Con ustedes Daniel Adzemián y su conjunto, con una cantante de maravillas.
EL PARAISO O EL INFIERNO
Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.
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domingo, 14 de septiembre de 2014
UNO - DANIEL ADZEMIÁN
Con ustedes Daniel Adzemián y su conjunto, con una cantante de maravillas.
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LA LEYENDA DE LA NEGRA PLANCHADORA
Día a día uno descubre por qué Buenos Aires enamora. En poco
más de 200 años se han ido acumulando tantos hechos, tantos sucesos que es
imposible recorrer un rincón de nuestra ciudad sin descubrir algo nuevo, algo
que desconocíamos y que ha formado parte de nuestro pasado, ese pasado que nos
dio forma y nos fue transformando en lo que somos.
Cuando era pequeño o adolescente venía a pasar las
vacaciones en Buenos Aires y un sitio obligado era Parque Rivadavia o Parque
Lezica (Como lo bautizamos los porteños). Mi padre me acompañaba porque allí,
alrededor de un ombú centenario, se asentaban todos los filatelistas, compradores
y vendedores de las estampillas más extravagantes, los días domingos. Ese día
el parque se llenaba de gente que recorría los distintos puestos buscando u
ofreciendo sellos de todas partes del mundo. Y yo, como pasa con los chicos,
tenía la intención de ser uno de ellos. Nunca tuve el alma de coleccionista.
Prefiero que otros lo hagan y yo disfrutar de su esfuerzo y su perseverancia.
Pero en ese entonces tenía mi álbum, y compraba, no por el valor sino por el
color. Aquellas que más me atraían, ya por su diseño o por su origen: Mongolia,
Magiarpost, Neederland, Rusia… Como tantas cosas todo eso se fue diluyendo…
otros sueños reemplazaron a los pasados… pero el parque siguió sistemáticamente
con su tradición a la que se fueron agregando otros tipos de vendedores: de
libros usados y nuevos, discos de pasta o de vinilo, y alguna que otra
antigüedad. Fue remodelado, le agregaron rejas, hicieron un monumento en honor
a Simón Bolívar, pero el espíritu siguió vivo y hoy es un sitio de reunión de vendedores que han hecho casi un mercado de pulgas. Los filatelistas y los
dedicados a la numismática se siguen reuniendo los domingos a la mañana únicamente.
En mi vida se transformó en un sitio de paso. El parque
Rivadavia está en el barrio de Caballito y es el centro geográfico de la
Capital. Los trenes y los colectivos combinaban con todos los lugares a donde
uno se dirija.
Lo increíble, y uno no termina de asombrarse, la historia
que estaba guardada en cada rincón de ese lugar que para uno era apenas una
posta en el camino de todos los días.
la historia.
Estamos aproximadamente a seis kilómetros de la primitiva
Buenos Aires. Para aquel entonces este paraje quedaba lejos y era apenas un
sitio de quintas que los poderosos usaban para pasar los fines de semana. Había, a unas cuadras de allí, una pulpería y, de alguna manera, “área de descanso” de
los viajeros que recorrían lo que hoy es la calle Rivadavia (La más larga del
mundo) y que en aquel entonces era el Camino Real, la entrada obligatoria al
poblado que apuntaba a ser Buenos Aires. Su dueño había colocado una veleta,
que había sido fabricada por un herrero en la ciudad, que tenía la forma de un caballo.
La costumbre llevó a que se comenzara a conocer el lugar como la posta del
caballito y finalmente se transmitió a toda la población que se fue radicando
en ese lugar. Así nació el barrio de Caballito.
Los túneles que provenían desde la zona del puerto hasta los
corrales de Miserere (Hoy Once), probablemente usados por los contrabandistas
para llevar al interior las mercaderías que esquivaban la aduana, sirvieron
como base para armar el subte (El primero de Sud América) y que se extendió
hasta Caballito, y, con anterioridad, el paso del tren que venía desde la zona
donde hoy está el Teatro Colón hasta la estación de La Floresta, le dieron el
impulso para que fuera creciendo y transformarse en un sitio casi de élite. La
veleta hoy está en un museo, pero hay una copia de ella en una plazoleta que se
encuentra junto a la estación Caballito del ferrocarril Sarmiento (Antiguo
Ferrocarril del Oeste, que le dio el nombre al equipo de fútbol que supo llegar
a ser campeón de primera y que hoy está luchando en divisiones inferiores).
La familia Lezica tenía una casa quinta en ese lugar, con
una construcción típica de la zona, con hermosos bistrós, una noria que servía para proveer de agua a la casa, y
un enorme ombú, que tiene su leyenda.
