EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.
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martes, 14 de julio de 2015

LA VERDAD DE LAS COSAS IV

 

 Aprendí medicina a la vieja usanza. En realidad esto es una falacia porque la ciencia médica siempre ha sido una y los conceptos básicos no pueden cambiarse aunque la tecnología evolucione y el tiempo vaya pasando.
La observación del paciente, entenderlo como un todo donde cualquier enfermedad va a dar múltiples signos y síntomas que el médico va a poder observar. El interrogatorio exhaustivo para conocer las características de la enfermedad, los antecedentes familiares que pueden dar una orientación cierta, sus antecedentes personales que definen posibilidades patológicas. La lectura detallada de los valores de las pruebas de laboratorio, que se complementan, y ayudan a sumar a la sintomatología invocada. Y hoy, la observación minuciosa de los distintostipos de estudios que se le pueden solicitar, guiados por todo lo anterior, hacen que la posibilidad de diagnóstico sea mucho más certera y se facilite, con lo que se agiliza el tratamiento y la cura, cuando esta es posible.
Todo eso, en cualquier especialidad que sea, lleva un tiempo que no puede obviarse. Se ha establecido que una consulta no puede durar menos de media hora, lo que es algo lógico. Y si se presta atención dice no menos pero no dice cuanto más.
Los sistemas actuales han ido reemplazando al médico por lo que yo llamo técnicos de la medicina. Individuos que en quince minutos o menos tienen que “sacar “ al paciente. Y alguien que daba una charla, hace unos días, decía: “al menos te dan un diagnóstico”. ¿Es eso cierto? En algunos pocos casos si. En una mayoría o dan un mal diagnóstico o derivan al paciente hacia un especialista que no ve más allá de que lo que es su especialidad y que recibirá al enfermo después que su enfermedad ya haya avanzado, según cuanto sea la demora en conseguir el turno.
Cuando fui estudiante nos enseñaron que el 70% de las enfermedades tienen un componente sicológico. El enfermo entra al consultorio con temor, con la angustia de no saber que le van a decir. La primera función del médico es manejarle esa angustia. Hacerle sentir que a partir de ese momento frente a él hay alguien que se va a preocupar por su problema y va a hacer todo lo posible por ayudarlo. ¿Cuánto tiempo lleva eso? ¿Se puede medir en la unidad de tiempo o debe mensurarse en relación a la necesidad individual de cada paciente?
Todo eso es lo que nos enseñaron y le enseñan a los médicos en la actualidad. Es muy bonito, lástima que choca con la realidad. Cuando el joven pasa de ser un estudiante avanzado a un médico recién recibido, se ve obligado a trabajar para alguna empresa prestadora de atención médica y cuya única finalidad es la económica. Obligan a aquel que se inicia a atender cuarenta pacientes en una hora, cosa que resulta imposible, salvo que ni siquiera salude a la víctima, no la haga sentar, no la revise y la medique con lo que le parece, según la respuesta a una o dos preguntas que le hace a gran velocidad. Algunos tratan de escapar por el lado de la cirugía, suponiendo que el cirujano opera y no tiene relación alguna con el paciente. Nada más falso. En un conocido hospital público, destinado a la cirugía, el primer paciente que operaron por una apendicitis, en realidad padecía de una inflamación del ciego y le quitaron el apéndice sin ninguna necesidad.
Podría seguir hablando, y mucho, de la actividad médica, de su obligación del conocimiento farmacológico de los productos que usa o de los que está usando su ocasional paciente, de su perfeccionamiento permanente y actualización obligatoria, etc., pero, en realidad, quiero referirme a algo mucho peor. Algo mucho más grave. El paciente. El paciente y su increíble ignorancia.
Habitualmente, ya que hay excepciones, el paciente padece de una enfermedad común que es la ignorancia y la soberbia. Unos más que otros, pero al fin, podría decir que todos caen en la misma bolsa.
Normalmente cuando llegan a la sala de espera preguntan cuánto les falta. Si el tiempo a esperar es mucho protestan sistemáticamente, pero si encima el médico tarda en la consulta lo que menos hacen es preguntar si está operando. Comienza el zum-zum suavemente y termina generalizándose la protesta en la sala de espera. Cuando entran a la consulta posiblemente tarden lo mismo que el anterior y se irán felices de que encontraron un médico que los atendió como corresponde, cumpliendo con todos los pasos que la medicina enseña. Sin embargo muchos no habrán de volver a la consulta. “No.. es que tarda demasiado… y para hacer un par de anteojos o una conjuntivitis me voy a cualquier lado… ahora si el problema es serio, entonces si… vuelvo”. “Yo soy de la obra social Pirulo… y no tengo por qué esperar tanto” creen que por que tienen un Prepago caro tienen más derecho que cualquier otro ser humano. La medicina no sabe de diferencias. Todos son iguales y tienen el mismo derecho a ser bien atendidos. Por otra parte mucho de esos privilegiados que pueden pagar prepagos “alta gama” no saben que su obra social le paga menos al médico que un paciente particular o uno que sea de PAMI. Y lo que es peor discuten, porque ya se han leído todas las malas informaciones de Internet, cualquier medicamento que uno puede indicarle. Además, se automedican como si la carrera de medicina fuera tan fácil que se puede aprender en un artículo de una revista de modas.
Lo más interesante es que a muchos de ellos los vamos a encontrar esperando su turno para comer en algún restaurante de moda o  haciendo la cola en un banco sin protestar ni decir palabra alguna. ¿Puede ser posible que para comer algo, que posiblemente les haga daño, son capaces de esperar todo el tiempo que haga falta y para hacerse atender por el médico que les puede salvar la vida protesten con entusiasmo digno de mejores causas?
Hoy estamos frente al mundo “fast”. Comida rápida, pago por cajeros, autoservicios, y hasta medicina “fast”. “Al menos te dan un diagnóstico”.
Por suerte siguiendo nuestra línea de conducta, respetuosamente, sin esperar a que nos descarten por viejos, mi esposa y yo nos hemos retirado. Ya no ejercemos esa medicina, que nuestros maestros nos enseñaron y que pusimos al servicio de nuestros pacientes por cuarenta años.
Lo único que nos preocupa, en la actualidad, es que estos “técnicos médicos” son los que nos van a tener que atender a nosotros, en un futuro no muy lejano.


miércoles, 24 de junio de 2015

LAS NOCHES DE SAN JUAN (Duendes y leyendas de Granada)

