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EL PARAISO O EL INFIERNO

Cuando uno expone sus trabajos al publico puede tener una respuesta agradable o ser ignorado olímpicamente. Pasamos del paraíso al infierno en pocos instantes. Y uno debe hacer el ejercicio de construir lo que le gusta sin importarle lo que el otro piense. Si algo es bonito para mi deberá ser suficiente. Es un ejercicio difícil. Las caricias son agradables, pero lamentablemente hoy las manos están para otra cosa.

sábado, 24 de octubre de 2015

UN CASO REAL


UN CASO REAL
-          Buenos días doctor – me extendió la mano con una sonrisa – usted me salvó la vida hace diez años – agregó.
Sinceramente me sorprendió. No lo recordaba y no había tenido la precaución de releer su historia clínica antes de que entrara.
Hice un esfuerzo y pronto recordé a que se refería. Le faltaba un ojo y yo era quien se lo había extirpado. Un tumor cancerígeno, muy grave, descubierto a tiempo y operado oportunamente había derrotado a las estadísticas que decían que la mayoría de esos cuadros terminaban con la vida del paciente en no más de dos años.
Esto me llevó a reflexionar cuantas situaciones iguales había vivido y descubrí, con gran satisfacción de mi parte, que habían sido varias.
Pero me vino uno a la memoria por las características especiales que se habían dado.
La consulta era por la pérdida progresiva de la visión. Más, aún, de uno de sus ojos ya no podía ver. Le hice las pruebas correspondientes, lentamente fui recorriendo los diferentes métodos para detectar patologías y finalmente observé el fondo de sus ojos.
Casi con desesperación vi que ambos nervios ópticos mostraban signos inconfundibles. No había dudas que había una masa ocupante en el cerebro que estaba aumentando la presión intracraneana y estaba aplastando ambos nervios. Indudablemente la pérdida de visión era solo un signo de algo mucho más importante.
-          ¿No te duele la cabeza? – pregunté.
-          Permanentemente… ya no sé qué tomar y no se me calma –
-          ¿No tenés nauseas, deseos de vomitar? –
-          ¡Puf! Hace rato… Estoy descompuesto permanentemente… -
-          Pero… ¡Hay que hacer una tomografía computada urgente! – exclamé.
-          Ah, si… ya se la pidieron… en el mes de octubre (Estábamos en Enero o febrero, ahora no recuerdo bien) pero vio… en la obra social del sindicato están meta dar vueltas y nunca la autorizan – me explicó la esposa, que lo acompañaba.
-          No, no, no… aquí no es cuestión de autorización… necesito esa tomografía para ayer… ¿Me entienden? ¡Ur-gen-te! –
-          Entonces vamos a hablar con el delegado… - dijo ella.
-          ¡Por favor! Es fundamental –
Hice una nota explicando la gravedad del asunto y la necesidad del estudio. Siempre ante situaciones similares (lamentablemente bastante frecuentes) recurría a hacer responsable a la obra social de lo que pudiera suceder si no se movían con la celeridad que la patología requería.
Unos días después aparecieron con el estudio. Sin el menor lugar a dudas, justo en el centro de su cerebro aparecía un tumor del tamaño de una naranja. Honestamente metía miedo.
Ver el examen y hacer la derivación a neurocirugía fue un solo movimiento. Nuevamente acompañando todo con una nota que explicaba la urgencia.
Un excelente neurocirujano realizó la operación, extirpando el tumor en su totalidad y descomprimiendo el sistema nervioso, hasta tal punto que, cuando volví a controlarlo, en uno de sus ojos había conservado un 40% de la visión. Fue haciendo una recuperación progresiva hasta estar prácticamente normal.
Unos cuantos meses después recomenzó con la sintomatología. Esta vez todo fue más sencillo. Se realizó el estudio, había una pequeña recidiva. Se efectuó una nueva cirugía y la recuperación fue definitiva. Ahora solo quedaba dejar pasar el tiempo para saber si finalmente habíamos vencido a la enfermedad.
Pasaron unos cuantos años y efectivamente el proceso nunca más se repitió. El hombre fue recuperando su vida normal. Nunca volvió a tener visión en uno de sus ojos pero, con lo que tenía en el otro, le alcanzaba. Estaba vivo y bien.
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Como todos los días miré la pila de fichas que me esperaban ese día. Recorrí distraídamente los nombres de cada uno de los pacientes y descubrí que estaba para atenderse la esposa del paciente cuyo caso les acabo de contar.
Comencé a atender y como siempre lo hice, meticulosamente, buscando cada detalle, escuchando muy bien lo que la persona que tenía adelante me contaba o preguntaba, revisando en consecuencia, diagnosticando y medicando y, fundamentalmente, explicando y mucho. Cuando un paciente sabe que es lo que le ocurre y por qué debe tomar cierta medicación, siempre hay mayor posibilidad de éxito. Para eso trabajamos.
Cuando le tocó entrar a la esposa de mi antiguo paciente, la llamé y nadie respondió. Insistí, en la suposición de que no me había oído, pero nada.
En ese momento se acercó mi secretaria y me explicó:

-          Ah… ¿La señora tal….? Se fue enojada porque dijo que ella no podía esperar tanto, que usted tardaba mucho en las consultas –

La ilustración pertenece a una obra digital de DIEGO A. COLONNA

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