Cuenta la historia que a la quinta del viejo Lezica fueron a
vivir su nieta y su biznieta, Candelaria. Los días martes, los hombres de la
casa se iban a hacer negocios y la señora de la casa aprovechaba para realizar
reuniones en donde pretendía relacionar a Candela con los jóvenes poderosos,
económicamente, del lugar. Distribuía a sus empleadas y tenía el cuidado de
enviar a su planchadora, una negra aparentemente muy agraciada y ligera de
cascos, a trabajar bajo el ombú, que era un lugar donde no podía tentar a
ninguno de los concurrente. Dicen que la joven mientras planchaba cantaba a
modo de queja: “La negra planchadora, bajo el ombú se queda, planchado trajes y
enaguas, para que nadie la vea”.
Un día se produce un hecho extraño: la intromisión de un
desconocido que se une a la reunión y con total desparpajo saca a bailar a la
niña Candelaria. La madre interviene inmediatamente, manda a su hija a sus
habitaciones y echa al intruso. Todo esto no sin escándalo lo que hace que la
fiesta se termine abruptamente. Todos vuelven a sus respectivos lugares menos
la negra planchadora. Algunos suponen que cuando Candela regresó antes de
tiempo había encontrado a la planchadora con alguno de sus amantes y la había
echado, pero unos días después un peón encuentra el cuerpo de la pobre negra
decapitada. Y pasados unos días se descubre que había sido un drama pasional ya
que, frente al escándalo, la negrita se negó a acceder a los deseos de uno de sus
visitantes y este, enfurecido, la agredió con un hacha, cortándole la cabeza. La enterraron
allí mismo y no se habló nunca más del asunto.
Muchos años después, el nieto de Candelaria vendió la finca
al Gobierno Nacional. El presidente, en ese momento, Dante Torcuato de Alvear
(El gran embellecedor de la antigua Buenos Aires) le pidió al paisajista Thais
que trasformara el espacio en un parque. Se demolió la casa, y se dejó la noria
y el ombú, creándose así el Parque Rivadavia (A pesar de que popularmente
siguió siendo el Parque Lezica). Y es aquí donde nace la leyenda, porque
algunos comienzan a decir que los días martes, apenas oscurece, suele aparecer
el fantasma de la negra planchadora y se dedica a colgar la ropa de las ramas
del ombú al ritmo de la canción “La negra planchadora, bajo el ombú se queda,
planchando trajes y enaguas, para que nadie la vea”.
No sé cuánto hay de real o de fantasía en todo esto.
Tendré que esperar al próximo martes..
NOTA; Salvo la primer imagen, las restantes pertenecen a diferentes blogs de Internet. a ellos pertenece la autoría.
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VIVI LA VIDA
domingo, 8 de junio de 2014
DOS FILETEADOS
Dos fileteados que me gustaron entre un grupo de estos trabajos que se exponían en una vidriera. El fileteado es un arte artesanal que se afincó en nuestro Buenos Aires y tuvo su auge en una época en que los carros tirados por caballos eran los principales medios de transporte. Los dueños de los mismos "tuneaban" sus carromatos con dibujos, leyendas o imágenes que los hacía más vistosos o llamativos. Estos fueron los los que llamaron mi atención:
Pido disculpas porque las fotos están algo desprolijas pero las tomé a través del vidrio tratando de evitar los reflejos.
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martes, 4 de marzo de 2014
UNA SITUACIÓN PARADOJAL
Una situación paradojal.
Algo que tal vez tenga algún significado.
Diferente para quien lo mire y desde el lado que lo mire.
Sin tomar parte de ninguno voy a narrar los hechos y que
cada uno saque su conclusión.
El día Domingo de carnaval, como es nuestra costumbre,
mientras podemos, salimos a caminar por Buenos Aires.
Nos detuvimos a comer y beber algo en Galerías Pacífico, que
como todos saben, es un lugar céntrico, turístico y visitado por cientos de
personas de toda raza, religión o inclinación política.
Cuando terminamos de comer y antes de continuar con nuestra
marcha decidimos ir al baño cosa que no nos pillara alguna urgencia
posteriormente.
Estando yo allí, me doy cuenta que me he olvidado mi gorra.
Algo de poca importancia salvo cuando el sol aprieta y hace falta cubrirse de
alguna manera.
Esperé a que mi esposa saliera y la pregunta fue si ella se
la había llevado.
Evidentemente no, lo que me hizo pensar que ya la había
perdido definitivamente.
Sin embargo recurrí a los que se encargan de mantener el
orden sobre las mesas y uno de los jóvenes me dice que sí, que alguien se la
alcanzó y el la llevó a seguridad, que le pregunte a ellos.