Habíamos leído al padre Feijoo y por él sabíamos que no era de mérito que el sol bailara en las mañanas de San Juan, que eso es cosa corriente que sucede a diario, con tal que las mañanas sean claras y serenas.
Por eso no fuimos al Panderete de las Brujas, esa explanada sobre el cerro que se eleva sobre el monasterio de Cartuja, que así se llama porque está probado que allí descansaban las hechiceras cuando iban a los aquelarres de las Alpujarras.
Nos quedamos abajo, en el cruce del Beiro con el camino de Alfacar, en una tasca donde ponían caldo de caracoles y caracoles picantes, con un vino tan aguado, que pudiera parecer que el Beiro era el Jordán y el tabernero el Juan Bautista que estábamos conmemorándolo.
Desde allí veíamos subir a la gente por la cuesta. Recogerían yerbaluisa y mastranzo, que las dos son plantas de verbena si se recogen a las doce y, luego, bailarían alrededor de las candelas hasta que saliera el sol.
Y con rondas de una botella con canilla, más que remedo, chapuza de porrón, nos pasábamos la velada rebañando salsa de caracoles, entre consejas, miedos y leyendas de la noche de San Juan.
Contaron que el que duerme la siesta en ese día, no se cansa de dormir en todo el año y que lavándose la cara cuando dan las doce se mantiene la tez fresca y suave. Y que si un árbol no da fruta, poniéndole en las ramas una piedra, dará cosecha abundantísima.
Y, estando en estas dio un largo y venerable trago Rodrigo de Almodovar, que, cuando más bebíamos más sobrios estábamos y como aquello nos parecía milagro, se nos representaba el vino en agua bendita y casi lo bebíamos con unción y reverencia. Luego, para reponernos, sopeábamos en los picores de la salsa.
Nos contó Almodovar, después del trago y de la sopa, que en Granada hubo un olivo junto a una fuente donde estuvo la torre del Aceituno, y ahora la ermita de San Miguel, siendo el caso, que el manantial aumentaba su caudal y florecía el olivo en la mañana de San Juan, fructificaba en el transcurso del día, y maduraba con la llegada de la noche.
Pero donde el mayor abundamiento de discursos hubo fue en la manera de asomarse al tiempo las mujeres para ver a su futuro novio. Dijeron que soñarían con él si contaban diez estrellas durante diez días consecutivos, inmediatamente anteriores a la noche de San Juan.
Y si ponían una flor blanca de trébol debajo de la almohada y prestaban atención al despertar, el primer nombre de varón que oyeran, sería el de su marido. Y si rompían un huevo sobre un plato con agua las formas sugerirían su oficio.
Y fue cuando Jacintico, de normal callado, se animó y salió contando lo que le ocurrió a su madre en una noche de San Juan.
Uno de los agüeros más deseados y temidos, es el del espejo. La consultante, al filo de la medianoche, debe asomarse a un espejo, completamente desnuda, y en vez de su imagen, verá la del hombre que está destinado a compartir su vida. Pero si las formas se tuercen, lo que puede ocurrir, sin que nadie sepa la razón, en lugar del hombre podrá ver su propio entierro y, después de verlo, vivirá atormentada con esa visión y en esa espera, sin que le sea dado enlquecer para olvidarla.
Sabiendo a lo que se exponía se atrevió y al dar las doce, apareció en el espejo un hombre muy alto que vestía túnica y turbante blancos. Su rostro presentaba rasgos acentuadamente árabes y sus ojos eran luminosos y de un azul purísimo con profundidades infinitas.
Más he aquí que, contra todo lo previsto, rompiendo el molde de los encantamientos de esa noche, el aparecido la tomó de la mano, y la hizo pasar al otro lado del espejo. Y la llevó a un lago de rocío. Y le dijo que las gotas de rocío son las lágrimas de las estrellas. Luego tomó las hojas de un arbusto, las exprimió en su puño y entre sus propias manos le dio a beber. También le dijo que en aquel espacio vivían los que pudiendo haber nacido no nacieron, los que estuvieron destinados a ser frutos de amores que se frustraron por orgullo o conveniencia o porque no se cruzaron en el camino de la vida.
Un escalofrío la despertó, y el espejo le devolvió su imagen desnuda y aterida. Durante todo el día no dejó de pensar en el hombre del espejo.
Y con él siguió soñando.
Un día, las circunstancias y las conveniencias la llevaron a casarse con Don Jacinto, un hombre vulgar, de profesión notario y de vocación almacenista, que apoyaba los codos en la mesa, arrugaba el entrecejo e introducía y clasificaba bibliotecas descomunales dentro de la cabeza.
Pero ni la boda ni las habilidades del marido cambiaron la situación de ella que, noche tras noche y tan pronto se dormía, el hombre de los ojos azules la llamaba.
Desesperada una mañana comenzó a golpear con sus puños el espejo. Y el espejo reventó en añicos. Fue un estallido de creación y muerte y en aquel universo de estrella con filo de navaja, cada fragmento se fue, levando su imagen y su esencia.
Dejó a Jacintico en este mundo, recién parido, y ella sigue buscando entre las lumbres heladas del cristal, un espacio donde los lagos están formados por gotas de rocío.
Y ensimismado, Jacintico, con su relato, se levantó y miraba al cielo como escudriñando las estrellas. Contrastaba su enorme humanidad sobre la masa negra del Panderete de las Brujas y, como la luz le daba en pleno rostro, destacaban sus rasgos acentuadamente árabes y sus ojos luminosos de un azul purísimo con profundidades infinitas.

“Duendes y leyendas de Granada” de Antonio Diaz Lafuente.


La imagen corresponde a una fotografía que tomé cuando visité el Generalife, 

sábado, 1 de noviembre de 2014

¿QUE ES LA NOCHE DE BRUJAS?

La palabra «Halloween» [/ˌhæl.əʊˈiːn/] es usada como tal por primera vez en el siglo XVI, y proviene de una variación escocesa de la expresión inglesa All Hallows' Even" (también usada "All Hallows Eve) que significa «víspera de todos los Santos».
Origen celta
Halloween tiene su origen en una festividad céltica conocida como Samhain, que deriva del irlandés antiguo y significa fin del verano. Los antiguos britanos tenían una festividad similar conocida como Calan Galaeaf. En el Samhain se celebraba el final de la temporada de cosechas en la cultura celta y era considerada como el «Año nuevo celta», que comenzaba con la estación oscura.
Los antiguos celtas creían que la línea que une a este mundo con el Otro Mundo se estrechaba con la llegada del Samhain, permitiendo a los espíritus (tanto benévolos como malévolos) pasar a través. Los ancestros familiares eran invitados y homenajeados mientras que los espíritus dañinos eran alejados. Se cree que el uso de trajes y máscaras se debe a la necesidad de ahuyentar a los 
espíritus malignos. Su propósito era adoptar la apariencia de un espíritu maligno para evitar ser dañado. En Escocia los espíritus fueron suplantados por hombres jóvenes vestidos de blanco con máscaras o la cara pintada de negro.
El Samhain también era un momento para hacer balance de los suministros de alimentos y el ganado para prepararse para el invierno. Las hogueras también desempeñaron un papel importante en las festividades. Todos los otros fuegos se apagaban y en cada hogar se encendía una hoguera en la chimenea. Los huesos de los animales sacrificados se lanzaban a la hoguera.
Otra práctica común era la adivinación, que a menudo implicaba el consumo de alimentos y bebidas, e incluso en Asturias se celebraban banquetes en las tumbas de antepasados.
La tradición romana
Cuando tuvo lugar la ocupación romana de los dominios celtas la festividad fue asimilada por estos. Aunque ya se celebraban los últimos días de octubre y primeros de noviembre una festividad conocida como la «fiest», en honor a Pomona (diosa de los árboles frutales), se mezclaron ambas tradiciones. Las manzanas eran muy populares y pronto formaron parte de la celebración.

