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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

martes, 7 de abril de 2015

METÁFORA III

El hombre nació niño y no le fue nada mal.
Le tocó hacer su aparición en una familia acomodada que no le hizo faltar ni el más pequeño detalle. Fue creciendo dentro de una vida fácil. Concurrió a un colegio privado de muy alto nivel donde recibió una educación esmerada, un muy buen nivel intelectual y manejo de varios idiomas.
Le serían muy útil ya que, por su nivel económico, iba a poder recorrer el mundo o por lo menos sus lugares más reconocidos. Estuvo en innumerables museos que le dieron un conocimiento que no se alcanza con solo leer los libros.
Dotado de un buen físico practicó varios deportes destacándose en mucho de ellos. Precisamente fue en alguno de esos lugares que conoció a aquella que sería la esposa perfecta. Cumplía con todos los requisitos que hacían falta por lo que fue felizmente acogida por su familia, a la que le dio dos descendientes, como corresponde, un varón y una mujercita que, desde pequeña, ya pintaba para ser el vivo retrato de su madre.
Los amigos, porque amigos no le faltaban, lo visitaban a diario y tanto se divertían jugando con las cartas, practicando algún deporte o enfrascados en alguna discusión sobre la política o la economía, en donde ellos eran factores de poder fundamentales.
Lo tentaron para iniciarse en el juego de la política pero no aceptó. Prefería el perfil bajo. El poder lo ejercía desde otro costado. No le interesaba la exposición pública pero por sobre todas las cosas había aprendido que nunca había que jugarse por nadie. Pertenecer a un partido significaba estar en contra del otro y eso no era bueno para los negocios.
Vivía una vida tranquila. Cumplía y le cumplían.
Pero ocurrió (Porque como en todos los cuentos siempre tiene que suceder algo) que, después de nadar unos cuantos largos en la enorme pileta que poseía en su casa de las afueras de la ciudad, cansado, se recostó en una de las colchonetas que bordeaban el agua y se quedó dormido. Y soñó.
Soñó que caminaba por un pasillo iluminado, de tanto en tanto, por unos spot empotrados en el cielorraso. Aparentemente lucía como un sitio aséptico, como si fuera el corredor de un hospital, o  mejor de una clínica. Llegó a unas puertas con un ojo de buey que alguien, a quien no podía identificar, abrió para que pudiese pasar. Varias personas, aparentemente, lo estaban esperando y sin decir palabra le indicaron que se quitara la bata (recién en ese momento reparó en cómo estaba vestido) y que se acostara en algo parecido a una camilla que estaba en el centro de un cuarto que, también, lucía totalmente aséptico.
Obedeció sin dudarlo, sorprendido tal vez, pero sin resistirse. Se quitó la ropa que lo recubría y se recostó totalmente desnudo. Un individuo se acercó y con un movimiento decidido levantó el extremo de una cremallera que estaba bajo su cuello. Nunca lo había notado pero lo tomó con naturalidad. El individuo traccionó hacia abajo y el cuerpo se fue abriendo en línea recta hasta la pelvis dejando los órganos al descubierto. Un buen sistema, pensó, y dejó que el resto de los hombres y mujeres, que allí estaban, hicieran su trabajo. Limpiaron cuidadosamente cada uno de los componentes del aparato respiratorio, luego los del digestivo y así, meticulosamente hasta el reproductor. Luego, de la misma forma en que habían iniciado su trabajo subieron la cremallera y volvieron a ocultar el extremo bajo la barbilla. De pronto una luz brillante lo obligó a cerrar los ojos y sintió un calor que recorría todo su cuerpo.
Fue en ese momento en que se despertó. El sol había girado y le daba de pleno en el rostro. Estaba caliente y sudoroso. Tardó  unos segundos en comprender que había pasado, el sueño había sido tan concreto que le costó volver a la realidad. Suspiró y se levantó decidido a dejar la piscina y darse una buena ducha.
Se sentía bien. Más liviano y ágil que de costumbre. Probablemente lo que había descansado, pensó. Fue hacia los vestuarios que estaban en un lateral. Se quitó la malla y se sumergió bajo la lluvia que previamente había abierto al máximo. Se enjabonó bien de la cabeza a los pies y disfrutó un largo rato del agua que salía con fuerza de la regadera.
Nunca supo que fue, si lo que había soñado, un acto instintivo o simple casualidad. Hurgó bajo el mentón y sin sorpresa, como si lo hubiera estado esperando encontró el enganche de una cremallera. Cerró la llave del agua. Y, con curiosidad, comenzó a tironear hacia abajo. Descubrió que el cuerpo se iba abriendo dejando ver el interior. Primero fue con cautela, luego ya lo hizo sin cuidado alguno y llevo la apertura hasta el mismísimo pubis. Sin embargo no estaba asustado ni sorprendido. Era como si lo hubiera sabido toda la vida. Pero su sonrisa se borró de pronto, su gesto de satisfacción desapareció, miró casi con desesperación cuando descubrió que dentro no había órganos, no había absolutamente nada. Se dio cuenta que la cruda realidad era que, por dentro, estaba absolutamente vacío
Quiso correr, gritar, llorar pero no pudo. El pánico lo había invadido y estaba paralizado. Comprendió que todo lo vivido no había servido para nada. Era evidente que no tenía corazón, carecía de estómago y casi con seguridad tampoco debía tener cerebro. Era un individuo absolutamente hueco. Recapacitó. Lentamente fue volviendo a recuperar la calma y pudo comprender. Es que era así. Nunca había disfrutado con nada. Todo era perfecto según las reglas, según lo estipulado, según lo que se podía esperar de él. Pero propio ¿Qué tenía? Absolutamente nada. Carecía de todo lo que un ser humano tendría que tener.
Lentamente volvió a vestirse. Fue hasta su dormitorio y sacó un traje. Buscó una camisa blanca y la combinó con una corbata roja. Se sirvió un whisky. Se sentó y sostuvo el teléfono. Había tomado una resolución. Había aprendido, dentro de las normas preestablecidas, que en toda situación, por más extraña que parezca, siempre tiene un lado positivo y la gente como él debe sacarle partido.
Tecleó un número y del otro lado rápidamente le contestaron. Hablaba con su abogado, amigo y consejero. Fue directamente al grano.
-          Escucha, Tom, acabo de descubrir que no tengo corazón, carezco de estómago y casi, con seguridad, mi cerebro brilla por su ausencia –
-          ¡Genial, hombre! Ahora sí… ¡Debes dedicarte a la política!… -




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