EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.
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domingo, 26 de junio de 2016

A PROPÓSITO DE LA INDEPENDENCIA

Voy a tratar de ser sintético.

Hace muy poco estuvimos en la Esquina de Homero Manzi, uno de los bares notables del barrio de Boedo. Precisamente está en la intersección de las avenidas San juan y Boedo. El Club San Lorenzo de Almagro, en realidad se lo conoce por el “Ciclón de Boedo”. Boedo es una larga avenida que se prolonga hasta el histórico barrio de Pompeya.

Mariano Boedo.jpg¿Alguien se ha preguntado que o quien era Boedo?

Mariano Joaquín Boedo (Salta, 25 de Julio de 1782 – Buenos Aires, 9 de Abril de 1819) fue un abogado y político argentino, diputado por Salta en el Congreso de Tucumán de 1816.
Fue secretario de la Real Audiencia de Buenos Aires y amigo de Mariano Moreno.
Junto con José Moldes y José Ignacio de Gorriti fue designado diputado por Salta al mencionado Congreso de Tucumán. Siendo designado vicepresidente el 1 de julio de 1816, firmó como tal la declaración de la Independencia el 9 de Julio de ese año. 
Todos recordamos a Francisco Narciso Laprida, quien fuera el presidente en aquella fecha histórica en que, por fin, se declaró nuestra independencia.
Pues bien. Nunca nos enseñaron que el vicepresidente fue Mariano Joaquín Boedo, ese del barrio de tango o del club famoso.
En esta fecha histórica de los 200 años de la declaración de nuestra Independencia mi saludo de argentino para todos aquellos hombres, perdidos en el olvido de un pueblo extremadamente ingrato y hasta, a veces, irrespetuoso.

miércoles, 4 de mayo de 2016

UN REGALO ESPECIAL

Hace bastante tiempo una persona que trabajaba conmigo me comentó que un vecino se mudaba y le había dejado una cantidad importante de libros para que dispusiera de ellos.
Como me conocía muy bien yo fui el primer beneficiado. Me preguntó si los quería y, por supuesto, yo asentí, sin dudar ni un segundo. No sé cómo hizo (siempre se las arreglaba) pero los trajo y me los dejó en la sala de espera del consultorio.
Cuando entré y vi los cajones repletos de joyas literarias, alguna de las cuales hacía tiempo que las estaba buscando, me senté y me puse a llorar. Era demasiado. Me repetía una y otra vez: algo bueno tengo que haber hecho en la vida para recibir este regalo.
Resulta que hoy me ha vuelto a suceder.
Veo en un rinconcito de FB dos mensajes privados. Cuando abro el primero no me caí porque estaba sentado. Era un mensaje del hijo del quien fuera mi gran amigo. El amigo. Aquel que vivió conmigo, posiblemente, la etapa más trascendente del hombre, la adolescencia. Luego yo me vine a Buenos Aires para estudiar medicina y un año después, el, que quería hacer agronomía, vino a vivir a mi casa. Compartíamos el cuarto y las historias. La primera vez que fui a la casa de Mirta me puse un impermeable que él me había prestado.
Se volvió para Tres Arroyos porque era mucho lo que extrañaba y desgraciadamente, para mí, falleció siendo muy joven. Había trabajado en un banco, se había casado y había tenido un hijo.
Y este pequeñín, al que nunca conocí, hoy ya un hombre, me envía un mensaje porque me había escuchado en el programa "Esto es historia", de mi amigo y ex compañero de secundaria, Omar Alonso, y me agradecía la mención de su familia. ¿Cómo podía dejar de mencionar a una familia que fue la mía durante tanto tiempo? Y volver a tener a alguien, y no cualquiera sino a su hijo, en contacto conmigo, era algo que parecía casi milagroso.
Todavía shockeado y emocionado abro el segundo mensaje. Hola Alberto soy Carlos Perilli, el hijo de Beto. ¿Te acordás de mí? ¡Por favor! Mi tío Beto (Humberto) era mi tío compinche. El más chico y el que más afinidad tenía conmigo. Me parece oírlo, levemente ceceoso, con cara de pícaro, haciéndome bromas por la chiva que he llevado toda mi vida. Lo veo sobre la moto en la casa de mi abuela y a Carlitos y Mónica, más chicos que yo, pero igual, compartiendo conmigo. Dos de mis queridos treinta cinco primos, que viven dentro mío como si fuera el día de hoy.