Institucionalización del Halloween por la Iglesia católica
 Día de todos los Santos
En una época en la que predominaban las festividades «paganas», los papas Gregorio III (731–741) y Gregorio IV (827–844) intentaron suplantarla por una festividad católica (Día de Todos los Santos) que fue trasladada del 13 de mayo al 1 de n

Nota: La imagen pertenece a una obra de Viviana Mazza, que fuera expuesta en la Facultad d derecho en una muestra de arte con escobas.

viernes, 10 de octubre de 2014

LA PLAZA LIBERTAD

Tratando de encontrar información sobre la plaza Libertad me topé con este artículo del "Revisionista". Una obra que vale la pena leerla y que he transmitido textualmente. Honor al mérito, a ellos les pertenece este informe. Lo único que me corresponden son las imágenes.
"Todas nuestras antiguas plazas públicas guardan el primitivo nombre con que históricamente se las menciona, acompañado por el recuerdo del hecho o la causa que le dieran origen.  Una de ellas es la plaza Libertad, así denominada con la preposición y el artículo en el plano de la ciudad de Buenos Aires que publicara el ingeniero Felipe Bertrés, en el año 1822, vale decir, en días del ministro Bernardino Rivadavia, a quien el autor dedicaba su trabajo.  Hasta entonces, y desde antes de 1780, al lugar se lo había conocido como el “Hueco de doña Engracia”, porque, conforme con la tradición que lo ha venido repitiendo, tal era el nombre de la mujer, acaso de color, que allí habitaba con el recurso alertador y defensivo de algunos perros.  Como todos los grandes baldíos después transformados en espacios verdes para decoro de la ciudad y esparcimiento del vecindario, el hueco le entregaría a la plaza su enmarañamiento silvestre, exornado con las flores de la cicuta y las tupidas ramas del ombú.  Empero, con respecto a ella en realidad no sabemos el qué fecha el hueco comenzó a ser plaza, pues si consideramos las noticias de la crónica diarista caemos en la seguridad de que el lugar, todavía en 1870, de plaza no tenía nada más que el nombre, ya que no se lo había desprendido del antiguo pajonal ni del abandono en que se lo dejaba; situación que no se le conocería en su tiempo de plaza de carretas, dado que, como lo escribiera Wilde: “cuando la población comenzó a crecer y por consiguiente a extenderse la ciudad, las carretas que concurrían a la plaza Nueva (lo que hoy es el Mercado del Plata) fueron removidas al “Hueco de las Cabecitas” (1) o al de doña Engracia”.
Aquellas carretas procedían de los pueblos limítrofes, a los cuales regresaban una vez que sus dueños o encargados terminaban con la leña, frutas y otros productos destinados a su venta.
La obra de Torcuato de Alvear
Al lugar se lo encontraba por dos vías de obligado tránsito, ya se fuera a la Recoleta o a la plaza del Retiro.  Por la calle Libertad se daba con las Cinco Esquinas, en Juncal, y de ahí, por la que llamaban calle Larga (actual Presidente Manuel Quintana, cuyo nombre anterior fue el de República), se concurría a Palermo y a las fiestas que, llegando el mes de octubre, se realizaban en homenaje de la virgen del Pilar y de San Pedro de Alcántara, levantándose las tiendas de atención al público frente al cementerio, en todo lo largo y ancho de la calle Junín.  Por la de Charcas se marchaba al encuentro del ruedo taurino, así como, libremente, al terreno donde practicaban sus ejercicios ecuestres los granaderos de San Martín.  Precisamente en la segunda Invasión Inglesa, por esta calle, como también por la de Santa Fe, y a la conquista del baluarte principal de los defensores, que era el edificio de la plaza de toros, entró una de las columnas al mando del general Samuel Achmuty.  Sin embargo, la plaza Libertad, hasta más allá de los días de 1880, no fue punto de renovadas concurrencias.  Con los altos yuyales y la variedad de alimañas que le traspasara el hueco de doña Engracia, igualmente le quedaban las amenazas del delito para quienes por allí se aventuraban atemorizados entre las sombras de la noche.  Al respecto informa una noticia de “La Prensa” del 21 de noviembre de 1870: “En vista de los frecuentes crímenes que se cometen en la plaza Libertad, el comisario Seguí resuelve poner un vigilante hasta las 10 de la noche en el lugar, a fin de garantizar la vida de los transeúntes.  A esa hora será relevado por un sereno”.  Dos meses más tarde, el 20 de enero de 1871, se colocaban en la plaza 8 faroles de gas, y de la apariencia que presentaba en 1882 nos da cuenta este párrafo: “Igual aspecto de desolación y tristeza ofrece la plaza de la Libertad, con una estatua de Alsina de proporciones absurdas: no vi nunca cosa más detestable”.  Así nos lo dice en “Memorias de un viejo” el doctor Vicente G. Quesada, bajo el seudónimo de Víctor Gálvez.  Digamos nosotros, a título informativo, que la estatua del doctor Adolfo Alsina, obra del artista Millet Aimé, quedó inaugurada en esta plaza de 10.276 metros cuadrados, el día 1º de octubre de 1882.
Por lo general, siempre se lo ha recordado a nuestro primer intendente municipal, don Torcuato de Alvear, más en lo oral que en lo escrito, como el empeñoso urbanista que hizo posible el proyecto de apertura de la Avenida de Mayo.  Sin embargo, don Torcuato realizó también numerosas como importantes obras, que cambiaron radicalmente el aspecto deplorable que presentaban ciertas zonas de la ciudad.  Procedió a cegar los “terceros”, como se los llamaba a los arroyos formados por las aguas servidas y las pluviales, que obstaculizaban las comunicaciones entre los puntos de mayor movimiento comercial, ya que aquellos profundos cauces corrían por las arterias denominadas Chile, Libertad, Viamonte, Suipacha, Córdoba Maipú, etc.  Se preocupó, hasta verlo realizado, por el pavimento y arbolado de no pocas calles y avenidas; embelleciendo al transformarlas por completo, las plazas Constitución, General Lavalle y Once de Setiembre, delineando y formando, con amplio sentido de la estética, los jardines de la Recoleta, y contribuyendo al engrandecimiento de los otros, nombrados Zoológico y Botánico, en sus actuales puntos de Palermo.  Y en cuanto tocaba a la plaza Libertad, puede leerse en el Censo de la Capital Federal levantado el 15 de setiembre de 1887: “Durante la administración del intendente Alvear sufrió una transformación fundamental todos los frondosos árboles que hasta entonces tenía, fueron sustituidos por jardines colocados a un nivel mucho más bajo del suelo, en locales construidos al efecto”.  Son los mismos “parterres” dispuestos en forma de trapecio circular; las cuatro bandejas embellecidas, si no por la excelencia de las flores, por lo simétrico del dibujo, que se realzaban, en unas, con los hilos de agua de la fuente, y en otras, con lo decorativo de la estatuilla de cosa helénica que le conocimos en aquellos tiempos de la jardinería artística, que ganaba la admiración de todos, porteños o foráneos, por la nota ricamente original
El escenario del 90
En la historia de cada una de nuestras viejas plazas, sobran las páginas relacionadas con los estampidos del fusil, los antecedentes y consecuencias de los choques que originaron los duelos ensangrentados.  Y la plaza Libertad, acaso, cuenta con el mayor número de víctimas; algunas, de la bayoneta, pero las más, de la carabina y el cañón.  La revolución que se produjo en la ciudad de Buenos Aires en la madrugada del 26 de julio de 1890 resonó sus fuegos de artillería entre los ámbitos de las plazas general Lavalle y Libertad.  En la primera, los revolucionarios civiles y militares fortificados en el Parque de Artillería (actual manzana del Palacio de Justicia); en la segunda, las tropas de las fuerzas gubernamentales, imposibilitadas de avanzar, acribilladas por la fusilería de los cañones.  Repetidamente se ha recordado que en el momento de entrar en la plaza, por la calle Cerrito, fueron contenidas por el fuego nutrido que se les hizo desde el cantón “Buenos Aires”, levantado en la ya desaparecida esquina sudeste de Lavalle y Cerrito, quedando junto a la calle Charcas el tendal de muertos y heridos, entre ellos el caballo de montar del ministro de Guerra, general Nicolás Levalle.  Los soldados, sorprendidos y repentinamente atemorizados por un enemigo que los atacaba sin dejarse ver, rompieron el orden y se desbandaron.  Fue entonces cuando se desenvainaron las energías filosas del general Levalle, quien, secundado por algunos oficiales, y a cintarazos repetidos, alcanzó a reunirlos en el centro de la plaza; y allí hizo que la banda ejecutara las notas del himno patrio, con el fin de recobrar los ánimos y templar los corazones.  La reacción fue instantánea, viéndose en varios de los militares el impulso del coraje que se les iba con las lágrimas.  El general Levalle diría años más tarde, recordando el hecho: “Cuando vi que a los chinos se les coloreaban los cachetes y apretaban los dientes, dije a los oficiales: Ahora la victoria es nuestra; sólo es cuestión de tiempo”.   Ya por la hora del mediodía, la iglesia de las Victorias quedó convertida en hospital de sangre, y una de las salas de la casa de don José Luis Amadeo, de Paraguay 1162 (aún existente), en despacho del vicepresidente de la Nación, doctor Carlos Pellegrini.  