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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

domingo, 14 de septiembre de 2014

LA LEYENDA DE LA NEGRA PLANCHADORA

Día a día uno descubre por qué Buenos Aires enamora. En poco más de 200 años se han ido acumulando tantos hechos, tantos sucesos que es imposible recorrer un rincón de nuestra ciudad sin descubrir algo nuevo, algo que desconocíamos y que ha formado parte de nuestro pasado, ese pasado que nos dio forma y nos fue transformando en lo que somos.


Cuando era pequeño o adolescente venía a pasar las vacaciones en Buenos Aires y un sitio obligado era Parque Rivadavia o Parque Lezica (Como lo bautizamos los porteños). Mi padre me acompañaba porque allí, alrededor de un ombú centenario, se asentaban todos los filatelistas, compradores y vendedores de las estampillas más extravagantes, los días domingos. Ese día el parque se llenaba de gente que recorría los distintos puestos buscando u ofreciendo sellos de todas partes del mundo. Y yo, como pasa con los chicos, tenía la intención de ser uno de ellos. Nunca tuve el alma de coleccionista. Prefiero que otros lo hagan y yo disfrutar de su esfuerzo y su perseverancia. Pero en ese entonces tenía mi álbum, y compraba, no por el valor sino por el color. Aquellas que más me atraían, ya por su diseño o por su origen: Mongolia, Magiarpost, Neederland, Rusia… Como tantas cosas todo eso se fue diluyendo… otros sueños reemplazaron a los pasados… pero el parque siguió sistemáticamente con su tradición a la que se fueron agregando otros tipos de vendedores: de libros usados y nuevos, discos de pasta o de vinilo, y alguna que otra antigüedad. Fue remodelado, le agregaron rejas, hicieron un monumento en honor a Simón Bolívar, pero el espíritu siguió vivo y hoy es un sitio de reunión de vendedores que han hecho casi un mercado de pulgas. Los filatelistas y los dedicados a la numismática se siguen reuniendo los domingos a la mañana únicamente.
En mi vida se transformó en un sitio de paso. El parque Rivadavia está en el barrio de Caballito y es el centro geográfico de la Capital. Los trenes y los colectivos combinaban con todos los lugares a donde uno se dirija.
Lo increíble, y uno no termina de asombrarse, la historia que estaba guardada en cada rincón de ese lugar que para uno era apenas una posta en el camino de todos los días.
 la historia.
Estamos aproximadamente a seis kilómetros de la primitiva Buenos Aires. Para aquel entonces este paraje quedaba lejos y era apenas un sitio de quintas que los poderosos usaban para pasar los fines de semana. Había, a unas cuadras de allí, una pulpería y, de alguna manera, “área de descanso” de los viajeros que recorrían lo que hoy es la calle Rivadavia (La más larga del mundo) y que en aquel entonces era el Camino Real, la entrada obligatoria al poblado que apuntaba a ser Buenos Aires. Su dueño había colocado una veleta, que había sido fabricada por un herrero en la ciudad, que tenía la forma de un caballo. La costumbre llevó a que se comenzara a conocer el lugar como la posta del caballito y finalmente se transmitió a toda la población que se fue radicando en ese lugar. Así nació el barrio de Caballito.

Los túneles que provenían desde la zona del puerto hasta los corrales de Miserere (Hoy Once), probablemente usados por los contrabandistas para llevar al interior las mercaderías que esquivaban la aduana, sirvieron como base para armar el subte (El primero de Sud América) y que se extendió hasta Caballito, y, con anterioridad, el paso del tren que venía desde la zona donde hoy está el Teatro Colón hasta la estación de La Floresta, le dieron el impulso para que fuera creciendo y transformarse en un sitio casi de élite. La veleta hoy está en un museo, pero hay una copia de ella en una plazoleta que se encuentra junto a la estación Caballito del ferrocarril Sarmiento (Antiguo Ferrocarril del Oeste, que le dio el nombre al equipo de fútbol que supo llegar a ser campeón de primera y que hoy está luchando en divisiones inferiores).
La familia Lezica tenía una casa quinta en ese lugar, con una construcción típica de la zona, con hermosos bistrós, una noria  que servía para proveer de agua a la casa, y un enorme ombú, que tiene su leyenda.
Cuenta la historia que a la quinta del viejo Lezica fueron a vivir su nieta y su biznieta, Candelaria. Los días martes, los hombres de la casa se iban a hacer negocios y la señora de la casa aprovechaba para realizar reuniones en donde pretendía relacionar a Candela con los jóvenes poderosos, económicamente, del lugar. Distribuía a sus empleadas y tenía el cuidado de enviar a su planchadora, una negra aparentemente muy agraciada y ligera de cascos, a trabajar bajo el ombú, que era un lugar donde no podía tentar a ninguno de los concurrente. Dicen que la joven mientras planchaba cantaba a modo de queja: “La negra planchadora, bajo el ombú se queda, planchado trajes y enaguas, para que nadie la vea”.
Un día se produce un hecho extraño: la intromisión de un desconocido que se une a la reunión y con total desparpajo saca a bailar a la niña Candelaria. La madre interviene inmediatamente, manda a su hija a sus habitaciones y echa al intruso. Todo esto no sin escándalo lo que hace que la fiesta se termine abruptamente. Todos vuelven a sus respectivos lugares menos la negra planchadora. Algunos suponen que cuando Candela regresó antes de tiempo había encontrado a la planchadora con alguno de sus amantes y la había echado, pero unos días después un peón encuentra el cuerpo de la pobre negra decapitada. Y pasados unos días se descubre que había sido un drama pasional ya que, frente al escándalo, la negrita se negó a acceder a los deseos de uno de sus visitantes y este, enfurecido, la agredió con un hacha, cortándole la cabeza. La enterraron allí mismo y no se habló nunca más del asunto.
Muchos años después, el nieto de Candelaria vendió la finca al Gobierno Nacional. El presidente, en ese momento, Dante Torcuato de Alvear (El gran embellecedor de la antigua Buenos Aires) le pidió al paisajista Thais que trasformara el espacio en un parque. Se demolió la casa, y se dejó la noria y el ombú, creándose así el Parque Rivadavia (A pesar de que popularmente siguió siendo el Parque Lezica). Y es aquí donde nace la leyenda, porque algunos comienzan a decir que los días martes, apenas oscurece, suele aparecer el fantasma de la negra planchadora y se dedica a colgar la ropa de las ramas del ombú al ritmo de la canción “La negra planchadora, bajo el ombú se queda, planchando trajes y enaguas, para que nadie la vea”.
No sé cuánto hay de real o de fantasía en todo esto.

Tendré que esperar al próximo martes..


NOTA; Salvo la primer imagen, las restantes pertenecen a diferentes blogs de Internet. a ellos pertenece la autoría.

3 comentarios:

  1. Es una cita la de ir un martes por la noche a ver si encontramos a la planchadora, sería excelente tema para otro blog.
    Muy buena toda la información brindada de uno de los barrios de nuestra mágica Buenos Aires.

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  2. Una leyenda genial y con mucho de historia.
    Magnifica.

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  3. Es cierto. Una leyenda con mucha historia. He recorrido esa zona durante años y no sabía cuanto guardaba en sus rincones. Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo.

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