Contesté los mensajes (Espero que sigamos en contacto) y me quedé mirando la pantalla por un largo rato. Solo pensé en ese momento: algo bueno tengo que haber hecho en la vida para recibir tamaño regalo. 

miércoles, 13 de enero de 2016

UNA HISTORIA REAL (para meditar)

La sala de espera estaba llena. La mayoría eran personas mayores que son las que habitualmente presentan los mayores problemas visuales. Conversaban animadamente o leían las viejas y tradicionales revistas de las salas de espera.
De pronto se abre la puerta y entra un hombre, mayor, con ropas de trabajador, que sangraba profusamente. Traía un pañuelo apretado contra su mentón empapado en el rojo elemento.
Inmediatamente varios se hicieron cargo del problema y corrieron a socorrerlo. Una de las secretarias nos avisó e inmediatamente dejamos el consultorio para ir a ver qué pasaba.
El personal ya lo había llevado para el pequeño quirófano que se utilizaba para este tipo de intervenciones, supuestamente ambulatorias.
Allí estaba el hombre, acostado en la camilla. Le habían limpiado una herida cortante que le recorría toda la punta del mentón. Seguía sangrando.
Nos contó que se había caído y había golpeado con esa parte de la cara.
Revisamos el lugar y decidimos que hacía falta realizar una sutura.
Hagamos la salvedad que era un consultorio oftalmológico y lo único que teníamos era sutura muy delgada. La más gruesa era la que usábamos para el estrabismo. Podía llegar a servirnos.
Me encargué yo del asunto. Un buen avón de anestesia y luego la aplicación de varios puntos de sutura. Lo más próximo entre ellos como para que hicieran la fuerza adecuada y de paso quedara la menor cicatriz visible. Dentro de lo posible fue un buen trabajo. Posteriormente un vendaje compresivo. La pregunta clásica ¿Cómo se siente? El hombre era fuerte e inmediatamente estuvo de pie.
Dio las gracias, saludó, agradeció de pasada a los que estaban en la sala de espera y salió.
No habrían pasado mas de cinco minutos cuando se abre de nuevo la puerta y el hombre reaparece, otra vez sangrando.
Y aquí es donde viene la historia. La gente se levantó enfervorizada.
-          ¿Eh, que se cree usted, que esto es una clínica general? –
-          Esto es el consultorio de un oculista… No tiene nada que hacer aquí –
-          ¿Por qué no se va a otro lado? ¿No ve que nos hace perder tiempo?
-          ¿Que es lo que se cree… que puede entrar y salir cuando se le antoje?
Algunos ya se habían levantado para impedirle el paso, otros querían echarlo.
El hombre, sangrando, los miraba sorprendido… no entendía lo que sucedía…
Claro, en ese momento aparece una de las secretarias y mirando a los exaltados pacientes les dice.
-          ¡Es el  padre de la doctora! –
Efectivamente, se trataba de mi suegro, que estaba trabajando en casa y cuando se cayó y se lastimó el mentón lo primero que pensó fue en venirse al consultorio de sus hijos para que ellos lo curaran. Evidentemente el hilo usado para suturar no había sido lo suficientemente fuerte y la herida se había vuelto a abrir.
Todos se calmaron como por arte de magia. Cerraron su boca, frenaron su actitud beligerante y no volvieron a abrirla hasta que fueron llamados.
Por suerte yo, en ese momento, estaba atendiendo a la esposa de un médico traumatólogo de una clínica cercana, lo llamó, el hombre se vino con todos los elementos necesarios, le hizo una sutura adecuada y cerró la herida sin problemas.
Mientras mi colega trabajaba en el quirófano, nosotros continuamos atendiendo de modo que nadie se impacientara, con lo que quedaron todos tranquilos  ya que sus turnos no habían sido alterados. Y mi suegro pudo retirarse sin problemas.
Fue un aprendizaje extremadamente interesante. Somos todos buenos mientras no se afecten nuestros intereses. El pobre viejito aun con una herida sangrante iba a ser echado porque les hacía perder el tiempo. Pero dejó de ser un individuo molesto cuando adquirió el estatus de padre de la doctora.
Nunca llegaron a entender que nosotros habíamos estudiado medicina  porque nos gustaba, porque teníamos el afán de ayudar a quien fuera, que vivíamos de eso, era nuestro trabajo, pero reconocíamos un solo tipo de paciente, el ser humano sin distinciones.
Nunca lo hice, pero tenía ganas de poner una tabla en la que mostraba que los que tenían los prepagos más caros no eran los que más nos pagaban, muy por el contrario estaban por debajo de los pacientes privados y los jubilados. Se pavoneaban mostrando una credencial que solo demostraba que eran más tontos que el resto.
Pero tantos los unos como los otros eran absolutamente hipócritas. Muchos de ellos les daban monedas a los pobres en la estación o llevaban ropa a la iglesia o los geriátricos, pero frente a un individuo igual que ellos, herido, sangrando, no eran capaces de perder un minuto de su valiosísimo tiempo.

