ritmo endiabladamente estudiado. Ojos de un color celeste que dejaba opacado al cielo. Una nariz pequeña y unos labios carnosos, sedientos de besos, que invitaban a ser besados. Un cuello largo, espigado que se extendía en unos pechos grandes y turgentes que se bamboleaban bajo la blusa, levemente suelta exprofeso, que invitaba a imaginar más que a ver. Una cintura suave, acorde con el resto de unas caderas que se movían insinuadoramente cada vez que caminaba, que se curvaban cuando se movía. Cuando hacía cualquier gesto algo felino se desprendía de ella en cada una de sus actitudes.
Consecuencia, María era una mujer amada, perseguida, requerida, deseada. Todos conocían a María nadie dejaba de esbozar una sonrisa, hacer una exclamación o un gesto cada vez que se la mencionaba.
Su risa era sonora como las campanas de la iglesia llamando a misa. A veces hasta resultaba  grosera pero a nadie le importaba. Estaba viva. Eso era lo que trasmitía. Y todos reían con ella y le decían requiebros que ella disfrutaba cada vez que pasaba contoneándose frente a los hombres del barrio.
Era todo lo contrario de Rosa. A pesar de su nombre de flor era desgarbada. Pequeña y desgarbada. No era fea, pero no arreglaba su cabello o no se ponía ropas que llamaran la atención. Extremadamente delgada caminaba como pidiendo permiso, levemente encorvada, se movía con cautela, como si quisiera pasar inadvertida. Sin embargo Rosa tenía un don. Era tremendamente inteligente. Lectora hasta la tortura, conocía a los clásicos y modernos, de poetas y filósofos y una memoria prodigiosa le permitía conocer los hechos históricos con una precisión incomparable. Era una intelectual hecha y derecha y no toleraba la vulgaridad de María. Odiaba el exhibicionismo de la ampulosa mujer, que le resultaba chocante y fuera de lugar.
Sin embargo la realidad muchas veces pone en evidencia cosas que en las palabras se dicen de una manera pero que, en la práctica, son de una forma totalmente distinta. Era totalmente comprobable que todos conocían a María y nadie recordaba quien era Rosa. Ni siquiera el cura.
A pesar de todo, íntimamente, Rosa se sentía feliz. Sabía que era superior. Que su inteligencia y su nivel intelectual eran tremendamente mejor que el de la vulgar María. A ella no le hacían falta los pechos prominentes o las amplias caderas. Lo importante en el ser humano era el intelecto y, en eso, ella llevaba ventaja. Se sentía muy por encima de todas esas actitudes rústicas que no hacían otra cosa más que poner de manifiesto la ignorancia de esa pobre gente.
Pero a veces no suele ser como uno lo piensa. Y los dioses, o los demonios, se divierten con nosotros haciéndonos todo tipo de zancadillas. Por esas cuestiones del azar o vaya uno a saber por qué, ambas, María y Rosa, comenzaron a experimentar ciertos síntomas que lenta y progresivamente se fueron agravando.
Como era de esperar, Rosa inmediatamente consultó con su médico y este la derivó a un renombrado neurólogo que inició de inmediato el tratamiento. María no. Ella, feliz en su ignorancia, se reía, y todos reían con ella, cuando olvidaba las cosas o se desorientaba en medio del barrio de toda su vida.
-          ¿Qué pasa María? ¿Ya no sabés para donde tenés que agarrar? Vení, vení que yo te llevo –
Y todos largaban unas tremendas carcajadas.
-          Ya estuvo chupando, ya estuvo –
Las dos fueron empeorando a grandes pasos. Rosa fue perdiendo todo lo que había guardado en su cerebro durante tanto tiempo. Todo aquello que era su orgullo, que la diferenciaba de los demás. Era consciente de ello y la angustia la invadía hasta las lágrimas. María, indiferente a todo, seguía siendo la misma burda mujer de prominentes pechos. Ahora mucho más confundida, pero no muy distinta de lo que siempre había sido. A veces sentía un escozor parecido a la angustia o el miedo pero enseguida lo reemplazaba por una de sus clásicas explosiones de risa.
Las dos murieron el mismo día. Increíblemente la vida que las había separado las unía en el punto final. Un solo familiar acompaño a Rosa, dejó una flor sobre su tumba y se marchó rápidamente. El entierro de María fue como una procesión, todo el barrio acudió llorando la muerte de aquella mujer que les había alegrado la vida. Varias coronas y ramos de flores quedaron como señal de la pena que había producido su desaparición.
Entre todos le solicitaron al cura que hiciera una misa para encomendar el alma de esa buena mujer.  Las campanas resonaron más lúgubres que nunca, pero no hacían falta, todos estaban reunidos antes de la hora prevista. El grupo esperó a que el cura iniciara la ceremonia conversando entre ellos. Uno, como al pasar, comentó:
-          Che… ¿viste que también se murió la flaca esa?… -
-          ¿Cuál? ¿Qué flaca? –
-          Esa… la que vivía en los departamentos… -

-          Ah… esa… -