En la revolución del 90 hubo acciones y mártires de epopeya, y en la plaza Libertad, cuadros impresionantes que no hubiera desdeñado el pincel del mismo Goya.  “Después de la medianoche en ambos campos reinaba un silencio fatídico”.  Desde el parque –seguimos al doctor Juan Balestra, que presenció de muy cerca los acontecimientos- se oía cierto ruido metálico, agrio y trepidante, que venía del campo enemigo; se calculó la construcción de trincheras; pero provenía de la carretilla con que eran transportados los cadáveres a la plaza Libertad.  Su número, que nunca se precisó, fue calculado en 150, proporción –sobre el número de 300 y pico de heridos- sólo explicable por el fuego de la artillería, casi a boca de jarro”.  “Allí cerca, abandonada, la carretilla transportadora, cargada todavía de cuerpos con rigideces trágicas”.  Al pie de la estatua de Alsina, una gran pila cubierta con lonas, que, al inquirir el doctor Juárez, descubrió Levalle por una punta, mostrando los cadáveres estibados”.  Fue entonces cuando el presidente de la Nación, doctor Miguel Juárez Celman, dejó oír esta exclamación: “¡No hay satisfacción del poder que compense tanto horror!”  Y cabe recordar que fue en la residencia del señor Amadeo donde el entonces coronel Ignacio Garmendia propuso su plan de avanzar hasta la calle Viamonte, por el camino de las perforaciones que se irían practicando en las paredes de las casas de las dos manzanas; intención que se realizó con todo éxito.  Y en esta casa, el día 28, el doctor Aristóbulo del Valle solicitaba, en nombre de la junta revolucionaria, un armisticio de 24 horas, con el objeto de enterrar a los muertos y curar a los heridos.
El Coliseo Argentino
Pocas fueron las casas de comercio que se instalaron en las cuatro cuadras de esta plaza: la botica que ocupaba el lugar de la vieja zapatería de Paraguay y Libertad (esquina sudeste), y el Café sobre la del noroeste; el almacén de Charcas y Cerrito (ángulo sudeste) y la casa de Biagini Hnos, de Paraguay 1126, el cinematógrafo Petit-Splendid de Libertad 976, en cuyo solar, allá por 1818 tenía su cuartel el Regimiento de Caballería Nacional; y la Confitería Lyon, que solían colmar los concurrentes al cine.  Hasta muy entrada la primera década del siglo XX, la plaza, excepto por los niños con sus niñeras, no se vio nunca invadido por numerosas concurrencias, como las que allí se encontrarían tiempos después.  Y tres fueron los factores que contribuyeron a tales efectos: la iglesia de las Victorias, cuya arquitectura realizara el R. P. Tanou, y que fuera bendecida el 20 de abril de 1884, estableciéndose en ella el culto a la virgen del Perpetuo Socorro; la desaparecida confitería “La París”, que fundara en 1895 el turinés Pedro Vercesi, y el teatro Coliseo Argentino, que se levantaba casi en el mismo punto donde ahora vemos la sala llamada Coliseo.  La confitería, que por un largo tiempo supo gozar del favor de la sociedad porteña, obligado punto de cita a la hora vespertina, se había constituido a la vez en el lugar preferido por los asistentes al teatro Colón, primero, y el Coliseo Argentino después.  Y digamos que fue este teatro que, corriendo las noches de los primeros lustros del siglo pasado, atraía un  mundo de gente a rendir sus aplausos a la alta melodía de Amalia Galli Curci, o al genio de Pietro Mascagni, cuando, dominador de la batuta, rubricaba con el último ademán el estreno en esta sala de su ópera “Isabeau” (2); e igualmente, a deleitarse hasta el ensueño con la estupenda realización de “Giselle”, por la extraordinaria Anna Pavlova (1881-1931); o a impresionarse y emocionarse con los encendidos arrebatos del entonces famoso cronista uruguayo Juan José de Soiza Reilly (1879-1959), narrador, en tres noches consecutivas, de las heroicas jornadas y desgarrantes escenas que presenciara en su carácter de corresponsal de la revista Caras y Caretas, en las trincheras italianas y en el frente francés, en tanto tronaba la Primera Guerra Mundial (1914-1918), espantando al mundo.  Felizmente, años más tarde este teatro se transformaría en templo de admiradores, como de curiosos interesados, entre los conceptos de la filosofía oriental que exponía el indio Jiddu Krishnamurti (1895-1986)
Primera transmisión radial de una ópera completa
Era el Coliseo Argentino, inaugurado el 6 de agosto de 1905, y en el que ya había trabajado el célebre Frank Brown, de una arquitectura atrayente.  Obra debida al arquitecto Carlos Nordmann, “tuvo en un primer momento un camino de circunvalación de 2,5 metros, que lo separaba de las casas vecinas; caracterizándose por su excelente acústica, hasta el punto de considerarse –como nos lo hiciera saber el señor Miguel Fautrier Gordillo- el único que en nuestra capital reúne esas condiciones”.  Tenía capacidad para 2.550 espectadores.  ¡Por cierto que era el orgullo de la Plaza Libertad!  Y memórese, en  homenaje de su recuerdo, que la primera vez en el mundo que se transmitía una opera completa por obra de la radiofonía, lo fue desde este teatro, la noche del 27 de agosto de 1920.  La ópera se llamaba “Parsifal”, y quienes posibilitaron esta proeza fueron los doctores Enrique Telémaco Susini, Miguel F. Mugica, César José Guerrico y Luis F. Romero.
Las sombras ilustres
Nada más que por el memorable recuerdo del intendente Torcuato de Alvear, que la proyectara hermosa, digna de Buenos Aires en la época revolucionaria del urbanismo concebido por el “Art Nouveau”, ya se la puede reputar de importante en las históricas páginas del municipio porteño.  Y debe manifestarse, en su obsequio, que durante los días finiseculares, hasta los de la segunda década del siglo XX, fue la plaza mejor cuidada, y siempre con la vigilancia y celo invariable de su guardián.  En verdad, debemos recordarlo, ésta no es una plaza para todos; tenía un cierto aire de distinción, de estampa decorosa con matices de notoriedad.  En ella, el populacho sentíase incómodo, mudo de palabrotas, contenido en lo censurable y torpe del ademán.  En ella no se volcaban las muchedumbres enronquecidas, empenachadas de reclamos, duras de protestas.  Era como un remanso donde la quietud y la serenidad se templaban admirablemente.  Era, en fin, la plaza con don de gente, la de los días en que la innata decencia se lucía como la palabra noble, a centímetros de la flor en el ojal.  Evocamos ahora su figura espléndida, levantada sobre la simetría floral de sus cuatro bandejas policromadas; y pensamos en la calidad y el prestigio de quienes eran sus vecinos de excepción, sus familias de respetables patronímicos; sus enamorados, devotos de Santa Cecilia, cuya casa de la Wagneriana estaba en Paraguay 1114.  Y se nos ocurre que las sombras de varones y mujeres eminentes han de aparecerse en esta plaza que fuera escenario del transitar diario del político e historiador Estanislao S. Zeballos, quien tenía su palacio al lado de la confitería “La París” (3), en la calle Libertad, donde también, en la finca Nº 1042, se había domiciliado el médico y poeta Ricardo Gutiérrez; la del general Lucio V. Mansilla, que en 1892 mandara construir su residencia en Charcas 1067; la del señor enamorado de los astros, Martín Gil, que solía frecuentarla por las noches, avecindado a ella, pues vivía en Libertad 741; y las de los esposos Manuel Guerrico y Mercedes Aguirre, cuya mansión estaba ubicada Charcas 1055, edificada en 1889.
Digamos finalmente que sobre la cuadra de Cerrito, en la década de los ’70 se demolieron las residencias que fueron de las familias de Lucrecia Campos Urquiza de Travers, de Saturnino Unzué e Inés Dorrego, de Enriqueta del Solar Dorrego, manteniéndose sólo la ya recordada de Amadeo, que también ocuparía años después la familia de la señora carolina Tomkinson de Ugarte.
Las polvaredas de las fachadas que desaparecieron se llevaron con ellas las imágenes de numerosas impresiones y recuerdos de cosas y sucesos de los años idos; y sólo las sombras acuden a renovar el tránsito por esta plaza, abierta como en sus mejores tiempos a cuantos la buscaban complacidos de su encuadre de alta belleza urbana; agradecidos a sus invitaciones de encontrarse con ella, pues que era lo mismo que envolverse en el silencio perfumado, melancólicamente, con felicidad.
Referencias
(1) Actual plaza Vicente López
(2) El première de “Isabeau” ocurrió en Buenos Aires el 2 de junio de 1911, durante una larga gira de siete meses que Pietro Mascagni (1863-1945) realizó por Sudamérica.  Dada la enorme cantidad de público asistente se produjeron desórdenes a la entrada del teatro, razón por la cual el inicio de la función se vio retrasado por una hora.  Finalizada la representación, la ovación para Pietro Mascagni y la soprano María Farnetti (1877-1955) duro más de media hora.  El première italiano de Isabeau ocurrió simultáneamente en el la Scala en Milano (conductor Tullio Serafin) y en el la Fenice en Venecia (conductor Mascagni) en 1912.
(3) Ocupaba la esquina noroeste de Charcas y Libertad.  Desapareció en mayo de 1959. "