Decía un viejo refrán italiano: Piano, piano, si va lontano e forte, forte si va a la morte.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

JUAN CARLOS PALLAROLS (De Catalunya a Argentina)

Escribo esto y siento a la vez la emoción y el orgullo de ser parte de la historia. Gracias....
JUAN CARLOS PALLAROLS
Es hijo de Carlos Pallarols Cuni, reconocido platero catalán, al igual que su abuelo José Pallarols y varios antecesores: el Taller Pallarols existía ya en 1750.
En junio de 1982 realizó un cáliz con el que Juan Pablo II realizó la Misa por la Paz en Buenos Aires, obra de gran significación en un momento especial para el país: la Guerra de las Malvinas.
Participó en muchas exposiciones tanto nacionales como internacionales, destacándose su participación en el Pabellón Argentino en la exposición de París (1984), Sevilla (1992), “Juan Carlos Pallarols, Orfebre” (París, 1997)", “Noche de Gala en Homenaje a la Cultura Argentina” organizada por el Metropolitan Opera de New York (1998), y en el marco del Centenario de las Relaciones Amistosas entre Japón y Argentina (Tokio, 1998).
Ha puesto su conocimiento al servicio de las tradiciones criollas, destacándose su participación en la Exposición de Platería Criolla de Mar del Plata (1999) y su Muestra del Recado, en la Exposición Rural Argentina (Buenos Aires, 2001). Actualmente reside en el barrio porteño de San Telmo, donde tiene su taller, un local de ventas, y un pequeño museo familiar que es visitado entre otros por institutos de arte, turistas, funcionarios, y artistas de todo el mundo.
El Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires lo designó Ciudadano Ilustre el 19 de junio de 1996, en reconocimiento de su trayectoria artística y su participación en la cultura argentina.
Hasta aquí la historia de un gran orfebre orgullo de todos los argentinos, pero lo que ahora sigue forma parte de lo anecdótico y de lo emocionalmente imposible de explicar.
El padre de Pallarols creó un bastón para el presidente Arturo Illia, pero este no lo recibió, pues en aquel entonces los hacía por costumbre Luis Ricciardi. Hasta 1983, el bastón presidencial argentino era confeccionado con caña de Malaca, detalles de oro macizo y un par de borlas. Con el regreso de la democracia, el flamante Presidente de la Nación Argentina, Raúl Alfonsín, a pesar del descontento de la Casa Militar —institución que solía ocuparse de los asuntos de protocolo y ceremonial— privilegió el modelo propuesto por el artista por sobre de estilo europeo que habían utilizado los presidentes y dictadores anteriores.
A partir de la presidencia de Alfonsín los bastones presidenciales son hechos con la criolla y noble madera de urunday —dotada de una excelente veta, brillo y de madera incorruptible— y el metal preferido es la plata. Acorde al bastón presidencial confeccionado en 1983, Juan Carlos Pallarols realiza la confección del Bastón Presidencial Argentino cada 10 de diciembre del año previo al inicio de un gobierno democrático argentino.
Pero Pallarols tiene una característica. Le gusta hacer participar a todos, a la gente común en la construcción del bastón presidencial. Un símbolo que, por lo tanto va a llevar la impronta de muchísimos argentinos que de alguna manera mínima acompañarán al próximo presidente/a.
El 09 de Noviembre de 2015 se realizó la Bienal en pro del ArteInclusión. Y alí nos encontramos con este señor:

