EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.
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domingo, 14 de septiembre de 2014

UNO - DANIEL ADZEMIÁN

Estaba buscando el origen del barrio de Floresta, un barrio que fue mi lugar durante 7 años y esos años que marcan tu vida, esos años en que estaba estudiando, ese tiempo que pasamos noviando con Mirta, esos años donde uno fue creciendo y terminando de darle forma a su personalidad. Y buscando encuentro. Un argentino, pero aparte originario de Floresta y, como si eso fuera poco, con la canción que tituló Floresta, ha ganado el concurso de cantautores de La Coruña. Por supuesto que fui a buscarle a Youtube y me encontré con esto que no puedo dejar de compartir con todos los amigos de Internet. Mas allá del orgullo personal, de la felicidad, que este amigo que no conozco, me produce, me golpea de pronto con uno de los tangos más representativos de Buenos Aires y los porteños, cantado como los dioses (en portugués) pero que me llena de lágrimas los ojos, me lleva a volar en un soplo de viento universal y violento y me une corazón a corazón con todos mis hermanos que del otro lado, supongo, sentirán la misma emoción que yo.
Con ustedes Daniel Adzemián y su conjunto, con una cantante de maravillas.



Uno, busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias...
Sabe que la lucha es cruel
y es mucha, pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina...
Uno va arrastrándose entre espinas
y en su afán de dar su amor,
sufre y se destroza hasta entender:
que uno se ha quedao sin corazón...
Precio de castigo que uno entrega
por un beso que no llega
a un amor que lo engañó...
¡Vacío ya de amar y de llorar
tanta traición!

Si yo tuviera el corazón...
(¡El corazón que di!...)
Si yo pudiera como ayer
querer sin presentir...
Es posible que a tus ojos
que me gritan tu cariño
los cerrara con mis besos...
Sin pensar que eran como esos
otros ojos, los perversos,
los que hundieron mi vivir.
Si yo tuviera el corazón...
(¡El mismo que perdí!...)
Si olvidara a la que ayer
lo destrozó y... pudiera amarte..
me abrazaría a tu ilusión
para llorar tu amor...

Pero, Dios, te trajo a mi destino
sin pensar que ya es muy tarde
y no sabré cómo quererte...
Déjame que llore
como aquel que sufre en vida
la tortura de llorar su propia muerte...
Pura como sos, habrías salvado
mi esperanza con tu amor...
Uno está tan solo en su dolor...
Uno está tan ciego en su penar....
Pero un frío cruel
que es peor que el odio
-punto muerto de las almas-
tumba horrenda de mi amor,
¡maldijo para siempre y me robó...
toda ilusión!…

Letra de Armando Discépolo y Música de Mariano Mores.

LA LEYENDA DE LA NEGRA PLANCHADORA

Día a día uno descubre por qué Buenos Aires enamora. En poco más de 200 años se han ido acumulando tantos hechos, tantos sucesos que es imposible recorrer un rincón de nuestra ciudad sin descubrir algo nuevo, algo que desconocíamos y que ha formado parte de nuestro pasado, ese pasado que nos dio forma y nos fue transformando en lo que somos.