domingo, 5 de octubre de 2014

VIVIR EN EL AIRE (Los vencejos)


Los que me conocen saben que mi idea de las cosas es que nada es absolutamente malo ni nada es absolutamente bueno. Siempre hay un punto, un detalle para rescatar o para criticar. Pero en general me interesa el hecho de rescatar, aun de aquello que parece imposible, un costado positivo y descubrir que lo malo nunca es absolutamente malo. A veces cuesta trabajo, pero es un ejercicio que, si se lo proponen, les hará la vida más feliz. 
Me apasionan los medios pero no me “absorben el seso”. Por momentos me dedico a leer (leo pocos libros, me gustan más los artículos sueltos y en particular los que estimulan mis ansias de investigar), en otras oportunidades miro televisión y, normalmente, me (nos, porque mi esposa comparte conmigo estos intereses) apasiona salir a recorrer mi ciudad, descubriendo sus secretos, sus historias, sus leyendas.
Al contrario de mi esposa sigo casi todos los deportes y suelo mirar programas de la televisión pública, en general aquellos en los que hay competencias de habilidad y, fundamentalmente, las de preguntas y respuestas, tratando de adelantarme y responderlas antes que el competidor.
Hay un programa en extremo interesante, en donde una persona, o un grupo de personas, compiten con dos individuos, uno de los cuales es extremadamente inteligente, notablemente memorioso y con una amplia cultura, a pesar que no ostenta ningún título honorífico. Habitualmente es quien termina ganando, descartando uno por uno a todos los participantes.
Y aquí viene lo interesante, en uno de los programas se preguntó qué tipo de animal era un vencejo (Y se dieron una serie de opciones que podían confundir, aunque no demasiado). En ese momento intervino este jurado y pidió que retiraran la pregunta ya que el vencejo era un animal extremadamente exótico y que no correspondía a nuestras regiones sino a lugares como Asia y algunos sitios de Europa. Y allí me quedé sorprendido. ¿Cómo un individuo tan instruido desconocía que el vencejo es el ave típico de nuestras Cataratas del Iguazú? Me llegó a hacer dudar de mi memoria y me fui, inmediatamente a investigar, encontrándome con algo que me apasionó y creo que vale un post.