Hablo con otro joven que portaba un intercomunicador,
mediante el cual le preguntó al de la oficina central si allí estaba mi gorra.
Le dijeron que sí, me indicaron como ir, y cuando llegué sobre el mostrador
estaba esperándome, sin ningún otro inconveniente.
El día lunes decidimos cambiar de recorrido.
Estacionamos en el Abasto, y de allí salimos caminando por
calle Corrientes, pero en dirección contraria, la intención era llegar hasta el
Parque Centenario, del que después haremos un post porque merece un párrafo
aparte, muy positivo por cierto
Caminando llegamos a la Iglesia Católica Jesús Sacramentado,
bellísima, pequeña en apariencia, pero con unas obras de arte maravillosas.
Entramos para conocerla por dentro y como corresponde nos descubrimos en señal
de respeto.
Mi compañera tiene por costumbre enganchar su gorra en la
correa de la riñonera.
Cuando salimos me doy cuenta de que no tiene la gorra.
Evidentemente se le ha caído y volvimos a buscarla.
Vano intento Había desaparecido.
La gorra carecía de importancia, lo que lo altera a uno es
la circunstancia, porque evidentemente alguien la había encontrado antes, increíblemente
en un tiempo que fue muy escaso. (Observen el video donde se puede ver que casi no hay gente en el interior del templo)
Mi esposa me explicó el camino recorrido y lo hizo con una
voz levemente alta, que indudablemente molestó
a la señora que estaba rezando. Mi señora cuando se ofusca hay sonidos
que no llega a captar y no siempre puede escuchar lo que se dice en voz muy
baja. Volvió a hacer el comentario y la señora que evidentemente no estaba muy
concentrada en su cometido nos llamó la atención.
Sinceramente me sacó de las casillas y le dije que no
siguiera insistiendo porque allí eran ladrones, cosa que ofendió mortalmente a
la señora que inmediatamente se dirigió a la sacristía.
Yo fui con ella, y frente a alguien con más capacidad
conciliatoria, alejó a la mujer, y nos pidió que diéramos nuestra versión.
La maravilla de la semántica transformó la desaparición de
nuestra propiedad de un robo en una pérdida. La culpa era nuestra por haberla
perdido.
Seguir con una discusión que nos iba a conducir más que a
una pérdida de tiempo no tenía sentido. Pedí disculpas por mi arrebato. A pesar
de que sigo pensando que cuando alguien se lleva algo que no le pertenece no
deja de ser un robo.
Lo interesante es que en ambos lugares tienen cartelitos que
avisan “cuide sus pertenecías”, con lo que deslindan su responsabilidad.
En realidad las instituciones no tienen otra alternativa.
Lo paradójico del asunto es que en un lugar, poblado de
gente, de topo tipo de filosofías, alguien encontró algo que no era suyo y lo
llevó al sitio donde el damnificado podía recurrir, el único lugar lógico donde
dejar lo que se encuentra.
En un templo donde lo que se propone es algo muy diferente,
es cierto, que no están cerradas las puertas a nadie y quienes lo transitan
pueden no ser de esa religión. Pero aquellos que aparentemente la profesan
olvidaron algunas premisa que tendrían que tener grabadas a fuego en su
entendimiento.
La señora que nos retó por el tono de la voz, nos había
visto sacar fotos y filmar en un silencio absoluto. Cuando nos vio alterados no
se acercó a preguntar que nos ocurría, y cuando con su actitud agresiva nos
reprendió y recibió una respuesta que no le gustó, no puso la otra mejilla. Fue
inmediatamente a quejarse.
No hubo una actitud de preocupación por lo que nos había
ocurrido, peor aún fuimos culpables por descuidados. Lo único importante fue
volver la santa tranquilidad que nos
ofrece el templo.
No soy creyente, tampoco soy ateo. Mi inteligencia no
alcanza para definir lo uno de lo otro y por lo tanto no me preocupa saber cuál
es la verdad.
Me muevo con los hechos cotidianos y concretos. Somos seres
humanos, debemos protegernos el uno a los otros, de la mejor manera posible,
cualquiera sea su color de piel, político, religioso, social, sexual y hasta
deportivo.
Pero si lo fuera, si realmente creyera en que hay un dios y
que las distintas interpretaciones de las iglesias nos llevan a enfrentarnos y
discutir por la posesión de la razón. ¿Esta situación no sería un signo, una
llamarada dentro de la oscura mente humana, para forzarnos a la reflexión?
Una gorra, una simple gorra. Dos situaciones paralelas y
diferentes.
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lunes, 14 de octubre de 2013
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