Cuando era pequeño o adolescente venía a pasar las vacaciones en Buenos Aires y un sitio obligado era Parque Rivadavia o Parque Lezica (Como lo bautizamos los porteños). Mi padre me acompañaba porque allí, alrededor de un ombú centenario, se asentaban todos los filatelistas, compradores y vendedores de las estampillas más extravagantes, los días domingos. Ese día el parque se llenaba de gente que recorría los distintos puestos buscando u ofreciendo sellos de todas partes del mundo. Y yo, como pasa con los chicos, tenía la intención de ser uno de ellos. Nunca tuve el alma de coleccionista. Prefiero que otros lo hagan y yo disfrutar de su esfuerzo y su perseverancia. Pero en ese entonces tenía mi álbum, y compraba, no por el valor sino por el color. Aquellas que más me atraían, ya por su diseño o por su origen: Mongolia, Magiarpost, Neederland, Rusia… Como tantas cosas todo eso se fue diluyendo… otros sueños reemplazaron a los pasados… pero el parque siguió sistemáticamente con su tradición a la que se fueron agregando otros tipos de vendedores: de libros usados y nuevos, discos de pasta o de vinilo, y alguna que otra antigüedad. Fue remodelado, le agregaron rejas, hicieron un monumento en honor a Simón Bolívar, pero el espíritu siguió vivo y hoy es un sitio de reunión de vendedores que han hecho casi un mercado de pulgas. Los filatelistas y los dedicados a la numismática se siguen reuniendo los domingos a la mañana únicamente.
En mi vida se transformó en un sitio de paso. El parque Rivadavia está en el barrio de Caballito y es el centro geográfico de la Capital. Los trenes y los colectivos combinaban con todos los lugares a donde uno se dirija.
Lo increíble, y uno no termina de asombrarse, la historia que estaba guardada en cada rincón de ese lugar que para uno era apenas una posta en el camino de todos los días.
 la historia.
Estamos aproximadamente a seis kilómetros de la primitiva Buenos Aires. Para aquel entonces este paraje quedaba lejos y era apenas un sitio de quintas que los poderosos usaban para pasar los fines de semana. Había, a unas cuadras de allí, una pulpería y, de alguna manera, “área de descanso” de los viajeros que recorrían lo que hoy es la calle Rivadavia (La más larga del mundo) y que en aquel entonces era el Camino Real, la entrada obligatoria al poblado que apuntaba a ser Buenos Aires. Su dueño había colocado una veleta, que había sido fabricada por un herrero en la ciudad, que tenía la forma de un caballo. La costumbre llevó a que se comenzara a conocer el lugar como la posta del caballito y finalmente se transmitió a toda la población que se fue radicando en ese lugar. Así nació el barrio de Caballito.

Los túneles que provenían desde la zona del puerto hasta los corrales de Miserere (Hoy Once), probablemente usados por los contrabandistas para llevar al interior las mercaderías que esquivaban la aduana, sirvieron como base para armar el subte (El primero de Sud América) y que se extendió hasta Caballito, y, con anterioridad, el paso del tren que venía desde la zona donde hoy está el Teatro Colón hasta la estación de La Floresta, le dieron el impulso para que fuera creciendo y transformarse en un sitio casi de élite. La veleta hoy está en un museo, pero hay una copia de ella en una plazoleta que se encuentra junto a la estación Caballito del ferrocarril Sarmiento (Antiguo Ferrocarril del Oeste, que le dio el nombre al equipo de fútbol que supo llegar a ser campeón de primera y que hoy está luchando en divisiones inferiores).
La familia Lezica tenía una casa quinta en ese lugar, con una construcción típica de la zona, con hermosos bistrós, una noria  que servía para proveer de agua a la casa, y un enorme ombú, que tiene su leyenda.
Cuenta la historia que a la quinta del viejo Lezica fueron a vivir su nieta y su biznieta, Candelaria. Los días martes, los hombres de la casa se iban a hacer negocios y la señora de la casa aprovechaba para realizar reuniones en donde pretendía relacionar a Candela con los jóvenes poderosos, económicamente, del lugar. Distribuía a sus empleadas y tenía el cuidado de enviar a su planchadora, una negra aparentemente muy agraciada y ligera de cascos, a trabajar bajo el ombú, que era un lugar donde no podía tentar a ninguno de los concurrente. Dicen que la joven mientras planchaba cantaba a modo de queja: “La negra planchadora, bajo el ombú se queda, planchado trajes y enaguas, para que nadie la vea”.
Un día se produce un hecho extraño: la intromisión de un desconocido que se une a la reunión y con total desparpajo saca a bailar a la niña Candelaria. La madre interviene inmediatamente, manda a su hija a sus habitaciones y echa al intruso. Todo esto no sin escándalo lo que hace que la fiesta se termine abruptamente. Todos vuelven a sus respectivos lugares menos la negra planchadora. Algunos suponen que cuando Candela regresó antes de tiempo había encontrado a la planchadora con alguno de sus amantes y la había echado, pero unos días después un peón encuentra el cuerpo de la pobre negra decapitada. Y pasados unos días se descubre que había sido un drama pasional ya que, frente al escándalo, la negrita se negó a acceder a los deseos de uno de sus visitantes y este, enfurecido, la agredió con un hacha, cortándole la cabeza. La enterraron allí mismo y no se habló nunca más del asunto.
Muchos años después, el nieto de Candelaria vendió la finca al Gobierno Nacional. El presidente, en ese momento, Dante Torcuato de Alvear (El gran embellecedor de la antigua Buenos Aires) le pidió al paisajista Thais que trasformara el espacio en un parque. Se demolió la casa, y se dejó la noria y el ombú, creándose así el Parque Rivadavia (A pesar de que popularmente siguió siendo el Parque Lezica). Y es aquí donde nace la leyenda, porque algunos comienzan a decir que los días martes, apenas oscurece, suele aparecer el fantasma de la negra planchadora y se dedica a colgar la ropa de las ramas del ombú al ritmo de la canción “La negra planchadora, bajo el ombú se queda, planchando trajes y enaguas, para que nadie la vea”.
No sé cuánto hay de real o de fantasía en todo esto.