El vencejo común (Apus apus) es un ave apodiforme de la familia de los apódidos, especialmente adaptada para el vuelo, con alas falciformes, cola corta de horquilla poco profunda, boca muy ancha y grande rematada con un pico pequeño, plumaje negruzco con una pequeña porción blanca o gris bajo el pico, patas muy cortas sin pulgar oponible y garras diminutas pero de presa extraordinariamente fuerte que le permiten "colgarse" en riscos elevados, paredes verticales y sitios elevados desde los que re emprende el vuelo, ya que si cae al suelo experimenta gran dificultad en remontar el vuelo por su especial morfología alar y cortas patas. Si se encuentra un individuo caído, puede ayudársele a remontar el vuelo tomándolo y soltándolo desde un sitio elevado. La etimología de Apus apus viene del antiguo griego donde "apus" (άπους) significa "sin pies".
Desde los mismos orígenes de la zoología se sospechaba lo que a finales de la década de los 1960 se constató: que los vencejos pasan la mayor parte de su vida en el aire: COMEN, DUERMEN Y COPULAN VOLANDO.Únicamente se posan para poner los huevos, incubarlos y criar a sus polluelos. Permanecen en vuelo ininterrumpido durante nueve meses del año.
Las crias abandonan 
el nido una mañana
volando subitamente sin
necesidad de apren-
dizaje previo, y no
retornan a el jamás.
De noche, estas aves se elevan a 2000 m de altura y allí DUERMEN VOLANDO. Durante el sueño el aleteo se reduce de 10 movimientos por segundo a tan solo 7. Debido a sus extraños hábitos aéreos aun se desconocen muchísimas cosas de la vida de estas aves. Los vencejos emiten un grito muy agudo que en algunos paises les ha valido el apelativo de "pájaro diablo".
Son originarios de Asia y África y de hábitos migratorios.
Y esto es lo sorprendente. Son las aves que habitan las Cataratas del Iguazú. Solo detenerse un instante para verlos desplazarse de una pared a otra, entre el torrente de agua, cruzando de orilla a orilla o sumergiéndose en la fabulosa cortina de agua de la Garganta del Diablo.
Tanto es así que el vencejo forma parte del logo del Parque Nacional Iguazú.
Hacen sus nidos en las paredes rocosas del cañón donde se desploma el rio Iguazú y se divierten cuando algún turista trata de captarlo con su cámara ya que se desplazan a una velocidad envidiable. 
Un ave con sus alas extendidas volando entre la caída de las aguas.




















Un ave que se volvió símbolo tal vez porque su vida transcurre volando, igual que nosotros, volando entre sueños y esperanzas, a veces cansados, con dificultad para mantenernos en el aire, pero sin aflojarle, subiendo y bajando, empujados por el torrente, levantados por el manto vapóreo que como un velo se extiende sobre nuestro destino



Nota: Las fotos son originales. Las tomamos en diferentes viajes al Parque Nacional Iguazú.
La imagen del logo fue tomada de Internet y la del concurso de uno de los videos del programa.

domingo, 14 de septiembre de 2014

LA LEYENDA DE LA NEGRA PLANCHADORA

Día a día uno descubre por qué Buenos Aires enamora. En poco más de 200 años se han ido acumulando tantos hechos, tantos sucesos que es imposible recorrer un rincón de nuestra ciudad sin descubrir algo nuevo, algo que desconocíamos y que ha formado parte de nuestro pasado, ese pasado que nos dio forma y nos fue transformando en lo que somos.


Cuando era pequeño o adolescente venía a pasar las vacaciones en Buenos Aires y un sitio obligado era Parque Rivadavia o Parque Lezica (Como lo bautizamos los porteños). Mi padre me acompañaba porque allí, alrededor de un ombú centenario, se asentaban todos los filatelistas, compradores y vendedores de las estampillas más extravagantes, los días domingos. Ese día el parque se llenaba de gente que recorría los distintos puestos buscando u ofreciendo sellos de todas partes del mundo. Y yo, como pasa con los chicos, tenía la intención de ser uno de ellos. Nunca tuve el alma de coleccionista. Prefiero que otros lo hagan y yo disfrutar de su esfuerzo y su perseverancia. Pero en ese entonces tenía mi álbum, y compraba, no por el valor sino por el color. Aquellas que más me atraían, ya por su diseño o por su origen: Mongolia, Magiarpost, Neederland, Rusia… Como tantas cosas todo eso se fue diluyendo… otros sueños reemplazaron a los pasados… pero el parque siguió sistemáticamente con su tradición a la que se fueron agregando otros tipos de vendedores: de libros usados y nuevos, discos de pasta o de vinilo, y alguna que otra antigüedad. Fue remodelado, le agregaron rejas, hicieron un monumento en honor a Simón Bolívar, pero el espíritu siguió vivo y hoy es un sitio de reunión de vendedores que han hecho casi un mercado de pulgas. Los filatelistas y los dedicados a la numismática se siguen reuniendo los domingos a la mañana únicamente.
En mi vida se transformó en un sitio de paso. El parque Rivadavia está en el barrio de Caballito y es el centro geográfico de la Capital. Los trenes y los colectivos combinaban con todos los lugares a donde uno se dirija.
Lo increíble, y uno no termina de asombrarse, la historia que estaba guardada en cada rincón de ese lugar que para uno era apenas una posta en el camino de todos los días.
 la historia.
Estamos aproximadamente a seis kilómetros de la primitiva Buenos Aires. Para aquel entonces este paraje quedaba lejos y era apenas un sitio de quintas que los poderosos usaban para pasar los fines de semana. Había, a unas cuadras de allí, una pulpería y, de alguna manera, “área de descanso” de los viajeros que recorrían lo que hoy es la calle Rivadavia (La más larga del mundo) y que en aquel entonces era el Camino Real, la entrada obligatoria al poblado que apuntaba a ser Buenos Aires. Su dueño había colocado una veleta, que había sido fabricada por un herrero en la ciudad, que tenía la forma de un caballo. La costumbre llevó a que se comenzara a conocer el lugar como la posta del caballito y finalmente se transmitió a toda la población que se fue radicando en ese lugar. Así nació el barrio de Caballito.