Simple, como lo son todos los grandes, estuvo conversando con nosotros, y, por supuesto, nos pidieron que realizáramos nuestro aporte a la conformación del próximo bastón presidencial. Presten atención que dije “nos pidieron”. No hubo necesidad de solicitar que nos lo permitieran. Pallarols pretende un bastón democrático. Este llevará nuestro orgullo y nuestra emoción por haber participado. (conste que aún no sabíamos quién iba a ser el próximo presidente). 
 



Y la secretaria nos contó una anécdota que no es muy conocida. El bastón que recibió Cristina cuando asumió tenía dos golpes mucho más profundos que el resto. Los había hecho Gorvachov, quien contó que el había sido trabajador metalúrgico (les mostró las manos tatuadas por las esquirlas de los metales que había trabajado) y por eso estaba tan acostumbrado a golpear con esa fuerza. Un detalle que no sé si se lo explicaron a la presidenta.

El 10 de Diciembre un pedacito de nosotros estará acompañando al nuevo presidente de todos los argentinos.

miércoles, 15 de julio de 2015

LA VERDAD DE LAS COSAS V

Voy a contar una historia. Una historia real. Una historia que atañe a todo el mundo pero que pocos conocen por ignorancia o por mala información.
Hace unos cuantos años atrás el médico fisiólogo y premio Nobel, Bernardo Houssay, escribía en su libro sobre fisiología humana. Hay dos tipos de colesterol. El endógeno y el exógeno. El que el organismo produce y el que ingresa al organismo a través de la dieta. Hay un balance entre ambos para mantener valores estables de este lípido imprescindible para una cantidad de funciones fundamentales para el buen funcionamiento del organismo, de manera que sus valores se mantengan estables.
Hace cuarenta años un médico y fisiólogo japonés determinó que los niveles de colesterol en el organismo no incidían en ninguna patología, sino que una alteración en la pared de las arterias hacía que este lípido entrara en su espesor y allí quedara atrapado. Su transporte hacia los tejidos no podía realizarse por una falla enzimática o del proceso químico, lo que hacía que se formaran los temibles ateromas, que eran los culpables de las obstrucciones vasculares.
Los laboratorios nunca pudieron encontrar un medicamento que resolviera este inconveniente pero si lograron drogas que disminuían el colesterol en la sangre. Frente al conocimiento que ya teníamos era evidente que esto siempre fue un absurdo, pero también descubrieron que era un negocio extremadamente productivo y dirigieron toda su publicidad a hacer creer que el colesterol era el gran enemigo. Tanto hicieron que hasta convencieron a los médicos de que esto era así y, de esta manera, consiguieron los efectores más perfectos para sus planes.
Hace diez años atrás yo padecí de un evento cardiológico, en buen cristiano esto significa que tuve un infarto en el miocardio. Yo hice el diagnóstico y recurrí a los especialistas para mi adecuado tratamiento. Me salvaron la vida porque, dos días después, el infarto me produjo un bloqueo aurículo ventricular con lo que mi corazón fue latiendo cada vez más lentamente hasta llegar a los 20 latidos por minuto. Consiguieron revertir el cuadro y desde entonces, hasta la fecha, no he vuelto a tener ningún tipo de sintomatología y desde, el punto de vista científico, los exámenes han dado una recuperación perfecta.