Tendré que esperar al próximo martes..


NOTA; Salvo la primer imagen, las restantes pertenecen a diferentes blogs de Internet. a ellos pertenece la autoría.

domingo, 8 de junio de 2014

DOS FILETEADOS

Dos fileteados que me gustaron entre un grupo de estos trabajos que se exponían en una vidriera. El fileteado es un arte artesanal que se afincó en nuestro Buenos Aires y tuvo su auge en una época en que los carros tirados por caballos eran los principales medios de transporte. Los dueños de los mismos "tuneaban" sus carromatos con dibujos, leyendas o imágenes que los hacía más vistosos o llamativos. Estos fueron los los que llamaron mi atención:



Pido disculpas porque las fotos están algo desprolijas pero las tomé a través del vidrio tratando de evitar los reflejos.


martes, 4 de marzo de 2014

UNA SITUACIÓN PARADOJAL

Una situación paradojal.
Algo que tal vez tenga algún significado.
Diferente para quien lo mire y desde el lado que lo mire.
Sin tomar parte de ninguno voy a narrar los hechos y que cada uno saque su conclusión.
El día Domingo de carnaval, como es nuestra costumbre, mientras podemos, salimos a caminar por Buenos Aires.
Nos detuvimos a comer y beber algo en Galerías Pacífico, que como todos saben, es un lugar céntrico, turístico y visitado por cientos de personas de toda raza, religión o inclinación política.
Cuando terminamos de comer y antes de continuar con nuestra marcha decidimos ir al baño cosa que no nos pillara alguna urgencia posteriormente.


Estando yo allí, me doy cuenta que me he olvidado mi gorra. Algo de poca importancia salvo cuando el sol aprieta y hace falta cubrirse de alguna manera.
Esperé a que mi esposa saliera y la pregunta fue si ella se la había llevado.
Evidentemente no, lo que me hizo pensar que ya la había perdido definitivamente.
Sin embargo recurrí a los que se encargan de mantener el orden sobre las mesas y uno de los jóvenes me dice que sí, que alguien se la alcanzó y el la llevó a seguridad, que le pregunte a ellos.
Hablo con otro joven que portaba un intercomunicador, mediante el cual le preguntó al de la oficina central si allí estaba mi gorra. Le dijeron que sí, me indicaron como ir, y cuando llegué sobre el mostrador estaba esperándome, sin ningún otro inconveniente.
El día lunes decidimos cambiar de recorrido.
Estacionamos en el Abasto, y de allí salimos caminando por calle Corrientes, pero en dirección contraria, la intención era llegar hasta el Parque Centenario, del que después haremos un post porque merece un párrafo aparte, muy positivo por cierto
Caminando llegamos a la Iglesia Católica Jesús Sacramentado, bellísima, pequeña en apariencia, pero con unas obras de arte maravillosas. Entramos para conocerla por dentro y como corresponde nos descubrimos en señal de respeto.
Mi compañera tiene por costumbre enganchar su gorra en la correa de la riñonera.