Los túneles que provenían desde la zona del puerto hasta los corrales de Miserere (Hoy Once), probablemente usados por los contrabandistas para llevar al interior las mercaderías que esquivaban la aduana, sirvieron como base para armar el subte (El primero de Sud América) y que se extendió hasta Caballito, y, con anterioridad, el paso del tren que venía desde la zona donde hoy está el Teatro Colón hasta la estación de La Floresta, le dieron el impulso para que fuera creciendo y transformarse en un sitio casi de élite. La veleta hoy está en un museo, pero hay una copia de ella en una plazoleta que se encuentra junto a la estación Caballito del ferrocarril Sarmiento (Antiguo Ferrocarril del Oeste, que le dio el nombre al equipo de fútbol que supo llegar a ser campeón de primera y que hoy está luchando en divisiones inferiores).
La familia Lezica tenía una casa quinta en ese lugar, con una construcción típica de la zona, con hermosos bistrós, una noria  que servía para proveer de agua a la casa, y un enorme ombú, que tiene su leyenda.
Cuenta la historia que a la quinta del viejo Lezica fueron a vivir su nieta y su biznieta, Candelaria. Los días martes, los hombres de la casa se iban a hacer negocios y la señora de la casa aprovechaba para realizar reuniones en donde pretendía relacionar a Candela con los jóvenes poderosos, económicamente, del lugar. Distribuía a sus empleadas y tenía el cuidado de enviar a su planchadora, una negra aparentemente muy agraciada y ligera de cascos, a trabajar bajo el ombú, que era un lugar donde no podía tentar a ninguno de los concurrente. Dicen que la joven mientras planchaba cantaba a modo de queja: “La negra planchadora, bajo el ombú se queda, planchado trajes y enaguas, para que nadie la vea”.
Un día se produce un hecho extraño: la intromisión de un desconocido que se une a la reunión y con total desparpajo saca a bailar a la niña Candelaria. La madre interviene inmediatamente, manda a su hija a sus habitaciones y echa al intruso. Todo esto no sin escándalo lo que hace que la fiesta se termine abruptamente. Todos vuelven a sus respectivos lugares menos la negra planchadora. Algunos suponen que cuando Candela regresó antes de tiempo había encontrado a la planchadora con alguno de sus amantes y la había echado, pero unos días después un peón encuentra el cuerpo de la pobre negra decapitada. Y pasados unos días se descubre que había sido un drama pasional ya que, frente al escándalo, la negrita se negó a acceder a los deseos de uno de sus visitantes y este, enfurecido, la agredió con un hacha, cortándole la cabeza. La enterraron allí mismo y no se habló nunca más del asunto.
Muchos años después, el nieto de Candelaria vendió la finca al Gobierno Nacional. El presidente, en ese momento, Dante Torcuato de Alvear (El gran embellecedor de la antigua Buenos Aires) le pidió al paisajista Thais que trasformara el espacio en un parque. Se demolió la casa, y se dejó la noria y el ombú, creándose así el Parque Rivadavia (A pesar de que popularmente siguió siendo el Parque Lezica). Y es aquí donde nace la leyenda, porque algunos comienzan a decir que los días martes, apenas oscurece, suele aparecer el fantasma de la negra planchadora y se dedica a colgar la ropa de las ramas del ombú al ritmo de la canción “La negra planchadora, bajo el ombú se queda, planchando trajes y enaguas, para que nadie la vea”.
No sé cuánto hay de real o de fantasía en todo esto.

Tendré que esperar al próximo martes..


NOTA; Salvo la primer imagen, las restantes pertenecen a diferentes blogs de Internet. a ellos pertenece la autoría.

lunes, 14 de julio de 2014

CURIOSIDADES (Un poco de historia)


En la vida que nos toca vivir ocurren casualidades (¿causalidades?) que hacen una historia que pone de manifiesto muchas de nuestras características.
Corría el año 1969 y el gobierno, cuando no, estaba ocupado por los militares.
Lo peor de este tipo de gobierno fue la censura. La tristemente célebre época de los bastones largos. Eso fue lo visible, lo palpable y criticable, muy pocos se dieron cuenta del desastre cultural y educativo que provocaron. Había cantidad de libros que no se podían leer, las películas estaban tan cortadas que a veces costaba trabajo entenderlas. Los más pudientes viajaban a Uruguay para ver aquello que definitivamente en nuestro país estaba prohibido. Hasta se llegó a quemar un teatro porque la obra que iban a montar no coincidía con la idea retrógrada de los mandamás de turno.
Sin embargo, las dictaduras, a veces, estimulan la imaginación y hacen que los individuos capaces igual se den maña para crear y a pesar de todo mantener la cultura popular.
En ese tiempo tres personas, de distintos colores políticos, reunieron su talento inigualable para hacer una producción discográfica que habría de hacer historia: Mujeres Argentinas.
Ariel Ramírez le puso música a unas poesías, no solamente espléndidas sino, con un valor histórico que ha hecho que alguna de ellas sean de las más conocidas en el mundo entero y que compuso uno de los individuos más queridos y respetados en su profesión, Félix Luna “Falucho”. Lo interpretó la más grande de todas. El exponente máximo de nuestra canción, primero folclórica, pero luego internacional, ocupando un lugar en el mundo, orgullo para todos los argentinos: La “Negra” Mercedes Sosa.
En esta producción van a escuchar Gringa chaqueña, la historia de los que emigraron y fecundaron una tierra salvaje, Juana Azurduy, la epopeya de una mujer que lucho junto a su esposo en la defensa del norte, Rosarito Vera, la maestra que inició la enseñanza organizada en nuestro país, Alfonsina y el mar, dedicada a la maravillosa Alfonsina Storni, La cautiva, una mujer que habiendo sido llevada por los malones, hizo su vida en las tolderías, y luego al ser rescatada por los soldados les pide que la vuelvan a su lugar, Las cartas de Guadalupe, la terrible historia de Guadalupe Moreno que escribió cinco cartas a su esposo sin saber que este había muerto, posiblemente asesinado, La tucumana, un recuerdo para Manuela Pedraza, la tucumanesa, que luchara durante las invasiones inglesas matando a quien matara a su marido, En casa de Mariquita, la visión desde afuera de la casa de Mariquita Sánchez de Tompson y Mendeville, donde se cantó por primera vez el Himno. Vale la pena escuchar lo que se dice con detenimiento, prestando atención a cada una de las frases que escribió su autor que no solo era poeta sino que fue un reconocido y respetado historiador.
Y aquí viene lo insólito. Mercedes Sosa falleció en Octubre de 2009, Felix Luna murió en Noviembre de 2009 y Ariel Ramírez falleció en Febrero de 2010. Tan solo cinco meses de diferencia.
Lo único que voy a agregar desde mi lado es que tanto la Sosa como Ramírez fueron velados en el Congreso. La muerte de Felix Luna casi pasó desapercibida. Claro pertenecía a un partido opositor al gobierno (esta vez democrático?) y la censura de los militares no solo es patrimonio de esa clase de individuos. Los extremos se tocan.
Un recuerdo para los tres, más allá de coincidir o no con sus posiciones políticas o su don de gente.
Fueron grandes en lo que hacían y dejaron un legado que ya nadie podrá borrar.  

domingo, 8 de junio de 2014

DOS FILETEADOS

Dos fileteados que me gustaron entre un grupo de estos trabajos que se exponían en una vidriera. El fileteado es un arte artesanal que se afincó en nuestro Buenos Aires y tuvo su auge en una época en que los carros tirados por caballos eran los principales medios de transporte. Los dueños de los mismos "tuneaban" sus carromatos con dibujos, leyendas o imágenes que los hacía más vistosos o llamativos. Estos fueron los los que llamaron mi atención:



Pido disculpas porque las fotos están algo desprolijas pero las tomé a través del vidrio tratando de evitar los reflejos.


martes, 20 de mayo de 2014

LA NOCHE DEL OBELISCO o River salió campeón.