Pero es aquí donde viene lo tragicómico de la situación. En primer lugar digamos que he sido atendido por un número bastante considerable de colegas que tomaron sus decisiones. Mientras estuve internado me hicieron más de una historia clínica y fui interrogado varias veces por los residentes, o sea aquellos que están aprendiendo a actuar como médicos de una especialidad y tienen bien frescos los conocimientos que les impartieron en la facultad. Ninguno, ni los unos o los otros, realizaron la anamnesis con la minuciosidad o la profesionalidad debida.
Hete aquí que siempre he cumplido con las normas médicas que yo mismo solicitaba a mis pacientes y constantemente me he realizado controles de laboratorio periódicos. Nunca tuve niveles elevados de colesterol. La relación LDL/Colesterol total dio siempre valores fuera de riesgo. El peso, que en ese momento tenía, estaba totalmente de acuerdo a mi altura, de acuerdo a las reglas médicas (totalmente erróneas, pero vigentes), y con mi esposa, caminábamos entre ocho a diez kilómetros, tres veces por semana. Más aún, como frente al estrés de la cirugía había notado una levísima tendencia a un incremento de los valores de la tensión arterial, decidí, por mi cuenta, realizar un electrocardiograma de esfuerzo, que dio como resultado una total normalidad y sin riesgos de isquemia posibles.
Consecuencia, nadie pudo explicar el motivo de mi infarto. Lo atribuyeron a demasiado trabajo, al estrés de mi actividad (el infarto se produjo justo cuando iniciaba las vacaciones) y me mandaron a que disminuyera todo tipo de ingesta de colesterol y hasta me medicaron para ese fin. (¿?)
Estando internado descubrí una realidad que no había experimentado ni me lo habían enseñado en tantos años de médico. Hay una gran mayoría que habrán observado, y protestado, lo que es la comida de hospital. Mi razonamiento fue diferente. Aquí estoy para resolver mi problema. Si esto es lo que me traen para comer quiere decir que esto es lo correcto. Indudablemente yo estoy comiendo mal, fundamentalmente en cantidades inadecuadas. Cuando me dieron el alta decidí seguir con la misma conducta. No me costó demasiado trabajo y, al margen de comer sin sal, sin alimentos con grasas, y en una cantidad adecuada adelgacé quince kilos en un tiempo relativamente rápido y descubrí que había vuelto al peso que yo tenía cuando mi edad era de 25 años. Con lo que descubrí dos cosas fundamentales. Una: No es cierto que con la edad uno deba incrementar su peso. Dos: Que manejamos muy mal la comida, la transformamos en un centro que no debe ser y que su función es solamente mantenernos con salud y sin hambre. Nuestra metas tienen que esta dirigidas hacia otros universos.