Recorrimos la iglesia, habremos estado unos diez o quince minutos, en donde el movimiento de la gente fue muy, muy escaso. Dos o tres familias que entraron a conocer la Iglesia como nosotros, y una persona que se arrodilló en la primera fila y se puso a rezar.
Cuando salimos me doy cuenta de que no tiene la gorra.
Evidentemente se le ha caído y volvimos a buscarla.
Vano intento Había desaparecido.
La gorra carecía de importancia, lo que lo altera a uno es la circunstancia, porque evidentemente alguien la había encontrado antes, increíblemente en un tiempo que fue muy escaso. (Observen el video donde se puede ver que casi no hay gente en el interior del templo)
Mi esposa me explicó el camino recorrido y lo hizo con una voz levemente alta, que indudablemente molestó  a la señora que estaba rezando. Mi señora cuando se ofusca hay sonidos que no llega a captar y no siempre puede escuchar lo que se dice en voz muy baja. Volvió a hacer el comentario y la señora que evidentemente no estaba muy concentrada en su cometido nos llamó la atención.
Sinceramente me sacó de las casillas y le dije que no siguiera insistiendo porque allí eran ladrones, cosa que ofendió mortalmente a la señora que inmediatamente se dirigió a la sacristía.
Yo fui con ella, y frente a alguien con más capacidad conciliatoria, alejó a la mujer, y nos pidió que diéramos nuestra versión.
La maravilla de la semántica transformó la desaparición de nuestra propiedad de un robo en una pérdida. La culpa era nuestra por haberla perdido.
Seguir con una discusión que nos iba a conducir más que a una pérdida de tiempo no tenía sentido. Pedí disculpas por mi arrebato. A pesar de que sigo pensando que cuando alguien se lleva algo que no le pertenece no deja de ser un robo.
Lo interesante es que en ambos lugares tienen cartelitos que avisan “cuide sus pertenecías”, con lo que deslindan su responsabilidad.
En realidad las instituciones no tienen otra alternativa.
Lo paradójico del asunto es que en un lugar, poblado de gente, de topo tipo de filosofías, alguien encontró algo que no era suyo y lo llevó al sitio donde el damnificado podía recurrir, el único lugar lógico donde dejar lo que se encuentra.
En un templo donde lo que se propone es algo muy diferente, es cierto, que no están cerradas las puertas a nadie y quienes lo transitan pueden no ser de esa religión. Pero aquellos que aparentemente la profesan olvidaron algunas premisa que tendrían que tener grabadas a fuego en su entendimiento.
La señora que nos retó por el tono de la voz, nos había visto sacar fotos y filmar en un silencio absoluto. Cuando nos vio alterados no se acercó a preguntar que nos ocurría, y cuando con su actitud agresiva nos reprendió y recibió una respuesta que no le gustó, no puso la otra mejilla. Fue inmediatamente a quejarse.
No hubo una actitud de preocupación por lo que nos había ocurrido, peor aún fuimos culpables por descuidados. Lo único importante fue volver la  santa tranquilidad que nos ofrece el templo.

No soy creyente, tampoco soy ateo. Mi inteligencia no alcanza para definir lo uno de lo otro y por lo tanto no me preocupa saber cuál es la verdad.
Me muevo con los hechos cotidianos y concretos. Somos seres humanos, debemos protegernos el uno a los otros, de la mejor manera posible, cualquiera sea su color de piel, político, religioso, social, sexual y hasta deportivo.
Pero si lo fuera, si realmente creyera en que hay un dios y que las distintas interpretaciones de las iglesias nos llevan a enfrentarnos y discutir por la posesión de la razón. ¿Esta situación no sería un signo, una llamarada dentro de la oscura mente humana, para forzarnos a la reflexión?
Una gorra, una simple gorra. Dos situaciones paralelas y diferentes.






¿Será un mensaje?