Ayer, domingo, el equipo de futbol River Plate se coronó campeón del torneo “Nietos Recuperados”, copa “Pte. Raúl Alfonsin”.
Me gusta el futbol así como la mayoría de los deportes aunque no practico ninguno. Como dice una secretaria mía soy para esa actividad una verdadera ojota.
Sin embargo conozco los reglamentos, me relajo viendo un buen partido y si bien tengo mi inclinación por un club, no me desespera si gana o pierde.
Es una característica de nuestra ciudad que todos los festejos, en particular de este juego, se realicen alrededor del Obelisco. La plaza de la República ha sido testigo de los múltiples colores de las banderas que llenaron la 9 de julio y calle Corrientes, en múltiples ocasiones.
Uno de los recorridos que solemos hacer con mi esposa, cuando salimos a caminar, es a lo largo, justamente, de la Avenida Corrientes, partiendo desde una playa de estacionamiento que está debajo del Obelisco, para recorrerla hasta el Abasto, donde un Shopping magnífico nos permite descansar, tomar algo y, por supuesto, ir a los sanitarios.

Pues, que allí estábamos cuando explotó la primera ovación. ¡GOOOOOOOOOLLLLL! Retumbó por todos los rincones y se repitió como un eco a lo largo de sus cuatro pisos. Y no fue uno solo, fueron varios, con lo que deduje que uno de los equipos más populares de nuestro país había conseguido su objetivo.
Fue en ese momento en que recapacitamos, con Mirta, que íbamos a tener un problema para poder sacar nuestro auto. Con toda seguridad cientos, o miles, de personas estarían justo en la salida del estacionamiento.
Emprendimos el regreso y aprovechamos la caravana de jóvenes, niños, familias enteras que corrían hacia el Obelisco por una avenida transformada en peatonal por imperio de una pasión. Esa noche les pertenecía.
Como siempre ocurre había algunos que habían tomado de más y otros que, en su afán de hacer ruido, golpeaban contra las cortinas metálicas de los negocios que abundan por esa arteria. Pero en honor a la verdad debo decir que eran muy pocos.
Resultaba emocionante escuchar los cánticos, algunos poco imaginativos y con un insulto hacia el rival más directo que tiene River, y otros con una capacidad de alterar o tomar la letra de alguna canción conocida y aplicarla, con una increíble capacidad musical, al aliento primero, y ahora al festejo de una meta lograda.

Por supuesto que sacamos una cantidad de fotos buscando los personajes, las actitudes, tratando de captar el desenfreno. Filmamos cantidad de videos metiéndonos en una fiesta que no nos pertenecía pero que uno disfruta cuando puede ver la felicidad reflejada en el rostro de todos los que nos rodeaban.
Finalmente decidimos irnos y dejarlos con su festejo que, con seguridad, iba a seguir hasta altas horas de la noche, y ahí fue cuando comenzó nuestro calvario.
Pero digámoslo correctamente. No fue por los hinchas de River, por la gente que se arremolinaba y hacía flotar sus banderas rojas y blancas en la noche porteña. El problema vino por la incapacidad y la haraganería de aquellos que hacen mal su trabajo, a desgano y tratando de hacer el menor esfuerzo. Me refiero a los, o al empleado del estacionamiento. (Que no pude ver cuantos había)
Vamos a explicarlo para que lo entiendan. Parados de espaldas al Obelisco, mirando al norte, la playa tiene dos salidas. Una, a la derecha, que da obligatoriamente a la 9 de Julio y otra, a la izquierda, que sale a una calle que corre junto a la avenida pero que tiene una vía de escape muy fácil por calle Lavalle. Normalmente esta salida la cierran a cierta hora de la noche para no tener que vigilarla, porque es la que está más retirada de su oficina. Aclaro que no es por seguridad ya que el cierre es con una valla metálica de aproximadamente un metro de alto. muy fácil de quitar.
Cuando observé el panorama le dije a mi mujer, a ella le toca manejar siempre cuando volvemos a casa, agarrá por este lado que yo saco la barrera y salimos sin problemas. Posiblemente por el ruido que había en las inmediaciones no me oyó y respetuosamente fue a salir por la única vía habilitada que daba justo en medio del borbollón de gente excitada y distraída en otros menesteres.

Cuando aparecimos en ese tremendo aquelarre y mi mujer ni corta ni perezosa encaró hacia la multitud tocando bocina, sentí que estábamos en una película de terror, de esas en las que te rodean los zombis y se te pegan al vehículo tratando de estrangularte o morderte.
Como hizo no puedo explicarlo. Posiblemente los tomó por sorpresa porque nadie esperaba que un automóvil se metiera entre la multitud.
Cuando reaccionaron nos golpearon con las banderas, nos gritaron bosteros (Que es el nombre que se le da a los del equipo rival) y uno llegó a dar un golpe realmente fuerte, que por suerte nuestro auto soportó estoicamente y su carrocería fue lo suficientemente fuerte.
Pudo haber sido un desastre para unos y para otros. A la gente con la adrenalina fluyendo a mares  
no le podemos pedir que sea razonativa.
El conflicto lo inicia una sola persona, y nada que ver con el futbol o cualquier otra cosa. Se origina en la incapacidad y la haraganería de un inútil que no quiere mover un dedo en procura de modificar una costumbre que, en ese momento, resultaba peligrosa. Es más oficialmente estaba prohibida.
Es interesante pensar como los grandes problemas, los tremendos desastres, en general descansan en la actitud incorrecta de un solo individuo, a lo sumo de un grupo reducido de individuos. Como, con que simpleza, se inicia una hecatombe, un desastre que puede costar caro, increíblemente caro.
¿Cómo prevenirlo? ¿Se puede? Honestamente no lo sé. Aquí se dieron las circunstancias y todo se unió en un disparatado suceso que, por suerte, no llegó a mayores, salvo el tremendo susto que yo me llevé. Lo malo del caso es que mi esposa se preocupó por el golpe y no se le movió ni un pelo. O soy demasiado consiente o soy un cagón de primera.
Que duda ¿No?