La sorpresa fue cuando realicé los análisis que hacía de rutina y encontré que mi colesterol había descendido a valores alarmantes, estaba en lo que se conoce como una hipocolesterolemia, que también es una patología y que no es buena de ninguna manera. Cuando lo comenté con el especialista insistió en continuar con la medicación. Como voy al médico para hacerle caso y no hacerle perder su preciado tiempo, decidí aumentar mi dieta grasa, de allí las porciones de torta que me suelen ver comer. Lo que no saben es que es la única porción, el resto de la comida sigue siendo la misma, la cantidad otro tanto y el ejercicio, la caminata, exactamente igual. Con lo que llegamos a la tercera conclusión: haciendo bien las cosas se puede comer el régimen rico y variado sin ningún inconveniente. Aclaro que desde el 2005 a la fecha, estoy exactamente en el mismo peso.
Pero lo interesante es que nadie supo nunca el porqué de mi infarto. Cuando me hacían la historia clínica quedaban mirándome sin entender que era lo que había sucedido. Y lo que es peor, nunca se preguntaron en que se estaban equivocando. Yo si lo sabía pero dejé que lo descubrieran por sus propios medios, cosa que hasta este momento nadie ha hecho.
Pocos saben que muchos de los accidentes vasculares obstructivos, cardíacos, cerebrales, pulmonares, mesentéricos, etc., no tienen relación alguna con el colesterol sino con placas de calcio que se depositan en las paredes de las arterias y allí permanecen sin traer problemas hasta que alguien las sacuda, las rompa o se desprendan y así vayan a ocluir arterias más pequeñas.
Y eso fue lo que me ocurrió. La mayoría de mis arterias están calcificadas (lo dijo el médico que me hizo la arteriografía y al que nadie escuchó) y la taquicardia que me produjo la epinefrina de tres anestesias odontológica continuadas que se me había practicado dos días antes. Las dos cosas, azarosamente unidas, fueron las causantes del episodio que lógicamente tenía que ocurrir. Nadie preguntó sobre ese punto. Está en el protocolo del interrogatorio, pero se lo saltaron olímpicamente y nunca nadie volvió a preguntar dando, por descontado, que era el perseguido y malhadado colesterol, el malo de la película, y que, en realidad, es el “perejil” de la historia. El pobre colesterol cumple su función lo mejor que puede, mantiene el equilibrio que el organismo necesita y sufre una persecución implacable sin pensar en el daño que se está produciendo, por conveniencia de los benditos laboratorios, que nos contaron el cuento de caperucita roja y nosotros lo creímos a pie juntillas.
¿Por qué ocurre todo esto? Simplemente por la medicina “fast” que estamos practicando. Y esto es por la enseñanza “fast” que brindamos a nuestros jóvenes desde la escuela primaria hasta la universitaria. ¿Estimulamos el pensamiento, el razonamiento, la curiosidad? Por supuesto que no. las cosas son y no se discuten.
Lo primero que aprendí cuando inicié mi carrera fue que “no existe la ley de autoridad”. Porque lo haya dicho quien lo haya dicho, por más laureles que tenga, no tiene por qué ser cierto. Siempre hay que plantearse la duda. Siempre hay que darse la alternativa a descubrir una ruta diferente. Eso es lo que hace a esos individuos que marcan la diferencia. Porque los hay, por suerte genéticamente todavía quedan seres humanos que tratan de pensar, que no se conforman con lo que le dicen, que no se amilanan ante las medallas que luce un individuo sobre su fastuoso pecho. La historia nos ha enseñado que las verdades de hoy son las mentiras de mañana.

Ojalá hubiera muchos que se detuvieran, tan siquiera un momento, a pensar en lo que están haciendo y lo que están logrando. Poderoso caballero es don dinero… ¿Pero hasta dónde?... Hace mucho tiempo se dio una película, de la época del neorrealismo italiano, que se llamó “Bisturí, mafia blanca”. Y en el final el médico, que se había dedicado a lucrar indecentemente con su profesión, descubre que está enfermo. Angustiado habla por teléfono con su madre y le dice: “¡Mamá… estoy enfermo!”, a lo que la madre le responde “Hijo, con el dinero que tú tienes puedes hacerte atender por el mejor”. Y entonces el exclama: “Si… ¿Pero con quién?”.

miércoles, 7 de enero de 2015

NUESTRA HISTORIA

El camino se inició el día en el que un amigo me propuso venir a Buenos Aires a hacer el quinto año del secundario junto con el ingreso a la carrera de Medicina.
Mi compañero desistió a último momento pero yo ya había tomado la decisión.
Levé el ancla, rompí todas las amarras, dejé todo lo conocido y me vine a esta ciudad, que amo, en la que había nacido casi por casualidad, pero de la que me habían llevado a los 15 días y durante 16 años había formado mi vida y mis costumbres en una ciudad muy relacionada con el campo, 500 Km al sur: la ciudad de Tres Arroyos.
Llegué en un mal momento político. Eran los últimos días del presidente Ilia y todo era un caos. Mi tía y madrina, Edith, a quien considero mi segunda madre, me llevó hasta la facultad, me dijo que prestara atención, y luego de dos viajes me dejó volar solito. Fue la primera vez que entendí el significado de la palabra responsabilidad.
Yo disponía de mis movimientos. Toda la vida había sido un sobreprotegido, hipercuidado, y ahora me encontraba en medio de la novena urbe más grande del mundo arreglándomelas solo, pero fundamentalmente decidiendo que si y que no quería o debía hacer.
Allí comprendí que mi tía confiaba en mí y por eso me dejaba hacer. Allí comprendí el esfuerzo que estaban haciendo mis padres, económico y emocional, para que yo pudiera realizar mi sueño, allí comprendí que estaba jugando mi partido y no quería perder.
La facultad se cerró después del golpe de estado de Onganía y cuando se abrió las alternativas de aprobar no eran las mejores, así que decidí dedicarme completamente a terminar el secundario e intentar el ingreso en el próximo turno.
Hay una tendencia del pensamiento que dicen que no hay casualidad sino causalidad. No sé si es así, no me atrevo a asegurarlo, pero en este caso, este golpe de timón tuvo mucho de casualidad y mucho más de causalidad. En ese segundo intento, en el mismo momento, posiblemente en el mismo lugar o en aulas vecinas, también comenzaba con su intento de ingresar Mirta.
Se había recibido de maestra con apenas 16 años pero su meta no eran los ninñitos sino que su intención era llegar mucho más lejos.
El sistema de examen había cambiado. Por primera vez se usaba un sistema de pregunta y respuestas múltiples, muy similares entre unas y otras, con pequeños vericuetos que confundían al examinado y que recibía el nombre de múltiple choice. Tuvimos que aprender a manejar el sistema y a rebuscarnos para llegar a un final feliz.
Entraban solamente 1000 alumnos. El espacio físico no daba para otra cosa. Yo que lo viví de adentro, tiempo después, puedo asegurar que es el criterio lógico, todo lo demás es política e intereses que nada tienen que ver con una profesión que demanda el mayor esfuerzo de alguien que va a luchar para ayudar a los demás.
El problema era que estaba conducido por un profesor, tremendamente afeminado y despótico, a tono con el gobierno nacional de ese tiempo.
Y el examen era tan atravesado (y a veces corrupto, cuando no) que en un principio aprobaban 300. A partir de ese momento se aplicaban dos criterios, por un lado había revisiones donde en general te subían la nota de tu examen y por otro lado se aplicaba la curva de Gauss. La mejor nota era el punto máximo y de allí en adelante se iban bajando las exigencias hasta conseguir completar el cupo necesario.
Mediante ese sistema y por distintos caminos, casualidad o causalidad, ambos (Mirta y yo) logramos sortear la primera valla y nos transformamos en alumnos de la facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
Era la época en que los titulares de las cátedras tenían un nombre. Su cátedra se conocía por el nombre del profesor que las encabezaba y era una competencia, donde cuando uno elegía alguna era como ponerse una camiseta, tomar partido por alguien o por un método de enseñanza.
Y nos comprometíamos tanto que tratábamos de ser mejores que los de las otras cátedras, era una lucha intelectual.
La fama de cada uno trascendía y cuando llegábamos elegíamos con quien nos íbamos a jugar.
Había tres cátedras de anatomía, que era la primera materia que teníamos que cursar.
Los dos elegimos, sin saberlo, la número dos, reconocida como la del Dr. Mansi.
El sistema consistía en clases comunes a todos los alumnos, que se dictaban en un anfiteatro, y lo hacían los profesores adjuntos, y luego nos dividían en grupos de no más de diez alumnos que formaban lo que se llamaba una comisión. Allí realizábamos en forma práctica lo que habíamos aprendido en las charlas magistrales. Los encargados de llevarnos por este camino eran los ayudantes. Los auxiliares docentes, o ayudantes, eran alumnos avanzados de la carrera, que luego de haber pasado una serie de pruebas, se los autorizaba para actuar como docentes de los jóvenes que recién comenzaban.
Nos tocó la comisión 10. Casualidad o causalidad, ambos coincidimos en el mismo grupo. Nuestra auxiliar docente era Adriana Martínez.
Al poco tiempo habíamos conformado un conjunto de individuos que teníamos las mismas inclinaciones: todo aquello que estuviera relacionado con el arte. Algunos tocábamos la guitarra y componíamos canciones, en mi caso agregaba la posibilidad de hacer dibujos (llegué a hacer la caricatura de toda la comisión, incluidos los ayudantes y el titular de la cátedra), y otros, como Mirta, escribían y muy bien. Había un compañero que era concertista de piano y el ir a escucharlo, en una presentación, fue la primer salida que realizamos todo el grupo en conjunto. Ese fue el inicio de una simpatía que fue en incremento entre Mirta y yo.
Estábamos cursando una materia que duraba cuatro meses y cuando terminamos le pregunté si quería ser mi novia. Nunca me contestó (siempre ha sido así) pero desde entonces nuestra relación se fue fortaleciendo. Cuando comenzamos el semestre siguiente aparecimos tomados de la mano. Recuerdo las miradas de sorpresa de muchos, aunque algunos ya lo imaginaban.
Desde ese día en que le dije que la quería y sin embargo, en lugar de acompañarla, la vi alejarse en el subte, nunca más nos separamos. Han pasado muchos años desde ese hermoso momento y en todo ese tiempo dejamos de vernos aproximadamente 15 días. Los 5 primeros fue porque habíamos ido a una playa y nos quemamos tanto que, por ese lapso, no pudimos salir a la calle y los 10 días restantes fue mucho después, cuando me vi obligado a viajar como veedor de Cascos Blancos (ONU) para controlar un operativo oftalmológico que estaba llevando a cabo, en ese entonces, el gobierno de Chávez.
Los dos fuimos aprendiendo a compartir nuestras vidas. Hemos discutido y reñido como todas las parejas del mundo pero nunca terminamos un dia sin habernos puesto de acuerdo.
Ambos teníamos un concepto inamovible: Lo más importante era recibirnos. Y con esa premisa al frente llevamos nuestra relación hasta llegar de la mano a consagrarnos con el título de médicos.
De allí en adelante la aventura fue increíble. Tengo la intención de contarla algún día pero con seguridad da para que sea todo un libro y de bastantes hojas.
La idea de esta historia fue relatar cómo se inició algo que ha durado a través del tiempo lo suficiente como para que no haya nada ni nadie que pueda destruirlo.
Ninguno de los dos cambió. Seguimos discutiendo, peleando, amándonos y divirtiéndonos juntos. Nadie influyó en nadie. Nadie manda ni nadie obedece. Siempre hemos sido dos personas diferentes que se han respetado permanentemente y que sin embargo uno es la mitad del otro y solos, posiblemente, no podamos sobrevivir.



Casualidad o causalidad. ¿Quién lo puede decir? ¿Tiene importancia? Al menos en lo que a mí se refiere me da lo mismo.
Ahora la premisa es vivir.